| Mc 4, 26-34 |
Cada vez que Antonio salía a dar un paseo por el campo, se quedaba admirado de cómo, apenas caían unas gotas de agua, la tierra se engalanaba con un manto verde que la hacía más bella y hermosa.
¿Quién ha sembrado esas semillas para que, con el contacto con el agua, despierten, germinen y crezcan hasta dar frutos?
Precisamente, Antonio se veía interpelado por ese cambio tan hermoso que se producía cuando el agua refrescaba la árida tierra. Y eso le llevaba a buscar razones que le pudieran justificar tan prodigioso cambio.
Un día, tomando un café con su amigo Manuel y otros compañeros en la terraza de Santiago, hizo esa pregunta que tanto le inquietaba.
—¿No se han sorprendido ustedes, amigos, cómo se transforma la tierra apenas le caen unas gotas de agua? ¿Y se han preguntado por qué sucede eso?
—La ciencia explica el porqué de ese cambio: la activación biológica, pero la realidad, al menos para mí, es un misterio —respondió Leopoldo, uno de los tertulianos.
No hubo uniformidad con la explicación que dio Leopoldo. Unos estaban de acuerdo, pero otros disentían de su respuesta.
En esa confusión y diversidad de interpretación, Manuel tomó la palabra y dijo:
—Antes de la explicación de la ciencia, en el evangelio de Mc 4, 26-34, Jesús compara el reino de Dios con un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va…
Cerrando la Biblia y mirando a todos, dijo:
Detrás de la ciencia está el poder de Dios, creador de todo lo visible e invisible. Ayer como hoy, el Reino de Dios crece en el mundo de manera misteriosa y sorprendente, mostrando el poder escondido en la pequeña semilla y la vida que de ella brota.
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