| Jn 21, 15-19 |
No cabe duda de que la vida está necesitada de amor. Sin amor imperan la fuerza y el poder y, en consecuencia, aparecen la injusticia y la defensa de los intereses por encima de los derechos de las personas.
Orlando tenía esta percepción del mundo que habitaba. Había vivido muchas escenas donde los débiles eran relegados a los niveles más bajos y sometidos a los caprichos e intereses de los poderosos.
La soberbia y el egoísmo eran los motores que gobernaban el mundo, de modo que en los débiles y pobres recaía el peso de los más fuertes.
Había llegado a la terraza y, observando que estaba Manuel, le preguntó:
—¿Crees que el mundo tiene solución, Manuel? —preguntó Orlando.
Tras un breve silencio, Manuel, encogiendo sus hombros, le miró con placidez y dijo:
—La solución es amar, pero muchos se cierran al amor y la misericordia. De esa manera veo difícil que haya alguna solución.
—Pero… eso significa que…
—Que solo el amor salvaría al mundo de las injusticias…
Y dando tiempo a que se diera cuenta, agregó:
—El abuso, la miseria y las injusticias terminarán cuando el hombre sea capaz de amar como nos ama Jesús.
Orlando se había dado cuenta: solo amando como nos ama el Señor, nuestras relaciones serían de verdad, de justicia y de paz.
Lo más importante, finalmente, es dejar de luchar con el Señor y permitir que sea Él quien actúe en nuestra vida, permitiendo que su cariño despierte nuestras áreas heridas o muertas y las haga revivir en comunicación, generosidad y entrega.
Él nos sigue dando su misión, la nuestra particular, para nuestro propio bien y para el bien de los demás.