domingo, 26 de marzo de 2017

LUZ DEL MUNDO

(Jn 9,1-41)
Sin Él hay oscuridad. Esa es la experiencia de nuestra vida. Lejos de Jesús experimentamos ceguera y oscuridad. Eso supone confusión, desvío, error, necedad y muerte. Sólo en Él encontramos Luz. Luz para caminar en la verdad, en la justicia, en la paz y el amor.

Nuestras debilidades e imperfecciones sirven para manifestar el poder de Dios, que hace el milagro de, no sólo sanarnos, sino de enderezar nuestros caminos. Tal es el caso que nos presenta hoy el Evangelio. Sin embargo, nos resistimos a aceptar esa nueva Luz que nos deslumbra y lo cambia todo. Nos resistimos porque miramos con nuestros ojos y no con los Ojos de Dios. Nos resistimos porque damos nuestra propia interpretación de los hechos desdes nuestra perspectiva y mentalidad.

Tratan de esconder su oscuridad justificándolo con la prohibición del sábado. Se le da más importancia a la Ley que a la persona. Se le da más importancia a la Ley que a la curación de un ciego. Se prefiere la oscuridad a la Luz. Se confunde la santidad con el cumplimiento de la Ley marginando la curación de los que padecen y sufren. Justifican que quien incumple la Ley no puede venir de Dios, y no se dan cuenta, pues están en la oscuridad, que importa más hacer el bien y curar a los que sufren que el cumplimiento de normas y preceptos huecos y lejos del amor.

¿Estamos también nosotros ciegos? Porque esa es la pregunta que subyace debajo de la sustancia de este Evangelio y humilde reflexión. ¿Justificamos también nosotros que ese Jesús que cura y hace el bien está incumpliendo la Ley? No damos crédito a las palabras de los que experimentan su bondad y misericordia y los expulsamos de nuestra vista?

Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». El respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es». Él entonces dijo: «Creo, Señor». ¿Qué decimos nosotros? ¿Creemos en la Palabra del Señor? Testimonios no nos faltan, pero podemos dejarnos embaucar por la oscuridad y la ceguera y responder como aquellos fariseos.

sábado, 25 de marzo de 2017

LLENA DE GRACIA, EL SEÑOR ESTÁ CONTIGO

(Lc 1,26-38)
La máxima aspiración de un creyente en Jesús de Nazaret es ser revestido de la Vida de Gracia. Esa Vida de Gracia que nos hace santos e hijos de Dios Padre y herederos de su Gloria. No hay dicha mayor. Y, María, su Madre, es visitada por el Ángel Gabriel con esa noticia: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». 

¡¡Cuán grande es María!! ¡La criatura elegida por Dios para ser la Madre de su Hijo! ¡¡No hay mayor Gracia ni mayor privilegio!! 

Supongo, espero y creo que Dios nos ha revestido a todos nosotros, sus hijos, de la Gracia necesaria para poder llegar a Él. No sería lógico ni de sentido común que no fuese así, porque, de no serlo, estaríamos perdidos y sin ninguna esperanza. Entonces nuestra vida quedaría a la deriva, sin rumbo y sin sentido. Tenemos, pues, lo necesario para, injertados en Él, llegar a Él.

María y Jesús, las mayores criaturas sagradas elegidas por Dios, inician, podemos decir, el camino de nuestra salvación. Por y con la encarnación, anuncio del Ángel Gabriel a María, da comienzo la obra plena de salvación del hombre. En el Vientre de María, Fuente de Gracia, Dios da el pistoletazo, en términos más coloquiales y humanos, su obra salvadora. El Hijo de Dios Vivo toma naturaleza humana para, abajándose y despojándose de todo privilegio, encarnarse en un hombre como nosotros menos en el pecado.

Es un acontecimiento milagroso observar como ya, en Isaías - 7, 10-14.8,10 - se proclama la señal de que la Virgen está en cinta. ¿No es esa una verdadera señal de la Divinidad de Jesús? ¿No es señal del poder de Dios el nacimiento de Juan el Bautista siendo su madre una mujer ya mayos? ¿Cómo es posible que muchos se resistan a reconocer en Jesús al Mesías e Hijo de Dios?

No fue, aunque en la lejanía nos parezca fácil, para María y José, creer en la Palabra de Dios. Los acontecimientos apuraron la situación y el camino se puso duro y costoso. Incluso, mucho más que para nosotros hoy, pues, por entonces, no había sido revelado el rostro visible en Jesús del Padre Dios. Precisamente, María, era la escogida a prestar su vientre para que el Hijo se encarnarse.

Y, a pesar de todo, María y José creyeron y confiaron en la Palabra de Dios. ¿Qué ocurre con nosotros? ¿También nosotros nos fiamos de la Palabra de Dios? Gastemos un poco de nuestro tiempo en reflexionar sobre eso.

viernes, 24 de marzo de 2017

SOMOS DE DIOS Y A ÉL VOLVEREMOS

 (Mc 12,28b-34)
De nada nos vale hablar mucho, trabajar mucho y hacer muchas cosas. De nada nos vale invocar y orar hasta saciarnos sin realmente no reconocemos que sólo nos salva Dios. No nos salvan nuestras fuerzas y empeños. Será Él quien disponga y elija. A nosotros sólo nos queda implorarle y postrarnos a sus pies.

El misterio del amor está por encima de nosotros. Si bien, es verdad, que experimentamos ese amor en nosotros hasta el punto de no poder vivir sin amor. Todos nuestros actos están movidos por amor. Conscientes e inconscientes. Nos invade y nos mueve esos sentimientos amorosos de hacer el bien y de establecer verdad y justicia. Cuando las cosas no son así nos entristecemos y nos decepcionamos.

Nos busquemos tanto el hacer como el amar. Amar buscando siempre el bien de los demás y procurando que la vida que gira en torno a mí sea vida alegre y en paz. Porque todo pertenece a Dios y será Él quien haga y deshaga; quien mueva y paralice; quien dé vida o la quite. Dios es el Padre bueno que nos salva por amor, y a quien nosotros tenemos que estar agradecidos y unidos a su Amor.

Jesús responde hoy a la pregunta de uno de los maestro de la Ley: «¿ Cuál es el primero de todos los mandamientos?».  Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos». 

Aquí empieza todo y se acaba todo. Todos nuestros actos deben mirar a ese primer mandamiento y estar regulado y referenciado en él. Todo lo demás tiene sentido y valor en cuanto está relacionado y derivado de ese primer mandamiento. No nos revistamos y empeñemos en tantas cosas que sólo son adornos y, a veces, apariencias. Lo único importante y verdadero es el Amor.

jueves, 23 de marzo de 2017

HABLAMOS DE UNIDAD

(Lc 11,14-23)
Toda confrontación tiende a alejarnos y, por tanto, a desunirnos. Y en esas confrontaciones está el diablo, él las alimentas y las provocas. Es el caso del Evangelio de hoy. Muchos, al ver la obra de Jesús y la liberación del aquel mudo del espíritu maligno que le poseía, se admiran, pero otros no reaccionan positivamente, sino que murmuran y exclaman que Jesús actúa por obra de Beezebul, príncipe de los demonios.

Y otros muchos hasta se atreven a pedirle una señal en el Cielo. Que sucedan estas cosas no debe asombrarnos, porque están ocurriendo también hoy. Y, quizás, muchos de nosotros exigimos pruebas y señales en el Cielo. Cuando no queremos ver cerramos los ojos. Y eso nos llena de oscuridad y, hasta no abrirlos, no vemos nada. Estamos ciegos. Eso es lo que sucede, estamos ciegos y no vemos las maravillas que hace el Señor en nuestra presencia. ¿Más señales queremos?

Nuestra ceguera nos lleva a reprocharle que hace esas liberaciones en nombre de Beezebul. Nuestra necedad es tal que perdemos la razón y disparatamos. ¿Pero es posible que el mismo Beezebul se expulse a sí mismo? Perdemos el juicio y deliramos. Todo reino dividido está condenado a destruirse. Donde reina la confrontación no hay paz ni unidad, y como tal, desaparece.

Sólo hay una razón y una explicación, y es que si el Maligno es expulsado es porque ha llegado el Reino de Dios. El Mesías, el Hijo de Dios Vivo, que nos salva y nos libera. Y nos llama a la unidad, a permanecer unidos para hacernos fuertes y no desfallecer ni ser arrastrados por Satanás. Pero, para eso, también el Señor necesita nuestra colaboración. Necesita nuestra libertad y voluntad, regalos gratuitos de su Gracia, que ha puesto en nosotros para colaborar en nuestra propia salvación.

Y ese debe ser nuestro esfuerzo: Mantenernos unidos junto al Espíritu Santo y dejarnos dirigir por Él en medio de su Iglesia, nuestra Madre, que nos auxilia nos acompaña por la Gracia del Señor.

miércoles, 22 de marzo de 2017

LA GRAN DIFERENCIA

(Mt 5,17-19)

En todas las religiones es el hombre quien busca respuestas a sus interrogantes trascendentes. Todos se preguntan por el más allá y por la eternidad. Pero no dan respuesta ni pasos adelantes. Todo se queda ahí. Sin embargo, en el cristianismo ocurre todo lo contrario. Es Dios quien se hace presente, te busca y te llama. Así ocurrió con Abraham y también con Moisés.

Nuestra fe es una fe que nos viene de arriba, de la manifestación de Dios. El viernes pasado (Mt 21,33-43.45-46) -  vemos cual ha sido nuestra respuesta a la búsqueda de Dios enviando a su propio Hijo. Es Dios quien nos busca y nos provee de lo necesario para que le podamos responder. Sabe de nuestras debilidades y tentaciones. Conoce nuestros fallos y pecados, y viene a salvarnos.

Elige a su pueblo y en él se hace presente. Es un Dios cercano que, buscándonos, se hace presente entre nosotros por medio de su Hijo. Viene a rescatarnos del pecado. Y no viene a abolir nada, sino a perfeccionarlo. Viene a sacarnos de nuestros errores y de nuestros cumplimientos hipócritas y falsos. Viene a despertarnos y a revestirnos de verdadero amor. Porque, es el amor el fruto que contiene el perdón. Un fruto nacido de la fe, regalo de Dios.

Dios que nos busca para iluminarnos con su Palabra y alumbrarnos el camino con un amor misericordioso de donde nacen los frutos del perdón, envía a su Hijo para que nos revele y enseñe su verdadera intención de salvarnos por verdadero amor. No se quita nada, sino donde ya estaba la Ley y todos sus cumplimientos se pone ahora el amor. Y todo reluce y transpira esa capa misericordiosa que le da un baño nuevo de verdadero tesoro en Espíritu y Verdad.

Dios enviá a su Hijo para que nos revele su verdadero Rostro. Ese Rostro Divino que nos ama con un amor misericordioso que nos perdona y nos salva.

martes, 21 de marzo de 2017

LA CUESTIÓN DEL PERDÓN

(Mt 18,21-35)
Al final, la convivencia y la fraternidad, todo se reduce al perdón. Si no hay perdón difícilmente se sostendrá la convivencia y la paz. Si no hay perdón se encenderá la hoguera de la discordia, del enfrentamiento, de la venganza, del odio y de las guerras y muertes. Todo, vemos, se reduce al perdón. Por lo tanto, eso de saber perdonar es de vital importancia, porque sin él no da lugar a que nazca el amor.

Por eso, su tiempo es ilimitado. No hay tope ni meta para el perdón. Siempre se está corriendo y en actitud constante de perdonar. Nunca se extingue la posibilidad de perdonar. Pedro, que así no lo entendía, tal y como nos pasa a nosotros, le hizo esta pregunta a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Y la respuesta de Jesús no se hizo esperar. Cayó contundentemente y firme: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Claro está, pues, que "setenta veces siete" tiene un significado ilimitado. Es decir, siempre. Siempre tenemos que estar en actitud de perdonar. Porque siempre, fácil entenderlo, nuestro Padre Dios nos está perdonando. Es simple, pues, si la Compasión y Misericordia de Dios tuviese un límite, nuestras posibilidades de salvación desaparecerían. Somos pecadores e imposibilitados de subsistir sin la Gracia de Dios. Todo, entonces, estaría perdido.

Luego, comprendemos por qué ha venido el Espíritu Santo. Sin Él no llegaríamos a conseguir perdonar. Necesitamos su Luz, su Fuerza, su Auxilio para emerger en este valle de lágrimas y superar todas las adversidades que nos suceden y nos amenazan. Indudablemente que es una lucha constante y dura, pero con el auxilio del Espíritu Santo podemos vencer. Para eso, no lo olvidemos, ayer teníamos el ejemplo de san José. La fe y la esperanza en un Dios que nos asiste y nos fortalece nos harán invencibles.

lunes, 20 de marzo de 2017

JOSÉ, FIGURA DE PADRE Y ESPOSO Y REFERENCIA DE HOMBRE DE FE

José es catalogado como varón justo, pero, sobre todo, hombre de fe. En él pone Dios toda su confianza y le encarga la gran responsabilidad de proteger y cuidar de las dos personas más importante y sagradas de la historia, la Virgen María y la de su propio Hijo. Gran confianza del Padre Dios en un hombre sencillo, carpintero de Nazaret, en el que Dios descansa y apoya su obra de rescate y salvación para todos los hombres.

Esa gran responsabilidad y misión habla de los valores de José. Un hombre integro, justo y honrado, pero, sobre todo, hombre de fe. Alertado en sueños por el ángel decide volverse atrás y no repudiar a María y confiar en Dios. Sus intenciones eran otras. Visto lo que ocurría había decidido repudiar en secreto a María. Las evidencias eran obvias y no podía seguir adelante a pesar de no entender como pudo ocurrir eso. Sabía de la integridad de María, pero los hechos eran contundentes.

Diría, y esto lo pienso yo, que José esperaba una señal que le indicase que lo que pensaba era lo evidente y lo cierto. María no podía haber cometido lo que la señal de la gestación le delataba. José así quería entenderlo y la revelación del ángel en sueños le bastó para entregarse a lo que su corazón deseaba entender y hacer. José hizo lo que el ángel le indicó, y su respuesta de fe, junto a María, nos han dado esa hermosa y maravillosa oportunidad de salvación. Jesús, el Hijo de Dios Vivo, nacido de mujer por obra del Espíritu Santo, por la Gracia de Dios, encarnado en Naturaleza Humana, vino a este mundo para redimirnos de nuestro pecados y merecer para nosotros la salvación eterna.

José, al igual que María, participan de la redención al obedecer y seguir el camino que Dios les propone. José, padre putativo de nuestro Señor, se hace parte importante en la redención de todos los hombres aceptando el papel que Dios le confío en su Obra Redentora. En este hermoso día que la Iglesia celebra en honor a san José, miremos su figura y tomemos sus actitudes de fe y fidelidad a la familia de Nazaret abandonada en las Manos del Dios que lo ha elegido.

domingo, 19 de marzo de 2017

¡¡SEÑOR, DAME DE BEBER!!

(Jn 4,5-42)
El camino es cansino y el desierto despierta la sed. A lo largo de nuestro camino hay muchos momentos de sed. Sed de fe; sed de dudas y confusión; sed de egoísmos; sed de placeres y bien vivir; sed de falta de compromiso...etc. Sed de abandonar el camino sediento y volver al camino fresco del agua tentadora de la vida de este mundo. Sí, Jesús nos pide nuestra sed de fe, y nos la ofrece y satisface ofreciéndose como el Mesías que viene a dárnosla.

Una fe que calma nuestra ardiente sed y la satisface plenamente para no sentir más esa necesidad. Porque ya con y en Él, la fe sobra. Posiblemente, en nuestro camino suplantamos muchas veces a la samaritana y nos extraña que Jesús nos hable y nos pida que le demos de beber. Muchas cosas ocurren a nuestro derredor que no despiertan nuestra sed. Estamos saciados por el agua del mundo, aunque esa agua necesitemos estar bebiéndola sistemáticamente hasta cansarnos de ella.

La rutina de cada día se repite y nos cansa y aburre. El agua del mundo no nos sacia plenamente y nos cansamos de ir cada día al pozo a buscarla. Pero, además, es un agua caduca, que amenaza con agotarse y secarse. Por eso, como la samaritana, Señor, te pedimos desesperadamente que nos des de beber esa agua que nos convierte en fuente de agua que salta hasta la Vida Eterna. Porque eso es lo que buscamos, la eternidad en plenitud de gozo y alegría.

Tú sabes, Señor, quien soy. Conoces mi vida palmo a palmo, y sabes de mis inquietudes. Yo, Señor, quiero encontrar esa agua que convierte mi corazón en fuente de agua que salta hasta la Vida Eterna. Despierta mi sed de fe y auméntala saciándome de ella para que también pueda yo, por tu Gracia, compartirla con los demás. Dame, Señor, de beber esa Agua que eres Tú, alimento que fortalece y vivífica.

sábado, 18 de marzo de 2017

UN PADRE QUE NOS ESPERA CON LOS BRAZOS ABIERTOS

(Lc 15,1-3.11-32)
Siempre es bueno, nos lo avala la experiencia, dejar una puerta abierta a la reconciliación y el perdón. Porque nuestra vida da muchas vueltas y, sujetos al error humano, necesitamos dejar siempre a mano la posibilidad de encontrarnos y perdonarnos mutuamente. Porque cada día amanece con nuevas esperanzas y afanes, y todos nos necesitamos.

Hoy la vida te sonríe, pero mañana puede entristecerte. Es bueno estar a bien con todos, porque puedes necesitar, mañana, una mano extendida para asirte a la superficie y encontrar nuevas bocanadas de aire que rejuvenezcan tu maltrecho corazón. Cada instante se hace nuevo y te ofrece una nueva oportunidad de amar. Pero, para eso necesitas estar abierto al amor. Y la llave es el perdón.

Nuestra naturaleza está gravemente herida. Está sujeta al pecado y vencida por éste. Nos será imposible vencer con nuestras  propias fuerzas. Necesitamos ayuda, y, más que ayuda, Misericordia. Porque nuestros merecimientos no alcanzan el perdón ni la acogida. Sólo una Misericordia Infinita puede acogernos y salvarnos. Y ese es nuestro Padre Dios. Padre amoroso que nos recibe con los brazos abiertos. Él sólo nos acoge y nos perdona.

Ni siquiera nuestros propios hermanos son capaces de perdonarnos. Los criterios de nuestra humanidad caída no perdonan. Medimos por méritos y castigamos por incumplimientos. Sin embargo, necesitamos experimentar nuestros propios pecados para darnos cuenta de nuestra pobreza. Sólo en la profundidad del límite de nuestras miserias experimentamos la necesidad de la misericordia. Desgraciadamente tenemos que bajar hasta ellas para anhelar la misericordia. Una Misericordia Infinita que perdona todo y olvida todo. Y nos acoge y abraza sin merecérnoslo.

La parábola del Hijo pródigo es la expresión y manifestación del Amor de Dios que nos descubre su paciencia y su infinito amor a pesar de nuestros desplantes y rechazos. Por su Infinita Misericordia mantenemos la esperanza de salvación.

viernes, 17 de marzo de 2017

¡QUÉ PASARÁ CON NOSOTROS?

(Mt 21,33-43.45-46)
Nosotros somos el pueblo infiel. Aquellos que se incluyan en la desobediencia y en el maltrato de todos los dones recibidos. Aquellos que no integran la vida en la naturaleza e intenta que todos disfruten de ella. Aquellos que cierren sus ojos al desenfreno y la ambición de algunos que quieren y anhelan gobernar el mundo según sus propósitos e intereses. Aquellos que desestabilizan el equilibrio natural y cierran las puertas a las migraciones de los desheredados, perseguidos o explotados.

Eso sucedió y sucede cada día. Eso ocurre con los jefes y gobernantes, que desatiende la voz de la justicia y el amor fraterno y provocan el sufrimientos de muchos que buscan una vida mejor en paz y verdad. Pero, también, nosotros, los que quizás creemos y queremos estar dentro del pueblo elegido. De ese pueblo al que fue confiada la Viña del mundo y que maltratamos y destruimos, y mal repartimos. Realmente, la pregunta es, ¿qué pasará con nosotros?

El Evangelio de hoy nos lo pone muy claro. Dios te ha dejado una vida y una viña en alquiler, para que la administres y trabajes. Y, tras un periodo de tiempo, volverá a pedirte tu rendimiento, tu trabajo y tus frutos en relación también con los demás. ¿Qué le vas a decir y a dar? ¿Qué frutos cultivas para Él?

Lo que hicieron aquellos, jefes y gobernantes de la época, está muy claro. Y, hoy, Jesús nos lo refleja y expone en su Evangelio: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». 

Ahora nos toca a nosotros. ¿Cómo actuaremos y responderemos cuando venga el Señor, dueño del mundo, a pedirnos nuestro rendimiento y frutos? Será cuestión de pensárselo, porque ahora vendrá con todo su séquito y poder a hacer verdadera justicia.

jueves, 16 de marzo de 2017

VIDA Y TALENTOS

Hoy, no sé cómo, a la hora de tratar de reflexionar sobre esta parábola del rico epulón, me ha venido a la cabeza también las parábolas de los talentos - Mc 25, 14-30 - porque encuentro mucha relación de una con la otra. Junto con la  vida se te ha dado unos talentos, cualidades y bienes, que tendrás que saber gastar, usar y compartir. El resultado lo podemos discernir viendo el desenlace de ambas parábolas.

Todo queda muy claro. Se trata de usar lo que has recibido para bien de los demás. Si unos tienen poco y sus circunstancias son difíciles, otros, que gozan de óptimas circunstancias deben tenerlo en cuenta y compartir. Suena eso mucho con las cuestiones y los problemas que se nos presentan en estos tiempos de refugiados y perseguidos.

Las palabras de Abraham suenan muy demoledoras, pero muy realistas con lo ocurrido en la vida de aquel rico epulón y el pobre Lázaro: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros".  

Desde esta parábola podemos comprender que esta vida nuestra es nuestra hora de salvación. De cómo gastemos nuestro tiempo y nuestros talentos y bienes dependerá nuestra salvación. No se trata, pues, de cumplir unas reglas y preceptos, sino de vivir un estilo de vida en actitud de compartir y darse en caridad a los demás. No se trata de cumplimientos y obras, sino de amor. Y el amor va más allá de las reglas y las normas, e incluso, de las leyes.

Tengamos en cuenta que la vida es un tiempo hermoso si lo sabemos aprovechar y gastar, porque de nada vale emplearlo mal para luego sufrir como ese rico, que la desperdició banqueteándose sin mirar el sufrimiento de los demás.

miércoles, 15 de marzo de 2017

DESPISTADOS POR SUS PROPIAS AMBICIONES

(Mt 20,17-28)
Lo primero que me viene a la cabeza es el darme cuenta del interés de los discípulos. No se enteran de lo que les habla Jesús. Están distraidos y ensimismados en sus intereses y propósitos. Apenas le ponen atención. Y, antes de seguir, reflexionemos. ¿Nos puede ocurrir a nosotros también eso? Entretenidos por los ruidos y las ofertas del mundo no escuchamos al Señor. Y pasa nuestra pascua sin habernos detenido lo suficiente para ver donde estamos y qué hacer. Así, nuestra vida puede pasar de puntillas y sin tomar conciencia de nuestro verdadero Tesoro.

La madre de los zebedeos no se percata de nada. Sólo piensa en la situación de sus hijos y colocarlos en el mejor puesto. Nadie se da cuenta a dónde van, ni tampoco lo que Jesús les advierte y les dice. Van camino de la salvación por las Pascua de Jesús sin advertirlo. ¿No es ese nuestro vivo retrato? Vivimos preocupados por otras cosas. Cosas de este mundo, que son caducas y destinadas a convertirse en desechos y basuras. ¡Dios mío, qué ciegos estamos!

A nosotros no toca trabajar. Trabajar por el Reino de Dios. Por un lado, para aprovechar este tiempo de salvación y, por otro, aceptando la Misericordia de Dios, vivir nuestra pascua injertado en el Espíritu Santo unidos al Señor Jesús, el Hijo de Dios Vivo, que, con su Muerte y Resurrección, nos salva. Y aceptarla es vivir en y a su estilo, es decir, sirviendo y dando la vida por el rescate de muchos.

Esa es la propuesta que Jesús nos propone, y esa es la respuesta que a nosotros nos interesa discernir, es decir, la del servicio. Porque, como Jesús, nosotros, si queremos seguir a Jesús, no estamos para servirnos, sino todo lo contrario, para servir. Y eso implica disponibilidad, atención, esfuerzo, trabajo y compartir. Compartir todo lo que nos ha sido dado gratuitamente de la misma manera que lo hemos recibido. Haciéndolo por amor, es decir, desinteresadamente, tal y como el Padre lo hace con cada uno de nosotros.

martes, 14 de marzo de 2017

ESTAMOS A TIEMPO. TIEMPO DE SALVACIÓN

(Mt 23,1-12)
Ahora es el momento de la lucha, del esfuerzo de conversión. Estamos en tiempo de salvación, y es momento para aprovecharlo. Acabado este, ya todo está echado. Ahora entiendo cuando se nos dice que ha llegado la hora y el Reino de Dios con Jesús. Porque en Él hemos sido liberados y salvados. El Reino de Dios está entre nosotros. Pero tenemos que descubrirlo y trabajarlo. Para eso hemos sido dotados de la capacidad de elegir y de voluntad.

Hoy sucede, como ayer, que hay muchos sujetos de pantalla, que buscan lucirse, ser vistos y aparentar santidad. Pero, luego, se esconden en la apariencia y no resultan ser lo que se esfuerzan en parecer. Son aquellos que les gustan dar ordenes, marcar trabajos y obras, que ellos no hacen. Aquellos que buscan ser admirados y revestidos de honores, y llamados maestros. Aquellos que todo lo que hacen se oculta bajo un segunda intención para ser destacados y ocupar los primeros puestos.

Nuestro Señor Jesús nos dice: Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. No debemos caer en el error de alejarnos y maldecir, sino de esforzarnos en hacer todo lo bueno y justo que dicen, pero no imitarlo ni hacer lo que ellos hacen si no actúan en justicia y verdad. Estamos, pues, advertidos para no ser sorprendidos.

Busquemos la actitud de la humildad y la de la paciencia. No nos dejemos llamar maestro ni doctores, porque, en realidad no lo somos. Sólo uno es Maestro y Doctor, nuestro Padre del Cielo. Tratemos de imitar a nuestro Señor Jesús, que se abajo despojándose de su condición Divina para servirnos. Por lo tanto, esa es la actitud y el estilo de vida que debemos imitar, la del servicio y la humildad.

Pues como dice el Señor: «Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» Ahí tenemos nuestra meta, la de la humildad y la del servicio. Metas para las que necesitamos la Gracia del Espíritu Santo, para poder llevarlas a cabo llenos de paciencia y perseverancia. Pidamos esa Gracia para vivirla ahora, en estos momentos, momentos de salvación.

lunes, 13 de marzo de 2017

TÚ ERES TU PROPIA MEDIDA

(Lc 6,36-38)
Delante de los hombres te proclamas pecador, pues nadie se sabe perfecto. Es de sentido común reconocerse imperfecto y, por lo tanto, pecador. Luego, la medida de tu perdón será la medida con la que tú serás perdonado. Sin embargo, ese criterio, claro y determinante, lo olvidamos cuando se trata de juzgar y medir las faltas, errores o pecados de los otros.

Porque, si tú te sabes pecador necesitarás pedir perdón, y ese perdón no te será dado sino en la medida que tú también perdones. Es bueno tener este criterio presente, porque nos ayudará a perdonar.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».

No agregamos nada más, pues entendemos que está muy claro. Y más que palabras necesitamos reflexión y actitud de cambiar nuestro corazón. Tenemos presente que seremos perdonados si también nosotros perdonamos. Y, para eso, primero tenemos que aceptar y descubrir nuestros propios pecados.

domingo, 12 de marzo de 2017

¿TOMAMOS NOSOTROS CONCIENCIA DE LA RESURRECCIÓN?

(Mt 17,1-9)
Sí, lo hemos oído muchas veces, ¡y tanto!, que ya nos parece algo clásico y que se tiene que decir. Hablar de la Resurrección nos suena a disco rayado y cosas que se dicen. Posiblemente, los apóstoles, aunque no lo habían oído tanto como nosotros ahora, tampoco lo entendieron. Y menos imaginarselo. También nos pasa a nosotros ahora, ni lo entendemos ni nos lo imaginamos y dudamos respecto a que sea verdad. Sobre todo, porque, de aceptarlo, nos compromete y nos exige cambios. Cambios de dirección en nuestra vida.

¿Por qué una demostración a medio camino? Quizás hiciera falta dar un toque de atención a aquellos seguidores medios desconcertados y despistados. La cosa se estaba poniendo dura y difícil, y ellos no podían imaginar que el Maestro, nuestro Señor, tuviese que pasar lo que le esperaba. Y menos entendían que, diciéndoselos, lo comprendieran. La Transfiguración viene a refrescar esa idea y a fortalecerla. 

No es algo que se saca Jesús de la chistera y por capricho, sino algo necesario para, haciendo un alto en camino, entender lo que va a suceder. Y llenarlo de esperanza, de esperanza de Resurrección. Quizás, por eso les dice: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».

Tan bien se sintieron los apóstoles allí que sólo pensaron en Moisés, Elías y el Señor, olvidándose de ellos mismos. Y significativo es que Jesús eligió a Pedro, Santiago y Juan, la cúpula del colegio apostólico de aquel momento. Sus seguidores, quizás más cercanos, para fortalecerles la idea de la Pasión que tenía que padecer para la liberación y perdón de los pecados de los hombres.

Tabor es signo de esperanza, de confirmación y de adelanto de Resurrección. Tabor es oasis de Gracia y de fortaleza, que nos vivifica y nos revela el misterio redentor del Resucitado. Pidamos esa sabiduría de sostenernos firmes en la fe y en la esperanza que este episodio del Tabor nos regala.

sábado, 11 de marzo de 2017

LA PERFECCIÓN COMO META

(Mt 5,43-48)
Sabemos que la meta - la perfección -  no es alcanzable, pero el camino que se nos propone la tiene fijada como prioridad y meta a alcanzar. Y, por supuesto, sabemos que no es alcanzable desde nuestra propia humanidad pecadora y limitada. Somos pecadores y nuestros pecados nos limitan y nos experimentan imperfectos. Sin embargo, impulsados por el Espíritu Santo, la proeza se hace posible y alcanzable.

Sabemos, y necio sería el ignorarlo, que el camino está lleno de dificultades insalvables para nuestra humanidad imperfecta y pecadora. La perfección es una meta inalcanzable, pero, también sabemos, que es la propuesta que el Señor nos propone. Y, el Señor, no nos puede proponer nada que nos sea imposible, pues de ser así no sería del todo bueno. 

Si Dios nos lo propone es porque también nos ha dado lo que necesitamos para alcanzarlo. Y, además, no nos deja solos. Nos acompaña en todo momento y nos auxilia y dirige. Hemos sido dotados de la capacidad para elegir, y también, de la voluntad para reforzar y fortalecer esa capacidad de elección. Por tanto, robustecidos en el Espíritu Santo podemos superar todas esas dificultades que nos salen en el camino.

El amor exige perdonar, porque los incumplimientos están dentro de nosotros. Es el amor misericordioso el que nos edifica y nos construye. Y nos hace fuertes para superar las dificultades y sobre ponernos a ellas. Y claro, el mérito no se esconde en hacerlo con los amigos, sino en vivirlo y testimoniarlo con los enemigos. El amor está en su máxima ebullición cuando es capaz de superar las dificultades frente a los enemigos. Es en esos momentos cuando todo se ilumina y las dificultades, que nos separan, tienden a unirse.

Experimentamos, entonces, que el amor se hace presente y actúa como un bálsamo de paciencia y paz, que derrumba todas aquellas barreras que tienden a separarnos, a dividirnos y a enfrentarnos, fortaleciendo la unidad y fraternidad. Y es que el amor todo lo puede.

viernes, 10 de marzo de 2017

IMPORTA LA INTENCIÓN

(Mt 5,20-26)
Las apariencias esconden las intenciones malas. Por eso son malas y falsas, porque sólo lo que respira verdad, a pesar de estar el aire contaminado huele bien. Huele a verdad, a seriedad, a confianza, a auténtico y a rectitud. Lo que está bien pensado, aun equivocado, se nota, porque se corrige y se perfecciona. Las buenas intenciones respiran pureza y verdad.

Por eso, nuestra justicia no puede reducirse al simple cumplimiento, porque la intención le sobrepasa. Hay muchos delitos que, a simple vista, no se pueden condenar jurídicamente, pero, moralmente son delitos y faltas contra el prójimo. No comete delito aquel que lo consuma. Por ejemplo, quien mata, sino también quien no matando quiere, en y con su pensamiento, matar.

Nuestra lengua y nuestro pensamiento son armas de pecado. Y, aún cuando no se pueden señalar, se descubren y confiesan en lo más profundo del corazón humano. Matamos con nuestras criticas destructivas y mal intencionadas. Matamos con nuestra lengua que señala e insulta y maldice. Y muchas veces no podemos controlarnos. Ocurre como con los sentimientos, entran y salen en nuestra mente sin pedirnos permiso. No podemos impedírselos, pero sí podemos someterlos y nos dejarlos hacer lo que desean.

De la misma forma podemos acallar nuestras lenguas y silenciarlas, y desviar nuestros pensamientos hacia espacios serenos, neutros y bien intencionados. ¡Claro!, es una lucha constante y sin tregua. Ese es el camino y la cruz. Esa es la puerta estrecha; ese es el ayuno, la penitencia, el sacrificio y la causa de estar conectado siempre al Espíritu Santo y en constante oración. La necesitamos para actuar rectamente de pensamiento, palabra y buena intención.

Por todo ello, nuestro camino tiene que ir acompañado de la oración. Es lo que no debe faltar nunca en nuestra simple y sencilla mochila. La oración que nos fortalece y nos descubre que nuestro corazón debe de ser bien intencionado y justo.

jueves, 9 de marzo de 2017

LA LEY Y LOS PROFETAS

(Mt 7,7-12)
Todo se reduce a amar. Todo el mensaje y la Obra de Jesús, el Señor, se reduce a entregarse al servicio y al amor por los más pobres y necesitados. Todo lo contenido en la Ley y los profetas va dirigido a la conversión del corazón del hombre. Un corazón duro y soberbio, para transformarse en un corazón tierno, suave y amoroso al servicio de los más pobres.

Y para eso, el hombre necesita pedir. Pedir la fe  y la capacidad de amar renunciando a sus ambiciones y apetencias, para darse y entregarse al servicio por amor. Y el amor se refleja en esa actitud de querer y desear que te traten con la misma actitud e intención que tú tratas a los demás. Ese camino nos lleva a tener una constante relación con el Señor, centro de nuestra vida, por medio de la oración. Porque la vida de un cristiano está vinculada a Cristo, y en Cristo permanecemos unidos a Él por medio de la oración.

De modo que la oración, es decir, nuestra relación con el Señor es vital. Sin él no podemos avanzar ni superar todos los obstáculos que nos salen al paso. Necesitamos pedir, buscar y llamar, pues así nos dice el Señor: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá».

Y, sobre todo, confiar y creer que el Señor nos escucha y está atento a nuestras peticiones. Pues, al respecto, también nos dice: ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan! 

Todo queda muy claro. Por falta de decirlo que no quede. El Señor nos habla con una claridad absoluta. Ahora, por nuestra parte, nos queda fiarnos, poner en Él toda nuestra confianza y tener paciencia, pues la Palabra del Señor se cumple siempre.

miércoles, 8 de marzo de 2017

BUSCANDO RAZONES

(Lc 11,29-32)
Hay muchas razones que se esconden dentro de nosotros mismos. Sin lugar a duda, Dios, al crearnos nos selló en nuestro corazón la Ley que debíamos seguir. Igual que un fabicante hace con sus productos, dejando en el envoltorio donde los embala su manual de instrucciones para su uso. No sería de sentido común e ilógico no hacerlo.

Dentro de lo más profundo del hombre está sellado el camino del bien, y las prohibiciones del mal. Y el hombre sabe a qué atenerse. Y conoce su origen y por donde debe caminar. Al menos debe intentar buscarlo. Sin embargo, no se contenta con eso, sino que exige más pruebas y signos que le responda a las ideas que el mismo se ha formado. Quisiera encontrar un Dios tal cual él lo piensa y lo quiere.

Pero a eso no le responde el Señor. Jesús, el Hijo de Dios vivo, ya ha dejado su Mensaje y su impronta, la Cruz. Su Muerte y Resurrección. Su Pascua, tras la cual, después de ser flagelado, martirizado, juzgado y condenado, fue crucificado en la Cruz, muerto y sepultado. Para Resucitar al tercer día. No hay más señales ni más mensajes. Ese es el kerigma del cristiano y del creyente. No hay más.

Igual que sucedió con Jonás, arrojado al mar para salvar a aquella tripulación del naufragio, y fue luego signo de salvación para los ninivitas, que creyeron en él. Así será con Jesús, el Hijo de Dios, para esta generación. Ayer me preguntaron el por qué creía yo en Jesús. Y confieso que, en el contexto de la catequesis no me vino al instante la respuesta correcta. Pero no tardó muchos minutos en despertar dentro de mí.

Y respondí: "Porque Jesús ha Resucitado. Porque si no fuese así, me iría ahora mismo de aquí (e hice ademán de salir por la puerta). Jesús ha Resucitado y está ahora mismo aquí, entre nosotros. Por eso, al empezar la catequesis le invocamos en su Espíritu, para que se haga presente espiritualmente entre nosotros. Así de simple, porque Él nos lo ha dicho: "Dónde están dos o tres reunidos en..." Mt 18,20.

Por eso creo en Jesús, porque todo se ha cumplido en El. Todo lo profetizado hasta su Resurrección. Jesús vive y es el Signo por excelencia de la fe de todo creyente.

martes, 7 de marzo de 2017

UN ESTILO DE VIDA

 (Mt 6,7-15)
El Padre nuestro no es una oración más. Es una oración que, a parte de ser la recomendada por el Señor, es un estilo de vida que marca nuestro devenir de cada día. Quizás la rezamos muy atropellada y, se ha hecho tan rutinario hacerlo, que casi sin pensar la soltamos como una tarareo que nos sale de forma automática y sin prestarle mucha conciencia.

Sin lugar a duda, salvo raras excepciones, la familia es el lugar más importante de nuestra vida. Tan importante que se nos escapa el pensarlo, y, cuando lo descubrimos, valoramos en su justa medida lo que significa y vale. Y en ella, nuestros padres son el tesoro familiar. Son los protagonistas de que la familia exista. Son aquella semilla que un día dejaron su jardín, para formar en suyo propio. No obstante, nuestro Señor la destaca cuando la pone en la Ley de Dios en cuarto lugar: "Honrarás a tu padre y madre".

Es lógico y de sentido común que a nuestro Padre, que con ese "nuestro" nos relaciona a todos y nos hace hermanos, lo santifiquemos todos juntos al menos una vez en semana. Igual que nos reunimos en torno a nuestros padres de la tierra, ¡¡cómo no reunirnos con nuestro Padre del Cielo!! ¡¡¡Es el que nos ha dado la vida, la familia, el mundo... todo!!! Lógico será pues visitarlo y santificarlo. Pues bien, eso lo hacemos los domingos, el día que la familia goza de más tiempo. "Santificamos su nombre".

Posiblemente, hoy que los tiempos han cambiado y la vida laboral también, quizás para muchas familias sea más idóneo visitarlo cualquier día de la semana en el que dispongan de más tiempo libre. Al mismo tiempo le pedimos que "venga a nosotros su Reino",  porque en nuestro, este mundo, es un mundo caduco, que, incluso, no sabemos ni cuidar y lo vamos estropeando cada vez más. Pero más importante es pedirle que se "haga su Voluntad", y no la nuestra, que es débil, pecadora y con ella nos perdemos.

Necesitamos muchas cosas, y por eso le pedimos que nos dé "el pan de cada día". No sólo las cosas materiales, sino las espirituales (fe, sabiduría, paciencia...). Y llega la hora de pedirle que nos perdone. "Nos perdone de tantas faltas, de tantos errores, de tantas debilidades, de tantos pecados". Pero, nos responde que estamos perdonados "en la misma medida que nosotros perdonemos a los que nos ofenden". 

Así que, perdonar a nuestros enemigos nos abre las puertas de la Casa del Padre. Y terminamos pidiéndole que nos proteja y no "nos deje caer en las tentaciones de este mundo y que nos libre del mal". Pero también, tomando conciencia que, dotados de libertad y voluntad, tenemos también nosotros que esforzarnos en colaborar.

lunes, 6 de marzo de 2017

LA HORA DE LA VERDAD

(Mt 25,31-46)
Esta esperanza es la que nos puede dar fuerza y aliento; esta esperanza es la que nos mueve y no fortalece en nuestro camino pascual, porque todo cobra sentido y esperanza, valga la redundancia, en, por y con las Palabras que el Señor nos ofrece y nos dice en el Evangelio de hoy: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles...

Hablando en ese sentido figurado, tal y como nos habla el Señor: Ovejas y cabritos; derecha e izquierda. ¿Qué seremos, ovejas o cabritos? ¿Dónde estaremos, derecha o izquierda? Esa es la única razón de nuestra vida y por la que vale la pena luchar en el camino por nuestro propio desierto. Y esa es la esperanza, la luz que nos debe guiar y empujar. Esa es la meta clara a la que debemos dirigir todos nuestros esfuerzos: "Tratar de ser escogido como oveja y estar, por supuesto a la derecha". Todo lo demás no cuenta ni vale.

Porque todo lo demás desaparece y no sirve para inclinar la balanza a nuestra derecha. La única moneda reconocida y útil es el "Amor". Y lo demás no pinta para nada. ‘Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme’. Estas son las Palabras que esperamos escuchar, y las que tratamos de vivir en nuestra vida dándole fiel cumplimiento según la Voluntad del Señor.

Todo se reduce simplemente a amar. Y ese amar exige dejarnos la piel en el esfuerzo de vivir cada instante de nuestra vida de forma misericordiosamente. Vivir las obras de misericordia que la Iglesia nos señala, pues en ella se contiene todo el esfuerzo y la capacidad del amor. Y es en eso, en respuesta a ese servicio donde podemos escuchar: ‘En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis’. 

Pidamos esa fuerza y esa voluntad para servir y para dar respuesta al Amor de Dios en los hermanos, porque esa es la forma que tenemos de responderle al Señor y demostrarle nuestro amor.

domingo, 5 de marzo de 2017

UN CAMINO DE PRUEBAS

(Mt 4,1-11)
Toda nuestra vida es un camino de pruebas. De pruebas de amor, o lo que es lo mismo, de pruebas donde afirmamos que estamos dispuestos a amar. Y eso significa que hacemos el bien y buscamos la verdad. Y lo hacemos por encima de sentimientos de rechazos, de gustos, de apetencias o de egoísmos. Lo hacemos porque queremos corresponder voluntariamente al amor que el Señor nos tiene y a su Infinita Misericordia, por la cual, nos mantenemos en la esperanza de salvación eterna.

Y ese camino de pruebas no termina. Se materializa cada día en una lucha en pleno desierto. El desierto de nuestra vida, donde nos tienda el mundo con sus ofertas y placeres. Un mundo que materializa todo lo que toca hasta el punto de convertir las piedras en panes. Un mundo materialista donde el consumo es la promesa del bienestar y el confort. Un mundo donde impera la ley de la abundancia para unos, mientras que otros carecen de todo. Un mundo indiferente al dolor de los que sufren y padecen.

Y también nos tienta el poder. La ambición de ser poderosos y poner a los demás a nuestros pies. Una ambición que nos tienta a postrarnos ante el poder del demonio para ser también nosotros poderosos como él. Tentanciones de ser más fuerte para imponer nuestros ideales e ideologías. Tentaciones donde impera la ley del más fuerte y donde se someten los débiles por los fuertes y poderosos.

Poderosos que exhiben sus cuerpos que venden por la fama, por y para el deleite, la exhibición y provocación, para la esclavitud, para el someter a otros con tu arrogancia y tu poder fascinador. Una tentación de la carne donde manda el cuerpo y se vive para el cuerpo, para la moda, para la silueta, para el estilo, para el gozo corporal. Un mundo ciego, perdido, que adora a ídolos materiales que no oyen, ni ven y son caducos.

Y ante todo esto, tus pasos por ese desierto, espejismo de oasis, sufren y padecen cada día esas tentaciones que te hablan de falsa felicidad y caduco gozo. Y tratan de vendar tus ojos y someter tu voluntad y maniatar tu corazón para esclavizar tus ansias de libertad. Y tus medicinas invencibles son la oración, el ayuno y la limosna. Es decir, la oración, el despojo de todo aquello que trata de sedarte y hundirte en el gozo y el placer olvidándote de los que sufren, y el compartir con los que lo necesitan.

sábado, 4 de marzo de 2017

TU MISERICORDIA, SEÑOR, ALCANZA A TODOS

(Lc 5,27-32)
No tendríamos ninguna posibilidad de salvación sin tu Misericordia, Señor. Por ella alcanzamos el perdón de nuestros pecados y por ella, encontramos la salvación eterna. Estar agradecidos, por esa oportunidad misericordiosa, es Gracia que no merecemos y por la que debemos alabar y glorificar al Señor.

Las Palabras que nos dedica hoy el Señor en el Evangelio, son Palabras de misericordia y perdón. Nos dice:  «Sígueme». ¿Yo, un pecador indigno de mirarte, me dices que te siga? ¿Yo, qué cada día dejo mucho que desear y que no doy la talla de lo que Tú, mi Señor, me pides? ¿Yo, qué cada día recibo tentaciones que amenazan mi fidelidad hacia Ti? ¿Yo, qué más que darte alegrías te doy decepciones y tristezas? ¿A mí, Señor, también me llamas? 

Gracias, Dios mío, porque te fijas en los pecadores, en los enfermos, en los que nos sentimos necesitados de tu Misericordia. Gracias, Dios mío, porque despiertas en mí deseos de amar y ser misericordioso, como el Padre, con los demás. Gracias, Dios mío, porque la misericordia abre mi corazón al perdón y al amor, y experimento gozo y paz.

Señor, Tú sabes quien soy. Aunque quiera no te puedo engañar ni sorprender, ni tampoco esconderme. Conoces toda mi vida y mis pecados están delante de Ti. Tu vista lo alcanza todo. Y, me sorprendes a cada instante de mi vida, porque no me reprochas ni me rechazas. Al contrario, mi abres tus Brazos y me das tu Bendita Misericordia. ¡¡Gracias, Señor!!.

Yo también, como Mateo, quiero invitarte a mi humilde casa, y, humildemente hacer una fiesta de alegría y de agradecimiento. Quiero compartir con todos mi gozo y alegría por tu Amor. Transforma mi corazón para imitarte, Señor, y actuar como Tú.

viernes, 3 de marzo de 2017

EL AYUNO NOS SIRVE PARA FORTALECERNOS

Entender el ayuno como algo voluntario y metódico es equivocarse. El ayuno está vinculado al amor, porque cuando amas, te das y te ofreces hasta el extremo de sacrificarte y renunciar para ayudar. Jesús, nuestro Señor, vivió en una constante renuncia de sí mismo, por darse en favor y salvación a los demás. En esa línea nuestra vida es un constante ayuno. No faltarán ocasiones para ayunar.

Sin embargo, cuando estamos con el Señor todo se vuelve fiesta y alegría y la vida se llena de gozo y paz. Pero, vuelve el camino, la dureza y las contrariedades y se avecina la pascua. Nuestra pascua que tendremos que compartir con el Señor. Él nos ha salvado con su Pascua, llenándonos de Vida con la Resurrección. Nos alegra y llena de gozo el sabernos también resucitados en Él. Eso nos conforta y nos da energía para superar nuestros ayunos de renuncias, de solidaridad, de generosidad, de vivir las obras de misericordia que nos señalan el verdadero camino de ayuno y abstinencia.

Porque lo que no vaya dirigido a eso, no sirve de ayuno. El ayuno tiene que ser preparación para entregarnos al servicio espiritual y corporal de nuestros hermanos. De muchos hermanos que hoy sufren las inclemencia de la vida, de las guerras y odios promovidos por los corazones egoístas de muchos que sólo piensan en ellos mismos, y que, ciegamente, han elegido la gloria caduca de este miserable mundo.

Seamos, pues, atento a este tiempo litúrgico de la Cuaresma y apliquémonos, no más que otros tiempos, sino con especial atención a reflexionar y meditar sobre nuestras actitudes y disponibilidades para con los demás, pues de lo que vamos a dar cuenta es de nuestra relación de amor con los otros. Y de eso se trata, de despertar en nosotros el camino de las obras de misericordia, pues en ellas están contenidas todo el amor que podemos y debemos dar a nuestros prójimos.

Recojamos esa reflexión con humildad y confianza, pidiendo sabiduría y fe para, haciéndola vida, vivirla en nuestro camino.

jueves, 2 de marzo de 2017

CLARIFICANDO EL CAMINO

(Lc 9,22-25)
Hoy, Jesús, nos enseña y nos descubre las cartas. Nos anuncia su camino de Cruz que terminará en la Pascua de Resurrección. Hoy, el Señor, nos dice qué tenemos que hacer: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». 

Todo está claro. Ayer se nos impuso la ceniza, signo del camino que nosotros también debemos seguir. Jesús nos lo dice hoy. Es un camino de cruz, de renuncia, de entrega que exige tomar la cruz de cada día. No hay medias tintas. Es verdad que, quizás, sentimos miedo y debilidad. Nos experimentamos frágiles y vencibles ante tantas dificultades y tropiezos que nos salen en el camino. Pero debemos tener confianza en el Señor. Él se queda con nosotros y nos promete ayudarnos para superar todos esos miedos y contra tiempos.

Y, la promesa es, resucitaremos como Él. Detrás de esos miedos y esa nuestra debilidad se esconde la esperanza de la resurrección. Es también nuestra pascua como decíamos ayer. Caminamos con esa esperanza. Esperanza que nos fortalece, que nos vigoriza y nos da ánimo y fuerzas para continuar el camino a pesar de los dificultades y tropiezos.

Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?».

Todo está tan claro que, apenas necesita comentario. Sólo que nuestra fe debe apoyarse en la Resurrección y en el Señor se ha cumplido. Todo lo de aquí abajo es puro espejismo que, de la misma manera que aparece, desaparece. Mantengamos firme nuestra fe y demos testimonio de ella en la esperanza que, muriendo a este mundo, viviremos eternamente junto al Señor.

miércoles, 1 de marzo de 2017

LA VIDA ES UNA SUBIDA CONSTANTE

(Mt 6,1-6.16-18)
Iniciamos hoy la Cuaresma, tiempo de conversión, tiempo de prepararnos para más tarde vivir la Pascua. Y es que nuestra vida es una constante Cuaresma, una subida a Jerusalén, una Pascua que nos invita a morir por amor. Y morimos a nuestra soberbia, a nuestra vanidad, a nuestro egoísmo, a nuestra individualidad, a nuestra insolidaridad, a nuestra ambición y a todos nuestros pecados.

El camino cuaresmal es un camino de despojo, de dejarlo todo, no sólo posponer lo material sino también todo aquello que, dentro, contamina nuestro corazón. Es un camino de pureza, de limpieza y de conversión. Porque para entrar en conversión hay que iniciar el despojamiento, el desecho de todo aquello que impide volver nuestro corazón al Señor.

Tomar actitudes humildes son criterios que debemos llevar en la mochila de nuestro camino cuaresmal. No hacemos las cosas para ser vistos, sino por amor. Amamos cuando buscamos el bien, sobre todo, cuando ese bien no es como reclamo para ser halagado y destacado. Porque la prueba de nuestra sinceridad y de nuestra recta intención amorosa es hacer el bien en silencio y fuera de la vista de los demás. No quiere decir esto que tengamos que escondernos. Entiéndase bien el criterio, sino que lo que se busca es hacer las cosas desinteresadamente y por amor.

Y esas actitudes de humildad deben acompañarnos en nuestro camino cuaresmal y de ascenso a la Jerusalén celestial. Es decir, siempre, durante toda nuestra vida hasta llegar a la Casa del Padre. Actitudes de esconder nuestro actuar para no ser visto ni vitoreado o ensalzado. Actitudes de esconder la mano derecha para que no se entere la izquierda.

Porque nosotros, Señor, tus siervos y esclavos, esperamos en Ti nuestra recompensa por tu Infinita Misericordia. Recompensa que nunca mereceremos, sino que por tu Infinito Amor quieres misericordiosamente recompensarnos.