| Jn 16, 23b - 28 |
La experiencia de Amadeo no era del todo positiva. Sabía que lo que deseara tenía que ganárselo con su trabajo. Eso de pedir y recibir no entraba dentro de sus cálculos.
Todo lo que había conseguido en la vida era consecuencia de su esfuerzo, y nada le había sido regalado.
Cuando se proponía algo, se preparaba y luchaba hasta conseguirlo. Y si no podía, se resignaba y aprendía que todo no se puede conseguir.
En ocasiones, había llegado a la conclusión de que el esfuerzo por lograr algo le conducía a reconocer que, ante la incapacidad de lograrlo, se derivaba en otras acciones que le resultaban sumamente beneficiosas.
—Por favor, una manzanilla cuando pueda —dijo Amadeo, mientras se acomodaba en la mesa.
—Enseguida, señor —respondió Santiago.
Llevaba un buen rato sentado y reflexionando sobre todo lo conseguido en su vida. Se sentía satisfecho de todo su esfuerzo y trabajo.
«Creo que me lo merezco», pensó.
Al oír una voz que le nombraba, volvió la cabeza y dijo:
—Hola, buenos días —respondió al saludo de Manuel que llegaba en esos momentos.
—¡Qué sorpresa verte por aquí! ¿Y a qué se debe tu visita?, pues hacía tiempo que no venías.
—Sí, he estado un poco atareado. Hoy tenía el día libre, o al menos yo me lo he dado. Salí a mover los pies y relajarme un poco y, la consecuencia es que he llegado hasta aquí.
—¡Y bien!, ¿qué se cuenta? —preguntó Manuel.
—Mira, he estado pensando sobre mi vida, sobre mis esfuerzos y trabajo, y me siento orgulloso de lo que he logrado.
Guardó unos segundos de silencio y añadió:
—Nadie te da nada y todo lo que tienes es producto de tu esfuerzo.
Miró a Manuel y, algo indeciso, dijo:
—¿No lo crees así?
Manuel, que ya esperaba esa pregunta, le miró con ternura y, sacando la Biblia, dijo:
—En el Evangelio de Juan 16, 23b-28, Jesús nos habla de que si pedimos algo al Padre en su nombre, nos lo dará.
Hizo una pausa, bebió un poco de agua y, dando tiempo a su reacción, agregó:
—Es de sentido común que cuando pides algo es porque está fuera de tu alcance y porque lo necesitas. A eso se refiere Jesús.
Dejó pasar unos segundos y, tras el silencio de Amadeo, añadió:
—Y solo Dios sabe si lo que pides te conviene o no. Es posible que tú pienses que sí, pero la última palabra la tiene Él.
Observó que Amadeo mantenía la mirada escondida y, poniendo la mano en el hombro, le dijo:
—Solo Dios sabe lo que realmente necesitas para tu bien. Y eso es lo que nos dará aunque nosotros no lo comprendamos. Su Amor es infinito.
Amadeo levantó la mirada y, al encontrarse con Manuel, dijo:
—Sí, creo que tienes razón. No sabemos pedir bien. Nos quedamos atrapados en preocupaciones y banalidades que nos apartan de lo importante.
Se detuvo, guardó un breve silencio y dijo:
—Quisiera aprender a pedir bien en «el nombre de Jesús» y responder a ese amor amando.
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