| Jn 6, 1-15 |
El día amenazaba lluvia y la gente, concentrada en el recinto ferial por la asociación de vecinos, no había previsto la posibilidad de tormenta.
Empezaba a gotear y muchos levantaron la vista al cielo con preocupación.
De repente, se oyó una voz:
—Vamos hacia la carpa; allí, al menos, estaremos protegidos de la lluvia.
Inmediatamente, todos se dirigieron hacia la carpa. La lluvia empezó a caer con fuerza y, de momento, allí estaban resguardados.
La preocupación ahora era cuánto duraría la tormenta. No parecía cosa de poco tiempo: el cielo estaba encapotado y la niebla lo cubría todo.
—¿Qué hacer? —dijo Pedro a su amigo Manuel—. Esto parece que va para rato y nadie lo había previsto. Hay niños… y falta de todo: agua y alimentos.
Manuel se subió a una silla y llamó la atención de todos.
—¡Atención! Rogamos a todas las personas que hayan traído algo para comer o beber que, por favor, lo acerquen a esta mesa.
Poco a poco, fueron acercándose algunas personas: botellas de agua, algunos bocadillos, tortillas, algo de embutido… y poco más.
Manuel levantó los ojos al cielo e hizo la señal de la cruz. Luego dijo:
—Primero los niños, los que tengan sed; después, las mujeres más necesitadas. No hay mucho, pero podremos ir remediando la situación.
Las caras reflejaban angustia y preocupación. La tormenta parecía prolongarse durante toda la tarde y la noche.
Domingo sabía que su hermana había asistido a una concentración. Le había oído decir que se reunirían en la explanada ferial y que probablemente llegaría tarde.
Miró el reloj: eran ya más de las diez de la noche. Preocupado, no tanto por la hora como por la intensidad de la lluvia, tomó su coche y se dirigió a los servicios municipales de urgencias.
Sonaban las once cuando las personas refugiadas en la carpa oyeron las sirenas de los servicios sanitarios y de asistencia social.
Los vítores y aplausos apagaron incluso el ruido de la lluvia.
Muchos estaban ya exhaustos, con signos de cansancio y fatiga. Pero el susto había pasado: había llegado la ayuda.
Manuel, de rodillas y mirando al cielo, dijo:
—Gracias, Señor, porque una vez más has obrado el milagro. Has multiplicado lo poco y lo has convertido en suficiente.
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