lunes, 30 de noviembre de 2015

LOS ELEGIDOS PARA EXTENDER LA PALABRA DE DIOS

(Mt 4,18-22)


Posiblemente el encuentro con Jesús necesita una preparación. Y, me atrevería a decir, que todo encuentro, porque digerir un encuentro determinante en tu vida no se hace en poco tiempo. Hasta la digestión necesita su tiempo para digerir los alimentos ingeridos. Es de suponer que Andrés, Pedro, Santiago y Juan, de los primeros discípulos, tuvieron una preparación que los mantenía inquietos en la espera del Mesías.

Deducimos eso por las palabras de Andrés a su hermano Pedro: Andrés el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que había oído a Juan y seguido a Jesús. Andrés encontró a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos hallado al Mesías” (que significa el Cristo). Y le llevó a Jesús. Jesús le miró y  dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú serás llamado  Cefás” (que significa piedra) (Juan  I, 35-42).

Encontrar al Señor exige primero una inquietud, y esa inquietud necesita una preparación que la despierte. Luego, podrás responder o no, pero ya serás responsable y consciente de tu compromiso libre. Porque eres libres para decidir y discernir tu elección. 

Tú y yo también hemos sido elegidos. De muchas formas Jesús te ha preparado e inquieta. Aquellos ejercicios espirituales que hiciste, aunque a la fuerza, de joven. O tu preparación para la primera comunión. O algún cursillo de otro tipo, o testimonio de alguna persona. O quizás, cuando un amigo o familiar te pidió que fueras el padrino de Bautismo de su hijo o hija. O de muchas otras maneras.

Dios se hace presente en tu vida en muchos momentos. Está pendiente de ti, y te llama. No han sido Andrés, Pedro, Santiago y Juan unos privilegiados por ser llamados por Jesús, sino porque ha respondido a su llamada. Tú y yo también podemos responder. Este adviento puede ser una nueva oportunidad para que des una respuesta. Tú tienes la palabra. ¿Qué decides?

domingo, 29 de noviembre de 2015

TIEMPO DE ESPERANZA Y LIBERACIÓN

(Lc 21,25-28.34-36)

A pesar de los malos presagios: Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas, hay también Palabra de esperanza y de ánimo. Y no es una Palabra cualquiera, sino que es Palabra de Dios.

Jesús, el Hijo de Dios hecho Hombre, está anunciando su segunda venida: Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación.

Pero lo verdaderamente importante es que Jesús nos dice que está cerca nuestra liberación. A pesar de nuestros miedos humanos, tenemos la esperanza de la alegría y la salvación. El Señor nos prepara y nos anima, porque sabe y conoce nuestros miedos y debilidades.

Empezamos hoy un nuevo ciclo, "C" y nos preparamos para el "Adviento", la venida del Señor. Jesús está a punto de nacer entre nosotros, y necesita que le hagamos un hueco en nuestro corazón para que nazca y llene de esperanza y alegría nuestra vida. Necesitamos  prepararnos y ayudarnos de todo aquello que nos sirva para no dejarnos embriagar por las cosas de este mundo.

Necesitamos preparar dentro de nosotros unas Navidades llenas del Amor de Jesús, y no centradas en comilonas, en festejos y cosas y cosas que sólo persiguen consumir. La Navidad es tiempo de salvación, porque es la hora en que Jesús se hace presente entre los hombres para pagar por nuestro rescate.

sábado, 28 de noviembre de 2015

HASTA EL FINAL DE LOS TIEMPOS

(Lc 21,34-36)


El mundo tiene mucho poder. Nos tiene atados y si no despertamos terminará por someternos a sus caprichos, intereses y tentaciones. Claro está que, solos, estaremos vencidos, pero el Señor, nuestro Padre, conocedor de todos sus hijos, sabe de nuestras debilidades y nos ha enviado al Paráclito para que, en Él, podamos salir victoriosos.

En estos últimos días del año litúrgico, el domingo empezamos el tiempo del Adviento, el Señor Jesús nos advierte sobre el final de los tiempos y sus peligros. La felicidad, que nos ofrece el mundo, no compensa. Es una felicidad mediocre, limitada, adulterada, mezclada con tristezas y mentiras y llena de peligros y de todo tipo de enfermedades. Vive amenazada por la envidia, la soberbia y el egoísmo de los hombres y mujeres que lo habitan, y que cultivan en él odios, venganzas y guerras que traen la muerte.

Y eso en el mejor de los casos, suponiendo que tengas un situación acomodada y goces de privilegios, porque si no es así, pasarás más penas que glorias. Y tu y yo aspiramos a algo mejor. Porque dentro de nosotros hay una aspiración de mayor altura, de un gran Ideal:  felicidad plena y eterna. Un Ideal que nos llena y nos desborda hasta el punto de embriagarnos de amor.

Esa oferta nos la trae Jesús, y nos la transmite con su Palabra y Vida, dándonos testimonio con su buen hacer, obras y milagros, hasta entregar su Vida como pago y rescate de todos nosotros. En Él estamos salvados, sólo dependerá de nuestra respuesta, y en él descansa nuestra esperanza hasta el final de los tiempos.

viernes, 27 de noviembre de 2015

LOS CAMBIOS NOS AVISAN DE LOS TIEMPOS

(Lc 21,29-33)


No cabe ninguna duda que nuestra vida se contiene en el tiempo. Ese espacio donde transcurre su vivencia y su espacio de salvación. Necesitamos aprovecharlo. Igual que las plantas nos avisan que el tiempo pasa cuando las vemos vestirse y engalanarse con sus mejores flores, la vida nos avisa con señales que nuestra hora está próxima. Es obvio no observar y estar atento, pues el tiempo pasa, se va y no vuelve.

Nuestra edad puede convertirse en una señal fuerte. Cuando, por la Gracia de Dios, hemos tenido una larga vida, experimentamos que, cumplidos unos buenos años, nuestra partida no debe estar lejos. Es de necio ignorar que en los setenta y más, nuestro tiempo no está lejos. Y eso nos debe poner en aviso y fertilizar al máximo también nuestra huerta particular para dar los mejores y óptimos frutos que se espera de nosotros.

Hoy, Jesús, nos avisa de estos cambios, y de la necesidad de estar al quite. Y el Papa, en su viaje a África, nos habla del esfuerzo de liberar nuestro corazón. Sin un corazón libre no podemos dar frutos, porque la semilla de nuestro corazón necesita libertad para darse en amor y echar frutos. Si va forzada, sus frutos son adulterados e impuestos, no naturales, no productos del amor. Y, como la higuera del Evangelio, terminará por secarse.

Reguemos el huerto de nuestro corazón con un agua limpia y pura, que nos limpie de toda impureza y nos dé los frutos de la libertad, para que, actuando libremente, seamos capaces de amar y de entregarnos, con gozo y alegría, a una vida de servicio y solidaria. Una vida que, esperando la venida del Señor, nos llena de plenitud y de gozo eterno.

jueves, 26 de noviembre de 2015

DA LA SENSACIÓN QUE NUESTROS OÍDOS ESTÁN CERRADOS

(Lc 21,20-28)


Da la sensación que el mundo parece dormido, o con los oídos cerrados, porque su reacción no está de acuerdo con las noticias que les son reveladas. Hay como dos maneras de verla, o están ciegos y sordos, o, me atrevería a decir que están embobados y distraídos por el demonio. Mejor, sometidos y endemoniados, porque no se puede entender que, viendo, no vean; y oyendo, no oigan.

Ahora entiendo que esto lo dijo Jesús en alguna ocasión. Y sucede así. El mundo tiene emborregados a todos aquellos que dan la espalda a Dios y se refugian en las cosas y pasiones dando satisfacción a sus egoísmos. Es, entonces, cuando caen en las garras del demonio. Y el problema es que en la media que no reaccionemos, nuestra fe se irá apagando, si tenemos algo, hasta el punto de perderla totalmente. Cada día nos será más difícil volver a la Casa del Padre.

El mundo nos avisa, y nada extraño que ya nos lo esté haciendo. Vivimos momentos muy tensos. El mundo se estremece en una sensación de inseguridad grande. Experimentamos que no estamos seguros en muchos lugares y que hay amenazas de atentados y destrucción. Se hace la guerra a Dios y se trata de aniquilar a todos aquellos que se confiesan cristianos y seguidores de Jesús. Muchos sufren en las cárceles, y otros muchos son asesinados y degollados por su fe.

Observamos impotentes como el clima parece cambiar. Hay terremotos, inundaciones, lluvias torrenciales y huracanes devastadores que asolan y destruyen todos los lugares por donde pasan. Pueblos indefensos y sembrados de hambre, sed y muertes. ¿Estaremos cerca? El problema es que nunca lo sabremos, pero siempre debemos estar preparados. Porque, a todo esto, ¿cómo se puede vivir tan despreocupado por lo esencial y fundamental, y preocuparse por lo accidental y caduco?

En este sentido no parece que estemos despiertos, cuando lo que más, aparentemente, nos seduce y nos importa son las cosas de este mundo, finitas y caducas, y, por lo tanto, sin valor. Esta vida, este mundo no tiene más valor que el de ser puente y servirnos para alcanzar la verdadera Vida Eterna. Es el tiempo de salvación y nuestra gran oportunidad para perpetuar nuestra vida en plenitud de gozo y eternidad.

Pero, para eso, no podemos esperar con los brazos cruzados, ni entretenidos en cosas superfluas o caducas. Necesitamos levantar la cabeza y despertar, y, elevando nuestra mirada hacia el Señor, estar preparados viviendo en su Palabra y Verdad. Porque sólo Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

NADA FÁCIL SER CRISTIANO

(Lc 21,12-19)


Seguir a Jesús se pone bastante difícil. Seguir a Jesús supone vivir el espíritu de las bienaventuranzas; seguir a Jesús significa vivir en la verdad y descubrir la mentira. Y seguir a Jesús exige amar, sobre todo a los enemigos. Ahora, quien diga que eso es fácil que lenvante la mano.

Dar un ligero repaso a las bienaventuranzas. Desenterrar todas las mentiras de tu vida y exponerlas a la luz del mudo, y amar, y de forma muy especial a los enemigos, hace que la vida del creyente en Jesús sea vivida contra corriente. Porque el mundo busca y vive otros criterios.

El mundo cambia la pobreza por la riqueza. Y esa riqueza conseguida a costa de todo lo que se pueda, incuso pasando por encima de los demás, hasta la muerte si hace falta. La fama, el prestigio, los privilegios, las apariencias y las mentiras son deseadas y utilizadas para conseguir éxitos y victorias. Aquí lo que importa es ganar y ser poderosos, y vivir bien, con toda clase de lujo y comodidades, aunque sea a costa de los demás. La ley es, yo primero, y después también yo primero.

La verdad se entierra cubierta de mentiras y apariencias. Lo que importa es lo que se ve, lo exterior, lo que parece aunque no lo sea. Y, aparentando amar, dar la puñalada por la espalda. La mentira es la reina para traicionar la verdad. Y ante todo eso, el creyente presenta solo un arma: el amor. Un arma que parece débil y fácil de derrotar. Y que aparentemente es derrotada, y motivo de burlas y ridiculo que invitan a abandonar y rendirse.

Sin embargo, ante todo esto, Jesús nos invita a perseverar. Nos invita a ser pacientes, soportando todo el peso del sufrimiento que el camino nos presenta. No nos lo manda, nos lo propone, porque, Él, primero, lo ha padecido y lo ha soportado en el Amor y la Fuerza del Padre. Lo ha sufrido Él también, así que sabe de lo que es padecer y sufrir. 

Pero no nos deja sólo ante el peligro, sino que nos envía el Paráclito, el Espíritu Santo, para que nos dé el valor, la fortaleza y la perseverancia de soportar los padecimientos que el mundo, de espalda a Jesús, nos imponga para acallarnos. Y tengamos la certeza que en el Espíritu Santo podemos soportarlo y salir triunfantes.

martes, 24 de noviembre de 2015

EL MUNDO SE DESTRUIRÁ

(Lc 21,5-11)


Los, aparentes, avances son una farsa, pues si observamos, experimentamos que el mundo no camina derecho, ni, tampoco, en sentido lineal. Mejor, parece que da un paso para adelante y dos para atrás. Hoy, a pesar de tantos avances técnicos y progresos científicos, la vida está más en peligro que antes.

Los últimos atentados terroristas, al parecer por fundamentalismos religiosos, nos sobresaltan y ponen la vida humana en constante peligro. ¿Dónde está la civilización adelantada?  Países que padecen hambre y sed, y que son explatados y esclavizados. No hay seguridad y la paz está amenazada y en peligro. Luego, ¿cuáles son los adelantos?

Las Palabras de Jesús en el Evangelio de hoy nos tranquilizan y nos dan serenidad y paz. Porque nos avisan de que el final está marcado por disturbios y guerras: «Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida». Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?». Él dijo: «Estad alerta, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: ‘Yo soy’ y ‘el tiempo está cerca’. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato». Entonces les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas, y grandes señales del cielo».

Estamos avisados y no hay por qué inquietarse. Pasará lo que tenga que pasar, pero el Señor vendrá. Habrá grandes señales del Cielo que anunciarán la llegada del Señor, y su Palabra, Palabra de Vida Eterna, se cumplirá. Por lo tanto, a pesar de todo lo que estamos viendo no hay por qué desesperar. Esperamos, incluso, cosas mayores o peores, porque el mundo, de espaldas a Dios, busca su propia destrucción.

Gracias, Señor, por tus Palabras y te pedimos serenidad, confianza y valor para perseverar, a pesar de tantas dificultades y obstáculos con los que el mundo tratan de desviarnos de tu camino.

lunes, 23 de noviembre de 2015

BUSCANDO RECONOCIMIENTO

(Lc 21,1-4)


En la vida todo lo que hacemos persigue un fin. Normalmente, ese fin busca darnos gloria y, para ello, tratamos de que se vea y luzca y, de esa forma, nos dé gloria. Convergeremos en que lo que se haga sin pretender alcanzar ese fin tendrá más valor que lo otro.

Normalmente las cosas pequeñas e insignificantes tienen poco valor, o le damos nosotros poco valor. Son más destacadas las grandes, y en esa proporción las valoramos más. De tal forma que, aquellos fariseos que echaban sus monedas en el arca del Tesoro, lo hacían con la intención de ser vistos y de alcanzar fama de buenas personas, bienhechores y gloria en el pueblo.

Sin embargo, los que poco echaban, quizás porque no tenían, pasaban desapercibido y no se les daba importancia. Jesús nos descubre todo lo contrario. La importancia de lo que se da no está en proporción a la cantidad o abundancia, sino a la intención de la generosidad y a la cantidad compartida respecto a lo que se tiene. Así, aquella pobre viuda fue exaltada por Jesús, a pesar de sus dos reales, porque dio todo lo que tenía, mientras que los otros, los fariseos, daban de lo que les sobraba.

No se trata, pues, de dar, sino de compartir. Porque dar consiste en desprenderte de algo que quizás tienes mucho y te sobra, mientras que compartir es distribuir lo que tienes en partes. Se trata de partir con, es decir, con aquellos que necesitan y tienen poco. Repartir, también significado de compartir, con los que necesitan para vivir. Por lo tanto, el valor de ese dar se esconde en si das o compartes.

Tratemos de imitar a la viuda compartiendo nuestra vida. No sólo con dinero, sino también con tiempo y disponibilidad. Experimentamos que eso nos cuesta y se nos hace difícil, pero también experimentamos que necesitamos la fuerza y Gracia del Espíritu Santo para poder ser generosos y compartir. Por eso necesitamos orar y pedir.

domingo, 22 de noviembre de 2015

EL SEÑOR, CENTRO Y REY DE NUESTRA VIDA

(Jn 18,33-37)


Para los que seguimos a Jesús, Él es nuestro Rey. No hay ninguna duda. Jesús es el centro y Rey de nuestras vidas. Pero, para aquellos que esperan de Jesús, poder, mando, riquezas y fuerzas, no está claro que un, aparenten, pobre y humilde hombre sea el Señor y salvador del mundo.

Esa es la disyuntiva. Si esperamos un Dios poderoso que impone su poder y su fuerza, Jesús no responde a esas expectativas. Jesús es más bien un estorbo. Eso fue lo que pensaron muchos judíos de aquel tiempo, y también los romanos que ocupaban el poder de la época. Precisamente Pilato, irónicamente, le preguntó sobre su reinado.

Jesús, firme y seguro de su misión e identidad, respondió: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: « ¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz».

El amor es el arma que Jesús pone en acción. Porque de no ser el amor, ni un instante le hubiese bastado para imponerse. Sólo con pensarlo estaría realizado. Jesús, cumpliendo la misión encomendada por su Padre, ha venido a redimirnos por amor y con amor. Su Reino, como nos ha dicho, es un Reino de amor, de justicia y de paz. Y Él es el ejemplo y la Víctima propiciatoria que nos redime y nos rescata dando su Vida por amor.

El Señor es nuestro único y verdadero Rey, y en Él ponemos todas nuestras esperanzas. Un Rey que nos habla desde el corazón, y que ha escrito dentro de cada uno de sus hijos la ley del Amor. Porque todos los hombres sentimos, deseamos y queremos amar.

sábado, 21 de noviembre de 2015

CUANDO ES EL AMOR LO QUE RIGE NUESTRAS VIDAS

(Lc 20,27-40)


La vida se nos escapa casi sin darnos cuenta. Se nos presenta larga en el tiempo, y, aparentemente, duradera, pero se nos esfuma en una abrir y cerrar de ojos. De cualquier forma, y, sobre todo, en los momentos difíciles, pensamos en la posibilidad de que aquí no termine la vida, sino que hay otra que se prolonga más allá de esta y que da sentido a esta poniendo las cosas en su sitio.

Hoy, el Evangelio, nos plantea ese interrogante al que es difícil, por no decir imposible, encontrar respuesta. No podemos entender, ni siquiera imaginar, cómo será la vida eterna. Menos aun, dónde y cómo estaremos. Lo verdaderamente importante es creer que el Señor volverá, pues nos ha dado su Palabra, para llevarnos a ese lugar que nos ha prometido.

A todo esto, Jesús nos adelanta en el Evangelio de hoy que la vida, allí donde Él nos llevará, no es como la de aquí. Los que seamos dignos de alcanzarla, contando siempre con la Gracia y Misericordia de Dios, no nos casaremos como aquí, porque allí no seremos igual, ya que somos como ángeles, eternos e hijos de Dios.

Difícilmente nos cabe eso en la cabeza, y menos podremos imaginar algo parecido. Todo lo que pensemos seguro que estará muy lejos de la realidad. Es una sorpresa agradable y maravillosa que Dios nos tiene reservada. Y, ante nuestras limitaciones, mejor es imaginar y esperar con la misma ilusión que los niños esperan los regalos de reyes.

Porque todo lo que viene de Dios es bueno y verdadero. Su Palabra se cumple siempre, y la esperamos confiados y esperanzados. Y eso es lo verdaderamente importante, la promesa de salvación eterna que esperamos, por la Gracia y Misericordia de nuestro Padre Dios, alcanzar en el momento final.

viernes, 20 de noviembre de 2015

SE INAUGURA UN TIEMPO NUEVO

(Lc 19,45-48)


El templo no es un mercado para hacer negocio. El templo no es un espacio donde muchos acuden a montar su tienda y obtener beneficios, aprovechándose del ritual y ofrecimientos de animales como sacrificio. Eso ya ha terminado. Se inaugura, con Jesús, un tiempo nuevo.

Se acabó el ofrecimiento de animales como sacrificio. Jesús, el Mesías enviado por el Padre, es la Víctima propiciatoria que paga, dando su Vida, por todos los pecados del Universo. Y con un sólo sacrificio la humanidad es redimida y rescatada del pecado para siempre. ¡Estamos salvados! Y ahora depende de cada uno de nosotros de dar la respuesta adecuada.

Y la respuesta adecuada es adecuar, valga la redundancia, nuestra sencilla vida a la de Jesús, y según Jesús. No se trata de inventarnos una vida según nosotros, y tomar algunas cosas que nos interesen de la de Jesús. ¡No!, se trata de vivir según su Palabra. Y eso supone ir adaptando y transformando nuestra vida según los impulsos del Espíritu Santo, que nos ayuda y nos dirige iluminándonos y dándonos sabiduría y fortaleza para superar todos los obstáculos y murallas que se levantan en nuestro camino para impedirnos avanzar.

Y el templo, el nuevo Templo, es la casa de oración, donde los que tratamos de seguir a Jesús buscamos un espacio, en silencio y en paz, poniéndonos en comunicación, en hilo directo, de corazón a Corazón, con el Señor Jesús. 

Es el nuevo tiempo que inaugura Jesús. Es la vieja y antigua ley, transformada y renovada para el hombre nuevo, nacido en el Bautismo, que proclama e inaugura Jesús. Pidamos entrar en el nuevo Templo que Jesús nos prepara y nos anuncia. Mi Casa es Casa de oración.

jueves, 19 de noviembre de 2015

LA PROFECÍA SE HA CE REALIDAD EN EL TIEMPO

(Lc 19,41-44)

Jerusalén no descansa. Desde el Rey David hasta nuestros días continua en guerra y enfrentamientos. Aquella profecía que Jesús dejo escapar de sus labios, que hoy nos dice el Evangelio, vemos que se vive en el día a día en Jerusalén: « ¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita».

Extrapolando Jerusalén al mundo en que vivimos, sobre todo a la Iglesia, el pueblo escogido, observamos que todo esto acontece. A pesar de los avances tecnológicos del mundo en que vivimos, el egoísmo de los hombres los enfrenta y los conduces a guerras y divisiones. Los últimos acontecimientos acontecidos en París, Líbano, desierto de Sinaí...etc., nos ponen de manifiesto, sin lugar duda, lo profetizado por Jesús.

El mundo, porque ha dado la espalda a Dios, vive sin paz. Este mundo que en aquellos momentos y en aquella época hizo lo mismo con Jesús, el Hijo de Dios. Y es que sin Dios no hay otro camino sino el que estamos viviendo: guerras y muerte. Afortunadamente, por la Gracia de Dios, continúa su misión la Iglesia, y en ella, por la presencia del Espíritu Santo, mantenemos la esperanza y el gozo de alcanzar la paz. Esa Paz que Jesús nos propone estando entre nosotros.

Y en esa alegría y esperanza caminamos entre el lodazal de envidias, odio, venganzas, guerras y muerte que, un mundo de espaldas a Dios cosecha, con la firme esperanza de la segunda venida del Señor, que pondrá fin a las injusticias y establecerá su Reino de justicia, amor y paz.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

NO SÓLO SE TRATA DE RENDIR, SINO DE PONERLOS AL SERVICIO DE LOS DEMÁS

(Lc 19,11-28)


La cuestión no es producir, sino que esa producción vaya en beneficio y provechos de todos. Se trata de poner nuestros talentos a rendir, pero no sólo para provecho propio, sino para el bien de la comunidad, es decir, para el bien de todos los hombres.

Este es el sentido que Jesús nos quiere transmitir con esta nueva parábola. No podemos esperar con los brazos cruzados y dedicarnos a emplear todos los dones recibidos para nuestro uso y dicha personal, sino que los debemos poner al servicio de todos los hombres, sobre todo, de los más necesitados.

La reflexión es clara. Jesús se dirige a Jerusalén, y sabe que tiene que pagar un precio: su Pasión y Muerte, y a eso se ofrece voluntario, enviado por el Padre, para rescatarnos del pecado y conseguir, con su sacrificio, la Misericordia y el perdón de nuestros pecados por el Padre.

El Reino de Dios está aquí, dentro de cada uno de nosotros, pero no llegará hasta que el Señor vuelva por segunda vez. Y esa hora y ese momento no lo sabemos, ni debemos estar inquieto y expectante por eso, sino por cumplir con el mandato que Él mismo nos ha dejado: dar rendimiento a todos los talentos que Él nos ha entregado.

Y eso significa poner en cultivo todas nuestras capacidades, para que la tierra de nuestro corazón, abonada con el estiércol y las miserias de nuestra vida, sea capaz de dar buenos frutos cuando el Señor nos reclame la renta de las onzas que nos ha entregado. 

Nuestro camino debe de oler a frutos de misericordia, de justicia, de verdad, de humildad, de comprensión, de disponibilidad, de servicio, de entrega y, sobre todo, de amor. Porque amar es buscar el bien que también busca para ti y compartirlo con los demás.

martes, 17 de noviembre de 2015

¿QUÉ SUCEDIÓ PARA QUE ZAQUEO CAMBIARA?



Supongo que nunca sabremos que ocurrió en aquella comida en casa de Zaqueo. Supongo que tuvo que ser algo extraordinario y maravilloso, y difícil de rechazar para que Zaqueo manifestara lo que manifestó. Supongo que viviré, en este mundo, con el deseo y las ansias de conocer ese diálogo, como tantos otros, que tuvo Jesús. En este caso con Zaqueo.

Pero, también, creo que Jesús lo tiene con cada uno de nosotros, y conmigo también. El problema es que, quizás, yo no le escuche o reaccione como lo hizo Zaqueo. Descartamos todo tipo de magia o de gracia que no tengamos nosotros también. Zaqueo tuvo que hace un gran esfuerzo, y sufrir una gran transformación desde dentro para cambiar los impulsos egoístas de su corazón. Y eso nos ocurre también a nosotros.

No es nada fácil. Ni para Zaqueo lo fue, ni tampoco lo será para cada uno de nosotros. Pero hay un detalle que quizás nos puede pasar por alto. Zaqueo esta ya de antemano inquieto. Algo le inquietaba dentro de su atormentado corazón. Lo que sabía de Jesús le atraía, y quería conocerlo. No se sube uno a sicómoro así porque sí, a la luz de todos, y dispuesto a hacer el ridículo. Eso descubre un inquietud seria y dispuesta a ver quien era ese Jesús que zozobraba su corazón. 

No cabe ninguna duda que, una tierra abonada de esa forma, con la semilla de la inquietud y el estiércol de la curiosidad, está preparada para ser fertilizada con la Palabra del Sembrador. Y así sucedió. ¡Qué maravilla ver esa siembra y presenciar los frutos del amor!

La pregunta introspectiva despertará en nosotros la reflexión de responder como Zaqueo. No estamos en desventaja. Quizás tenemos ventaja, porque Jesús sigue Vivo y muy cerca de cada uno de nosotros. Nos podemos alimentar con su Espíritu, cosa que Zaqueo no pudo, y dejarnos transformar con la acción del Espíritu Santo.

Pero no creamos en milagros sorprendentes o asombrosos, incluso fuera de nuestro mundo. Todo sucede de forma muy natural y sencilla. Como muere un semilla, para dar lugar al árbol que después dará frutos. Despacio y en el tiempo, y por la Gracia de Dios. Es lo normal y como Dios actúa, sin eso dejar de suponer que Dios puede hacerlo como quiera.

lunes, 16 de noviembre de 2015

TÚ Y YO SOMOS TAMBIÉN BARTIMEO

(Lc 18,35-43)


No se refiere el pasaje de este Evangelio sólo a aquel Bartimeo. Hoy habla, porque es Palabra de Dios, para todos los Bartimeos que estamos ciegos y no vemos lo que realmente hay que ver. La gente se fija en aquellos que ven animados y con ganas de vivir. Sí, realmente los hay, pero no se fijan que esa vida está a punto de caducar.

Nuestra vida es caduca, y toda la felicidad que pueda conseguir aquí, a parte de no ser plena, es finita y tiene fecha de caducidad. ¿Qué felicidad es esa? No me vendan felicidades viejas y caducas, que se esconden tras la apariencia de un aparente baile disfrazado de gozo y felicidad. ¿Es la vida un rato de jolgorio y alegría? ¿Se puede vender la vida por un plato de lentejas, aunque ese plato se desee mucho?

Posiblemente hay que estar bastante ciegos para no ver la realidad y el tiempo de salvación. La vida vale, es vida gozosa y maravilla de felicidad, cuando realmente se ve con los ojos que la vio Bartimeo. Despertar y ver que Jesús, el Hijo de David, pasa a nuestro lado, es condición necesaria para recobrar la verdadera vista, porque es esa vista la que verdaderamente nos salva.

Posponer todos nuestros deseos finitos detrás del verdadero deseo de encontrarse con Jesús, es descubrir la verdadera vista que importa tener. La vista que nos permita limpiar nuestra mirada, y limpia, ver llenos de humildad, la Misericordia del Señor que nos cura y nos salva.

Supongo, después de esta humilde reflexión, que no estaba ciego Bartimeo. Quizás no veía con los ojos de los sentidos, pero veía lo único que importa ver, la Misericordia de Dios y el perdón de los pecados. Y no desaprovechó ese momento que, también, pasa por nuestra vida y que, quizás, desaprovechamos estando más ciego que Bartimeo.

Pidamos esa Gracia, la de ver, no solamente con nuestros ojos físicos, sino con los ojos del alma que nos alumbran el camino de salvación.


domingo, 15 de noviembre de 2015

TE ESPERAMOS SEÑOR

(Mc 13,24-32)


Nuestra esperanza está fundada en la Palabra del Señor. No seguimos a un muerto, sino que vivimos en Alguien que Vive y que está con nosotros. Y nos ha prometido su segunda venida triunfante a poner fin a este mundo y a llevarnos al lugar que ahora nos prepara para cuando Él venga,

Es una fiesta y una gran esperanza. ¡Estamos salvados!, porque el Señor ha pagado con su Muerte de Cruz nuestro rescate, y eso significa que con su segunda venida empezará un mundo nuevo, un mundo de justicia, de amor y de paz. Un mundo de gozo pleno y eterno.

Ahora, todo depende de nuestra respuesta. Ahora es el momento de responder, porque cuando llegue nuestra hora, no habrá tiempo. Este es nuestro tiempo de salvación, que ya está pagado, rescatado y que, sólo depende de nuestra respuesta. Y para ello, no estamos solos. Nos acompaña el Espíritu Santo, que nos anima y nos fortalece, que nos ilumina y que nos da la sabiduría de discernir lo bueno de lo que hay desechar y evitar.

Somos unos privilegiados, hermanos, porque sabemos que Jesús no nos engaña, y que su Palabra es Palabra de Vida Eterna. y Él, que con su Muerte y Resurrección, nos ha salvado, nos ha prometido regresar para darnos Vida plena y Eterna. Y, lo mejor, es que no sabemos la hora ni el instante en que eso sucederá. Eso nos obliga a estar siempre esperando y preparados, y evitar que nos despistemos y nos desviemos.

Por eso, la Iglesia, madre y protectora, nos acompaña, nos guía y nos anima a estar siempre preparados en el ejercicio de los sacramentos. La oración y la Eucaristía, apoyado en nuestro arrepentimiento contrito lavado en la Penitencia, nos preparan y nos dan la Gracia del Espíritu para vencernos y rechazar las tentaciones que el mundo nos ofrece para desviarnos del camino..

Y en esa actitud y esperanza te damos gracias, Señor, y te esperamos expectantes aguardando tu segunda venida. Una emoción y un reto que nos mantiene ilusionados y esperanzados cada día de nuestra vida. Realmente vale la pena. Gracias, Señor.

sábado, 14 de noviembre de 2015

INSISTIR ES EL SECRETO

(Lc 18,1-8)


¡Qué alegría y qué esperanza! No hay recetas, sino el secreto está en la insistencia. Se trata, no tanto de importunarte, Señor, porque Tú nos amas y quieres complacer nuestras súplicas, sino de no desfallecer e insistir en pedirte todo aquello que pensamos que necesitamos, y que, Tú, Señor, nos das en la medida que sirvan para nuestra salvación.

Tú nos conoces, Dios mío. Nos has creado, y sabes lo que realmente nos conviene y lo que necesitamos. A nosotros nos pertenece esperar y aguardar, con fe y confianza, en tu Justicia y Amor. Y nunca desfallecer ni dudar de que seremos escuchados y atendidos.

Tu Palabra es Palabra de Vida Eterna, y en ella ponemos todas nuestras esperanzas. Hoy, por si nos queda alguna duda, nos lo deja muy claro. La parábola del juez injusto, que vive de espalda a Dios y rechaza sus mandatos, nos lo explica claramente. Los hombres, muchas veces, hacen sus deberes por la insistencia que otros exigen sobre ellos. ¿Y Tú, Señor, cómo no nos vas a atender, si has entregado a tu Hijo Jesús a una muerte de Cruz para salvarnos?

Más claro agua. Danos Señor esa sabiduría que nos alumbre nuestra libertad y voluntad, para no dejar nunca de insistir y de pedirte todo lo que necesitamos, aunque veamos que, aparentemente, no nos la das, o  no nos escuchas.

Nos basta tu Palabra, y hoy nos lo has ratificado y afirmado claramente. Gracias Señor.

viernes, 13 de noviembre de 2015

DETRAS DEL PRINCIPIO LLEGARÁ EL FNAL

(Lc 17,26-37)


Nuestra razón nos dice que hay un final. Un final que observamos y vemos en los que nos rodean y en todos aquellos que nos han precedido. También, a razón nos descubre un tanto lo mismo. Todo principio tiene su fin. Luego, lo que nos dice Jesús tiene sentido, y, además, concuerda con lo que sentimos y pensamos. Y también deseamos y buscamos.

No nos debe, pues, extrañar que Jesús nos hable de que lo sucedido con Noé y Lot, también sucederá cuando el Hijo del Hombre se manifieste. Llegará el día señalado en que este mundo acabará y todo será tal y como Dios disponga. 

El día y la hora no la sabemos, pero si es cierto que sabemos que llegará. Lo hemos estado viendo durante toda nuestra vida en nuestras familias y amigos. Vemos como todos tenemos el momento de nuestra hora, de nuestro final, y eso es lo verdaderamente importante. Necesitamos, pues, discernir sobre eso, porque la vida no vale la pena vivirla sin estar en relación con nuestro Señor Jesús. Él nos ha dicho que es el Camino, la Verdad y la Vida. Sin Él no tiene sentido nada.

Por tanto, lo que sí está claro es que, gastar nuestra vida en vivir según nuestras apetencias e ideales es perder el tiempo, porque por muy bien que lo pasemos, eso tendrá un final triste, desolador y de perdición. Se hace imprescindible y necesario buscar el camino, a pesar de que ese camino se nos presente estrecho, difícil, contra corriente y, a veces, amargo. Pero es el que nos dará la felicidad, porque es también el que descubrimos que debemos vivir.

Vivamos siempre pensando como si hoy fuese el último día de nuestra vida. Tengamos siempre la esperanza de que Jesús vendrá a nuestra vida para iluminarla, para darnos esperanza y para llevarnos a ese lugar que no podemos imaginar, y que prepara para cada uno de nosotros.

jueves, 12 de noviembre de 2015

YA HAS VENIDO, SEÑOR

Lc 17,20-25


Sí, aunque esperamos la venida definitiva, Tú, Dios mío, está con y entre nosotros. Y Tú eres el Reino de Dios, porque contigo se ha instaurado en este mundo. Por lo tanto, aunque te esperamos, Tú estás con cada uno de nosotros, porque moras dentro de nosotros. 

Te has quedado, bajo las especies de pan y vino, para alimentarnos y darnos la fuerza de tu Espíritu, y vivimos en Ti cada vez que te comemos en la Eucaristía. Por lo tanto, aunque nuestra camino tenemos que finalizarlo, y tendremos que sufrir como Tú, Señor, tu Reino ya está entre nosotros. Y en esa esperanza vivimos, sabiéndonos resucitados en Ti, por el Amor y Misericordia del Padre, que Tú nos has venido a revelar.

Por eso, debemos estar preparados y vivir cada día como si fuese el día de tu venida o el día de nuestra partida. Y vivir preparados significa vivir en tu Palabra, tratando de cada instante de nuestra vida decidirlo y vivirlo como si del último momento de nuestra vida se tratara. Y eso no es sino vivir en oración y reflexión constante.

Oración para, en tu Espíritu, tener la luz y la sabiduría de saber discernir el mejor camino y verdad para actuar en justicia en relación con nuestros hermanos los hombres, amigos y enemigos, buscando el bien de ellos, es decir, en el esfuerzo de amarlos. 

Y, también, en constante unidad contigo, Señor, para que en Manos del Espíritu Santo nos abramos a su acción y dejemonos conducir por su Voluntad.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

VOLVEREMOS A ENFERMAR DE LEPRA

(Lc 17,11-19)

Quien ha sido curado de una grave enfermedad sabe lo que significa el estar agradecido. Es un sentimiento e impulso irrefrenable que surge desde lo más profundo del corazón en forma de agradecimiento. Supongo que aquellos leprosos que no volvieron a agradecer la curación a Jesús no fue intencionado sino producto de la alegría y la emoción.

De todas formas, el leproso agradecido, siendo incluso el menos inesperado para ellos, pues era extranjero, y nada o poco sabía de Jesús, respondió a ese impulso de gratitud que nace en el corazón de cada hombre. Sin embargo, esta curación no es la definitiva, porque volverás a enfermar de lepra y no tendrás a nadie que te vuelva a curar. Morir habrá que morir.

Los que olvidaron dar gracias, quizás pensaron iniciar un nueva vida al sentirse curados de la lepra sin contar con Jesús. Posiblemente se sintieron agradecidos, pero eso no les impulsó a regresar para darle gracias, ni a contar con Jesús para emprender un nuevo camino. 

Sí lo hizo el extranjero, el que menos le esperaba, glorificándolo y agradeciéndole en alta voz su curación. Y recibió de Jesús, por la fe, la  salvación. La verdadera y única salvación, la que verdaderamente todos los leprosos de la vida buscan. Porque a todos nos alcanzará, hoy o mañana, la lepra. La lepra que puede privarnos de la verdadera Vida, la Eterna.

Y esa es de la que necesitamos ser curados, la lepra que puede arrebatarnos la Vida Eterna. Por eso, necesitamos regresar agradecidos al Señor, y confiar en su Palabra, y seguir sus pasos cada día de nuestra vida glorificándole y agradeciéndole todo los que nos da a cada instante. Y fortaleciéndonos en su Palabra gracias a su Amor y Misericordia.

martes, 10 de noviembre de 2015

HACER LO QUE DEBEMOS SIN ESPERAR RECOMPENSA

(Lc 17,7-10)


Muchas veces pensamos que merecemos recompensa por hacer las cosas bien. Entendiendo por bien actuar según la justicia, la verdad y la honradez. Y es que no descubrimos que ya hemos sido recompensados con la salvación Eterna. Porque Jesús murió en la Cruz para la redención y el perdón de todos nuestros pecados.

Lo que procede ahora es actuar como Dios manda, y darle gracias por todo lo que nos ha dado. Estamos vivos. Hemos recibido el don de la vida, y se nos da el Infinito Amor de Dios, que nos salva y nos hace eternos. ¿Cómo nos atrevemos a creernos merecedores, y a exigirle a Dios esos derechos?

Y ocurre que muchas veces recriminamos al Señor que no nos atiende, o que no nos ha dado aquello que le hemos pedido. Y nos creemos con derecho de enfadarnos y hasta rechazarle. Es como si pretendiéramos que, sentados a la mesa, Él nos sirviera. Pidamos perdón al Señor por nuestra ignorancia y osadía.

Esa es la intención que el Evangelio de hoy nos quiere descubrir, la necesidad de darnos cuenta que tenemos que servir de manera gratuita y desinteresada. No hacemos nada por lo que merezcamos recompensa, porque ya nuestro Padre del Cielo nos ha recompensado con todo lo que nos ha regalado. Somos siervos que debemos actuar sin ánimo ni esperanza de recompensa, porque ya el Amor de Dios nos llena de gozo y satisfacción.

Servir por amor es servir en la alegría y en el gozo de la plena felicidad. Y eso lo experimentamos cuando lo vivimos en la familia. Los padres, no sólo dan, sino se dan por amor a sus hijos, y en ese dar y darse encuentran la verdadera felicidad. Y es que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, y Dios es Amor Infinito y gozoso, por lo que nuestro mayor anhelo es llegar a identificarnos con Él.

lunes, 9 de noviembre de 2015

SOMOS TEMPLOS DE DIOS

(Jn 2,13-22)


Se hace difícil imaginar a Jesús echando a aquella gente del templo, y volcándole las mesas donde hacían todo tipo de operaciones. Habían convertido el templo en un lugar de transacciones comerciales y de todo tipo de interés económico. Su finalidad, dar culto y alabanza a Dios, se había pospuesto.

No cabe ninguna duda que el acto de Jesús descubre valentía, y, sobre todo, compromiso con su Misión, la de revelar a los hombres la Buena Noticia de salvación que, en Él, se cumplía. El verdadero templo de Dios queda fijado en el interior de cada hombre. Somos templos vivos de Dios, y en Cristo seremos, como Él, resucitados.

El templo físico, hasta ahora, lugar donde los creyentes se reunían, no era sino el espacio dedicado a celebrar el culto y la alabanza a Dios. Lugar que ya se estaban profanando dedicándolo a otros menesteres de tintes económicos. Jesús, lo descubre e instituye el templo espiritual que cada uno somos al quedar configurados por Jesús, en nuestro Bautismo, como profetas, sacerdotes y reyes.

Somos templos del Espíritu Santo, y como Jesús, nadie podrá destruirnos, porque, en Él, resucitaremos al final de los tiempos, cuando venga a establecer su Reino. En esa esperanza caminamos por este mundo contra las tempestades, soportando las adversidades y sufrimientos, porque sabemos de nuestra victoria final.

Allí, donde haya una o más personas reunidas en el nombre de Dios, allí hay un templo santo de Dios. De tal manera que nunca, mientras haya un creyente, se podrá destruir el verdadero Templo de Dios, que somos cada uno de sus hijos.

domingo, 8 de noviembre de 2015

LA CUESTIÓN NO ES DAR, SINO DARSE

(Mc 12, 38-44)


No se trata de hacer muchas obras, ni de estar en todas partes. No se trata de ser un filántropo, ni tampoco de contribuir al bien común. Tampoco estoy diciendo que eso no sea bueno hacerlo, y que viene muy bien al bien común. Lo que intento decir es que hacer esas cosas no significa nada.

Y no significa nada porque lo verdaderamente importante es la intención del corazón. Eso, lo de hacer y dar, lo hacían y hacen muchos que se precian de ser grandes y buenas personas. Eso lo hacían, en tiempo de Jesús, los escribas: «Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa».

Y hoy ocurre exactamente igual. Muchos aprovechan sus puestos privilegiados para lucir sus aparentes imágenes de bienhechores, de filántropos, de personas buenas y de bien, pero eso, aunque no las tachamos de malas acciones, no es el corazón del amor. Jesús lo deja hoy muy claro en el Evangelio: «Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir».

Esa es la cuestión, no simplemente dar, sino darse. Porque, puede ser que lo que estés dando hasta sea una molestia para ti, y quitándotela de encima aparentas que la compartes. Simple apariencia, que persigue dejarte bien sin ningún esfuerzo, deshaciéndote de lo que no quieres.

La cuestión es otra, y cada uno debe discernir hasta dónde puede llegar. No se trata de quedarte desnudo y sin nada, pero sí compartir, no sólo tu dinero, que quizás no es lo más importante, sino tu tiempo, tus talentos y cualidades, tu vida al servicio de aquellos que la necesitan. Tal y como Jesús la ha compartido contigo, y la ha entregado para que tú vivas.

sábado, 7 de noviembre de 2015

EN LO PEQUEÑO SE DESCUBRE LA VERDAD

(Lc 16,9-15)


Cuando lo que me importa no ocupa el centro de mi corazón, todo lo que se haga es pura apariencia. Las raíces no son profundas, y los frutos salen contaminados y podridos aparentando lo que no son. A veces vivimos auto engañados en realidades distorsionadas, y aparentamos quereres que, realmente, no lo son. A la menor tempestad se derrumban y se descubren.

Esa es la razón de muchas sorpresas, que la propia vida pone al descubierto: matrimonios rotos, separados, enfrentados; familias que se odian; abortos; injusticias, explotaciones, guerras de poderes...etc. Se descubre el dios economía, que suplanta a todo lo demás. El amor queda enterrado, bloqueado y pospuesto al interés económico. 

Experimentamos un dios de conveniencias y en función de nuestros propios intereses. Y, claro, ese dios no es el Dios de Jesús, el Señor. Él nos ha enseñado otro Dios. Un Dios comprometido, fiel y amoroso. Un Dios que nos ama incondicionalmente, pues de no ser así no tendríamos escapatoria, y que permanece a nuestro lado como mendigando nuestro mísero amor. Un Dios que, indudablemente no merecemos, pero que, a pesar de eso, nos llama y nos ofrece la salvación.

A poco que profundizamos en nosotros mismos, descubrimos que nuestra propia raíz de fe no está muy profunda. También que nuestro regadío, y la calidad de nuestra agua no es todavía lo suficientemente pura, pero que, confiados y esperanzados en el Espíritu de Dios, y por su Gracia, lleguen a serlo.

Necesitamos, Señor, que aumentes nuestra fe, y que nuestro corazón vomite toda la basura, superflua y caduca, que lo alimenta. Y que las raíces del amor bueno profundicen y germinen en buenos frutos que sostengan la fidelidad y perseverancia en lo fundamental, el Amor de Dios.

viernes, 6 de noviembre de 2015

¿CÓMO ENCONTRAR EL CAMINO Y CÓMO ENSEÑARLO?

(Lc 16,1-8)


Son dos preguntas en una. Jesús admira la astucia del aquel administrador que, ante el problema de quedarse sin empleo, busca solución y mueve todos los resortes para remediar su situación. No se trata de justificar, ni tampoco de aprobar las injusticias que comete, tanto de la astucia y el dinamismo de tomar riesgos y actuar.

¿Qué hacemos nosotros al respecto? ¿Tratamos de proclamar el Reino de Dios a media vela, justificando nuestras acciones y auto engañándonos nosotros mismos? ¿O es qué creemos que podemos engañar a Dios como ese administrador infiel? Realmente, ¿buscamos verdaderas soluciones para que nuestra vida sea más coherente con nuestra palabra, y llegue limpia al corazón de los que la escuchan?

Esa es esa la cuestión. No se trata de tomar atajos falsos, cómodos, hipócritas e injustos que, mintiendo podamos aparentar. Porque las apariencias no son, ni buenas, ni aconsejables, ni verdaderas. Se trata de actuar en verdad y justicia, para que cuando el verdadero Administrador nos pida cuenta, podamos mostrar y responder, en verdad y justicia, con transparencia y fidelidad.

Y para ello tendremos que mostrar verdadero interés. No se podrá actuar, y menos bien, si no nos interesa el Reino de Dios. Empeñarnos en actuar con justicia y verdad es empeñarnos en establecer, en las medidas de nuestras posibilidades, el Reino de Dios. Y eso es lo que Jesús quiere descubrirnos hoy. Admira el interés del administrador injusto, no su forma de proceder. Pero le decepciona nuestra apatía y nuestra desidia ante la posibilidad de luchar por establecer el Verdadero Reino.

Pidamos al Señor que encienda nuestros corazones para que arda en nosotros el interés de poner toda la carne en el asador, que dependa de nosotros, para que se haga la Voluntad de Dios.

jueves, 5 de noviembre de 2015

FARISEOS Y PUBLICANOS

(Lc 15,1-10)


Los fariseos se creían mejores que los publicanos. Por eso, no veían con buenos ojos que Jesús se reuniera con ellos. Los consideraban pecadores, y por lo tanto, indignos para acogerlos y estar con ellos. Quizás a ti y a mí nos suceda algo parecido. Nos creemos mejor que otros que están alejados, o que, simplemente, no han tenido quien les hable de Jesús, no sólo con la Palabra, sino con la vida.

Y ocurre que, cuando la Palabra, revela, habla y enseña, pero la vida desdice lo que habla la Palabra, el receptor se queda confundido, desanimado y sin esperanza. Sólo la Palabra llega al corazón, cuando la vida, simultáneamente, o después, corrobora lo que la Palabra dice. Porque ahí va el mensaje íntegro y completo. Lo otro sería incoherencia y mentira. Y la Palabra de Dios no es mentira, y como mentira no puede llegar. Otra cosa, y se hace necesario entender, es que quienes proclaman la Palabra son también grandes pecadores, y no transparenta bien la luz de la Palabra al fallarle la vida. Son personas humanas limitadas, tentadas y débiles ante las tentaciones. Y, a pesar de sus esfuerzos, dejan mucho que desear. Si no se comprende esto, difícilmente se le abrirá un hueco en la tierra y estiércol de tu corazón para que germine la Palabra.

Es, precisamente, lo que Jesús nos dice y enseña hoy. La parábola de la oveja perdida es una hermosa enseñanza de la Misericordia del Padre. Y es que si el Padre no es así de Misericordioso, apaga la luz y vámonos. No hay remedio, estamos todos condenados. Quienes nos acercamos a Jesús somos los pecadores, los necesitados de alivio, de curación, de protección. Los suficientes y poderosos no parecen necesitar nada, hasta que descubran su pobreza y caducidad.

Si soy oveja que se puede perder, entiendo que soy pecador. Porque no se pierde sino aquel que se equivoca, y es el equivocado el que se aleja, se rebela y se pierde. Y eso es pecar. Y necesito la búsqueda del Buen Pastor, para ser encontrado, curado y llevado al redil.
Danos, Señor, la sabiduría de proclamarte y vivir la Palabra proclamada. Y, también, la perseverancia de continuara a pesar de mis pecados y pobreza. Amén.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

GUARDAR SIN SABER PARA QUÉ

(Lc 14,25-33)


Jesús lo ha dejado claro, bastante claro: «Si alguno viene donde mí y no pospone a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío ».

Se puede, quizás, decir más alto, pero no más claro. Tan claro lo ha dicho Jesús que no deja ninguna duda. Puedes negarte; puedes adulterarlo; puedes quedarte a medias, entre las cosas del mundo y las que te ofrece Jesús, pero hagas lo que hagas, si no te entregas íntegramente, posponiendo todo lo demás,  no eres discípulo de Él.

Esto no debe desanimarnos, tal y como le pasó a aquel hombre rico. Esto debe dejarnos muy claro que con nuestras fuerzas no podemos, y que necesitamos la fuerza del Espíritu de Dios. Entendemos, entonces, que por y para eso se ha quedado el Espíritu Santo. No para jugar con nosotros y entretenernos, ¡no! Se ha quedado para darnos su Fuerza y Fortaleza para que podamos ser capaces de renunciar a todo por Jesús.

Y en Él, en el Espíritu, lo lograremos. Esa es nuestra confianza y nuestra esperanza. Puede ocurrir también que no lo entendamos, y que nos parezca duro. Eso de dejar a padre y madre, hermanos...etc. ¡No los vamos a dejar! Ni tampoco el Señor nos pide eso. Se trata de que un padre, madre, hermano o amigo no pueden ser causa de separarme de Dios. Porque a veces ocurren estas cosas, y son nuestras familias o mejores amigos los que nos llevan por otros caminos diferentes a los que nos ofrece Jesús.

Por eso tenemos que estar vigilantes, despiertos, en permanente oración y discernimiento desde y según la Palabra de Dios. Pidamos al Señor la Gracia de perseveran, de confiar, de esperar pacientemente y de no desanimarnos por nuestras caídas y tropiezos. Quizás sean las pruebas de cada día que midan nuestra fe y nuestra perseverancia. Sigamos adelante, puesto que el Señor nos tiende siempre su Mano.

martes, 3 de noviembre de 2015

INVITADOS AL BANQUETE DE LA GLORIA

(Lc 14,15-24)


El Evangelio de hoy nos habla de una invitación. Hemos sido invitados al Banquete del Cielo para pasar allí, en gozo y alegría, toda la eternidad. Eso significa que se nos ha dado invitación para la Gloria Eterna en la Casa del Padre. Sin embargo, todavía parece que no nos hemos enterado.

La respuesta a esta invitación no es aceptada. Unos porque han comprado un campo o tienen otras cosas, bienes, que atender, y ocupan un lugar más importante que la invitación que Dios te hace; otro, porque acaba de comprarse un coche nuevo, ultimó modelo que desea probarlo; otro, porque celebra su boda y otros por diversos motivos posponen la invitación del Señor para otro momento.

Quizás no haya otro momento, y tu lugar en la fiesta, al ser rechazada por ti, será ocupado por otro. Al parecer la invitación, siendo para todo tipo de personas, es solamente aceptadas por los pobres y lisiados; ciegos y cojos. Posiblemente tengamos que ser pobre, lisiado, ciego o cojo para que nos demos cuenta de lo importante que es esa invitación.

Porque las cosas nuestras, las que hemos cambiado y elegido antes que la invitación, son cosas caducas, que, incluso no dándonos  un gozo pleno, tienen fecha de caducidad, y, terminadas, nos dejan de nuevo en la insatisfacción y el vacío. Por cuanto, la invitación que el Señor nos hace nos ofrece el gozo eterno de vivir plenamente feliz para la Eternidad en su propia Casa. Es decir, en su presencia.

Indudablemente que no podemos imaginar ese gozo y felicidad. Porque «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Cor 2,9). Nuestra fe es tan pobre que nos impide darnos cuenta de lo que hacemos, y del disparate de cambiar el verdadero Tesoro por las cosas materiales y caducas de este mundo.

Pidamos al Señor que nuestra respuesta sea la que debe ser, la de aceptar la invitación que todos, aún ciegos por el pecado, buscamos y deseamos por encima de todo, porque: ¿Quién no desea ser feliz para toda la Vida?

lunes, 2 de noviembre de 2015

DESCANSAMOS Y ESPERAMOS EN TI, SEÑOR.

Jn 14, 1-6


No hay herencia que se le asemeje ni gloria mayor. El Señor nos ha prometido volver y llevarnos a un lugar en la Casa del Padre, a donde ha ido a prepararnos una estancia. ¿Cómo será esa estancia preparada por el Señor, Creador de cielo y tierra?

«Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así; ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»

Es apasionante escuchar esas palabras en boca de Jesús. Apasionantes porque hablan de una promesa, y la Palabra de Dios sabemos que siempre la cumple. Suponemos que el Señor está preparándonos ese lugar, porque en cuanto termine vendrá a buscarnos para llevarnos. Y en eso estamos. 

Los creyentes en Jesús somos las personas más dichosas. Ayer nos lo decía el Evangelio: Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos.

Y así será, no amamos en balde ni perdemos el tiempo, porque amando ya, desde ese momento, somos felices y dichosos. Pero nuestra felicidad va más allá, sobre pasa la frontera de esta vida y de la muerte, para alcanzar la Resurrección Eterna. 

Hoy, por tanto, es un día de gozo y de felicidad, porque recordamos a todos aquellos que, habiendo dejado este mundo, viven en el gozo y la plenitud eterna en la Casa que el Jesús nos ha preparado, y que continúa preparando a los que todavía recorremos el Camino que el mismo nos ha señalado en Palabras de respuesta a Tomas: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí.»

domingo, 1 de noviembre de 2015

¡VIVAN LOS SANTOS!

(Mt 5,1-12a)


Hoy, Jesús, en el Evangelio los llama dichosos y bienaventurados, porque los santos son ya dichosos y bienaventurados para Siempre. Gozan de la Eternidad junto a la Gloria del Padre. ¿Hay dicha mayor? Quizás todavía nosotros no podemos experimentarla plenamente, pues estamos sometidos y esclavizados a los sentimientos y apetitos del mundo, pero esperamos con gozo y alegría alcanzar un día esa santidad junto a nuestro Padre Dios. .

Esa es la fiesta que hoy celebramos. Todo lo contrario a lo que muchos, sin saber por qué, celebran el día antes Halloween, sin sentido y sin razón, porque celebrar la muerte, aparte de ser triste, no va con el ser humano, nacido para la vida, y vida eterna. ¿A quién le gusta morir? Pues, ¿qué sentido tiene celebrar la muerte?

Por eso, el Señor llama dichosos a aquellos que han cumplido la Voluntad del Padre desde el Amor, porque muchos nos empeñamos en vivirla desde la ley y los cumplimientos. El amor es más amplio y en él se contiene la misericordia. El amor da la oportunidad al perdón y al arrepentimiento, y mira las circunstancias, tanto de debilidad como de pecado, a los que el hombre se ve sometido.

Descubrimos nuestras esclavitudes y nuestras miserias, y necesitamos ser amados para, en ese amor, alcanzar el perdón. Por eso, nuestro Padre Dios nos ha amado tanto que ha sido capaz de entregar a su propio Hijo para, no sólo decírnoslo, sino entregarse a una muerte de Cruz para rescatarnos y alcanzar nuestro perdón. ¿Cómo, nosotros, podemos negarlo a corresponderle y seguirle? Y eso significa también decirlo, proclamarlo y compartirlo. Pero, ¿cómo?

Tal y como nos señalan las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra...

Pidamos esa sabiduría y fortaleza para llevarlas a nuestras vidas y vivirlas en plenitud con y por la Gracia de Dios.