| Mt 11, 25-30 |
No resulta nada fácil encontrar la paz y el gozo de sentirse feliz. Muchos la han buscado en el poder, en el dinero y en todo lo que el mundo les ofrece, sin encontrarla.
Es verdad que los primeros pasos son engañosos y, tras la apariencia de un espejismo, la realidad vuelve al primer plano de la vida.
La felicidad no está en las cosas de este mundo, ni tampoco en aquellos que la buscan en la suficiencia.
El Evangelio nos dice, precisamente, que el Padre revela sus misterios a los pequeños (cf. Mt 11,25). No se entra en el Reino por la autosuficiencia, sino por la pequeñez recuperada del corazón creyente.
Aquellas palabras de Manuel hicieron bajar la cabeza a Samuel. Él se había jactado de ser poderoso y hasta prepotente. Presumía de no necesitar nada ni de nadie. Se bastaba a sí mismo.
—Lo verdaderamente importante es el resultado final. De nada te vale ganar la gloria de este mundo si terminas perdiéndolo todo…
Hizo una pausa, miró a Samuel y los demás, y dijo:
—Estamos aquí para ser felices y, no por unos cuantos años, sino para la eternidad. Vale la pena buscar ese camino que Jesús nos señala en el evangelio de Mateo 11, 25-30.
Manuel había dejado marcado el camino. Ahora nos toca a nosotros encontrarlo tras los pasos de Jesús: Él es el Camino, la Verdad y la Vida.