martes, 12 de mayo de 2026

CONVIENE QUE ME VAYA

Adolfo empezó, sin saber cómo, a darse cuenta de su propio engaño. Descubrió que se cerraba a cualquier atisbo de cambio por comodidad, por no complicarse y, fundamentalmente, porque se sentía bien como estaba.

Cerraba los ojos a los problemas que le pedían su concurso. No quería salir de su rutina establecida y omitía toda complicación.

Pero, pensó: «¿Creo que lo que hago está bien?».

Mientras muchos lo pasan mal, yo lo que trato es de vivir lo más feliz que puedo sin preocuparme por las necesidades de otros.

«¿Y si eso fueran malas acciones que algún día me pasarán factura?», pensó.

Esos pensamientos no le dejaban tranquilo y su conciencia comenzó a inquietarle.

Se acordó de la terraza: «Allí hay buenas tertulias y quizás encuentre luz para mis interrogantes», se dijo.

Y sin pensarlo se dirigió a ese lugar.

La tertulia estaba encendida. Manuel hablaba de la condena del mundo.

—Tengan cuidado porque el mundo está condenado. Su camino no tiene un final feliz. Quienes se entregan a este mundo deben saber que van al precipicio de la perdición eterna.

Adolfo se sintió señalado. Su corazón dio un sobresalto.

—Para eso —continuó Manuel— Jesús nos dice en Juan 16, 5-11, que conviene que se vaya para que en su lugar venga el Paráclito (Espíritu Santo), que dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena.

Guardó un breve silencio y añadió:

—Porque Jesús ha sido rechazado por el mundo; porque ha resucitado, vive y está con el Padre; porque el príncipe de este mundo está condenado.

Hizo una pausa, miró para todos y agregó:

—El amor ha triunfado.

Recibimos el Espíritu, que es la presencia y actuación de Dios en el mundo, en nuestra historia y en nuestras vidas, un regalo de amor incesante. Motivo de contento, no de tristeza.

“Adolfo sonrió serenamente. Comprendió que no podía seguir viviendo encerrado en sus comodidades; necesitaba aprender a darse más a los demás.”
Y es que el Espíritu Santo no viene a dejarnos tranquilos en nuestras seguridades, sino a despertarnos para vivir en el amor verdadero.

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