ÚLTIMAS REFLEXIONES

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DE DODIM A AGAPÉ

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viernes, 27 de mayo de 2016

MI CASA ES CASA DE ORACIÓN

(Mc 11,11-25)


En la vida lo importante no es lo que hayas vivido, sino la fe con la que has vivido. Porque es la fe la que te mueve y dirige tus pasos. No importan los pasos que hayas dados, ni tampoco los zapatos que hayas usados, lo verdaderamente importante son las huellas que hayas dejado al pasar.

No se trata de dar frutos, sino del amor con que los das. Cuando se pierde ese ardor y entusiasmo se pierde la fe, porque es precisamente la fe la que alimenta y entusiasma al ardor de vivir y actuar. Así, sin horizontes claros y objetivos concretos, la fe se debilita y se pierde y el sentido de las cosas se distorsiona, y lo que era casa de oración se vuelve ahora casa de mercaderes y cambistas.

Aquello que está destinado a dar frutos, si no los da, se seca y pierde su misión, su objetivo y su sentido. De la misma manera, si tu fe no te da preocupación por crecer en santidad y avivar el esfuerzo de imitar al Jesús, tu manantial de agua viva puede secarse y ocurrirte lo de la higuera. Uno sabe cuando tiene que esperar, porque al final los frutos los recoge el Viñador, pero siempre que el los obreros hayan hecho lo que está en su mano.

Necesitamos alimentar nuestra fe, y la alimentamos en la medida que intimamos con el Señor. ¿Y cómo intimamos? Pues con la oración, la frecuencia de la escucha de la Palabra, la Eucaristía y la Penitencia. Los equivalentes al agua, al estiércol, abono y buena tierra que necesita la higuera para, estando bien cultivada, dar frutos. Quizás lo que necesitemos es que nuestros pasos dejen la huella del amor por donde pasamos, y eso, como la semilla que cae en tierra buena, dará frutos a su debido tiempo.

La lección que hoy podemos sacar de esta Palabra, al menos, la que podemos vislumbrar en este momento que la leemos y reflexionamos, es la necesidad de abrirnos y de pedir fe. Fe para sostenernos en la oración y en el esfuerzo de dar frutos. Frutos que serán por Obra y Gracia del Espíritu Santo, quien transformará nuestros torpes pasos y trabajos en verdaderos actos de amor que, tarde o temprano, darán sus frutos. Porque los buenos frutos nacerán del buen árbol que se riegue con amor.

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