ÚLTIMAS REFLEXIONES

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DE DODIM A AGAPÉ

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sábado, 29 de enero de 2011

EN LA TEMPESTAD DE NUESTRA VIDA (Mc 4, 35-41)


Es obvio que los apóstoles tuviesen miedo, ellos no conocian a JESÚS y no entendian nada. A pesar de que JESÚS les da pruebas que despierten sus mentes, ellos no reaccionan y no se sienten seguros. No tenían todavía al ESPÍRITU SANTO, y JESÚS tiene que llenarse de paciencia para instruirles y enseñarles la Buena Noticia del PADRE que, luego ellos, nos enseñarán a nosotros.

Porque los apóstoles creyeron y fueron consecuentes con su fe, nosotros hoy si hemos recibido el ESPÍRITU SANTO y tenemos más posibilidades y ventaja que ellos para creer y para no tener miedo. Porque en la presencia del SEÑOR nada debemos temer a pesar de recorrer un camino de cañadas y quebradas porque el SEÑOR va con nosotros. Su vara y su callado nos protege, nos cuida, nos asiste y nos salva.

El miedo es el testimonio de que nuestra fe es muy débil, de que nuestro sí está indeciso y de que realmente estamos más entregados a las cosas de este mundo que al SEÑOR. Nuestro corazón está contagiado y ocupado de cosas, de apegos, de apetencias, de ambiciones materiales, de egoísmos, de soberbia, de vanidad, de orgullo, de riquezas, de poder, de comodidad, de pereza, de suficiencia, de... tantas cosas que ya no queda espacio ni hueco para nada más. ¡Sí!, hay un poquito para DIOS, pero ese poquito no es suficiente como para darle un sí rotundo y decidido.
 
Así las cosas, nuestras fe se debilita y cada día se siente más lejana, más indiferente, más acomodada. Necesitamos ejercicio, acercamiento, oración, penitencia y Eucaristía, para, en la presencia del ESPÍRITU SANTO, dejarnos modelar y guiar como los apóstoles y responder como María y tantos martíres que, en el ESPÍRITU, supieron decir sí.

No dejes, mi SEÑOR, que me 
quede impavido, quieto,
parado, y deje de 
seguirte.

Porque yo quiero seguirte,
responderte y ser tu
apóstol, junto a tu
Madre María, y a 
todos aquellos
que te han
seguido. Amén

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