martes, 7 de abril de 2015

¿LE CONOCEMOS NOSOTROS?

Juan 20, 11-18


María Magdalena no reconoció al Señor. Su angustia y tristeza por no saber donde está le deprime e irrumpe en llantos. Busca a Jesús entre los muertos, y entre los muertos Jesús no estás. Igual les ocurre a los discípulos de Emaús. Saben de rumores que Jesús no está en el sepulcro, pero no escuchan, porque ellos lo consideran muerto. 

Tanto María Magdalena como las discípulos de Emaús perciben la presencia de Jesús en el momento que Jesús les hace un gesto reconocible. Significa eso que la fe nos la da Dios cuando enciende en nosotros la luz que nos alumbra su presencia. María Magdalena se da cuenta al oír su nombre de la boca de Jesús, y los discípulos cuando parte el pan.

¿Y nosotros? Cuando nos damos cuenta nosotros de su presencia. ¿Dónde le buscamos? ¿En el ayer de la historia de su Pasión y Muerte? ¿O le buscamos en el Jesús de hoy Resucitado? Dependerá de dónde le busquemos, el encontrarnos con Jesús. Porque Jesús vive entre nosotros, y se nos manifiesta en el vivir de cada día. 

En nuestras vivencias familiares, laborales, profesionales, sociales, de ocio...etc. En nuestras relaciones personales y comunitarias; en nuestra labor pastoral de iglesia y en la comunidad. Jesús está presente en nuestra vida las veinticuatro hora, y quizás somos nosotros los que no nos damos cuenta de su presencia. Jesús vive y atiende nuestras peticiones. Somos nosotros los que debemos confiar con esperanza sus respuestas, y estar atento a lo que nos dice.

El amor es eterno, porque cuando amamos lo hacemos pensando que es para siempre. En el matrimonio decimos para siempre, hasta que la muerte nos separe. Pero Jesús nos habla de eternidad, para siempre, siempre. Y es que en nuestro corazón sentimos esa necesidad y ese deseo, de eternidad. No busquemos en el ayer, olor de sepulcro, sino en el presente, alegría de Resurrección. Y abramos los ojos a los gestos del Señor, porque cuando lo buscamos entre los vivos lo encontramos.

Busquemos, pues, en la vida, en el servicio a los demás, en la justicia, en la solidaridad, en la entrega, en el compartir, en la verdad y en el amor. Ahí descubriremos un Jesús Vivo a cada instante, lleno de Luz y Resplandor, como en el Tabor, y abriéndonos los brazos para invitarnos también a nosotros a la Vida plena y dichosa eternamente.

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