ÚLTIMAS REFLEXIONES

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DE DODIM A AGAPÉ

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martes, 4 de agosto de 2015

SEÑOR, SOSTÉN MI FE

(Mt 14,22-36)


Esa experiencia que tuvo Pedro puede servirnos para experimentar que la fe es un don de Dios. Porque no podemos tener fe si el Señor no nos la sostiene. Por cualquier circunstancia, la más mínima que sea, nuestra fe se viene abajo. Perdemos la fe en amigos de toda la vida por detalles insignificantes, dudamos a la menor sospecha y nuestra confianza queda resquebrajada al menor error.

Somos débiles y muy frágiles. ¿Cómo vamos a creer en el poder de Dios? Incluso experimentándolo nos ocurre que nos cuesta creerle. Tal fue la experiencia de Pedro que al verse sostenido sobre las olas y al menor soplo de viento dudó de que pudiera sostenerse. Sin lugar a duda que la fe es un don de Dios. Un don que debemos pedir con insistencia y esperarlo con mucha paciencia.

Conocemos a muchas personas que han recibido un buen testimonio de amor y servicio. Los hay también malos, pero también, valga la redundancia, muchos buenos. Y si los malos valen para alejarnos, los buenos difícilmente sirven para acercarnos. Son muy pocos los que recibiendo un buen testimonio se interpelan y despiertan a la fe.

Por eso hay que pedirla con insistencia. El mismo Jesús nos lo dice: Pidan y recibiréis; toquen y se les abrirá. Y lo más importante es creer. Porque abiertos a la fe entregaremos nuestro corazón al Señor, y, el Señor, nos tenderá su Mano como hizo con Pedro.

Jesús nos pide que creamos en Él. No nos pide pruebas ni obras, sino que creamos en Él y lo demás, las pruebas y obras, vendrán por añadidura. Nuestra fe es tan pobre que necesitamos ver signos y milagros que nos la avive y despierte. Pero no sólo eso, sino que nos la sostenga y la acreciente.

¿De qué, entonces, nos vamos a gloriar por nuestras buenas obras? ¿De qué podemos sentirnos orgullosos y presumir si todo depende y es regalo del Señor? Simplemente, como Pedro, debemos decir: «¡Señor, sálvame!»

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