| Mt 5, 20-26 |
Sebastián no se atrevía a salir de su estado de confort. Allí se sentía bien y su instinto se resistía a atreverse a experimentar nuevas aventuras.
Consideraba que era una buena persona y eso le bastaba.
—¿Te parece esa actitud de Sebastián —dijo Pedro, mirando a Manuel— correcta o quizás acomodada?
Sin pensárselo, Manuel respondió rápidamente.
—Muchas veces la costumbre endurece el deseo de buscar la santidad y nos acomoda en la rutina de ‘portarnos bien’, y nada más…
Guardó unos breves segundos en silencio y añadió:
—Como suele decirse, conformarse con ‘ser bueno’ puede impedir buscar lo mejor que Dios quiere de nosotros.
Pedro, confuso, frunció el ceño y preguntó:
—Pero, ¿de qué manera podemos crecer más y hacer cosas mayores? ¿Acaso está eso en nuestras manos?
Manuel le miró con ternura y añadió:
—Recuerda que no estamos solos. Desde la hora de nuestro bautismo camina con nosotros el Espíritu Santo…
Hizo una pausa, le tocó el hombro y suavemente agregó:
—Y, asistidos por Él, podemos pasar de la resistencia a la exigencia de reconciliarnos…
Le miró apaciblemente y le dijo:
—Así, no hay ofrenda que sirva cuando «te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti» (Mt 5, 23)…
Y tomándole por el brazo, concluyó:
—Por eso importa arreglar cualquier pleito; de lo contrario, tu ofrenda queda contradicha por la falta de reconciliación (cf. Mt 5,23–26).”
La cara de Pedro se había transformado. Ahora comprendía que no solo era posible avanzar en santidad, sino que era una realidad. Con el Espíritu Santo podemos convertir lo pequeño en grande.
Es evidente que nuestro ser cristiano nos exige avanzar. Y sin el concurso del Espíritu Santo no avanzamos. Está dentro de nosotros desde el instante de nuestro bautismo y en actitud de espera.
Dependerá de nosotros abrirnos a su acción y cooperar con su gracia.
Sin dejarnos conducir por Él, terminamos confiando demasiado en nuestras propias fuerzas; con Él, avanzamos y el corazón se transforma.
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