Posiblemente el
último recurso al que acudimos es al Señor. Cuando hemos agotado todos los
recursos humanos y ya no nos queda más lugares o medios donde acudir, nos
acordamos del Señor. Aquel funcionario real, ya casi sin esperanza de que su
hijo sanara, pensó en Jesús, y teniendo la posibilidad de acudir a Él, le
buscó.
El resultado de esa búsqueda y petición ya lo
conocemos por el Evangelio, pero ahora, la posibilidad de buscar nosotros al
Señor, conocerlo y presentarnos ante Él depende de nosotros. Porque, Jesús está
entre nosotros. Nos espera como esa parábola del Padre amoroso que hemos leído ayer
en la Santa Misa. Y no nos espera enfadado, para reprocharnos nuestro olvido o
indiferencia. Nos espera con los brazos abiertos, tal y como hizo con el hijo
menor de la parábola.
Fe, perseverancia y valentía nos dice el Papa Francisco. Y, ciertamente, se trata de confiar en el Señor. El conoce nuestros problemas, dificultades y sufrimientos, y nos puede sanar o acompañar en el dolor y la enfermedad hasta la resurrección de la otra vida, la verdadera, la plena de gozo y felicidad eterna. Todo dependerá de su Voluntad, pero, una cosa es cierta, sea lo que sea, no olvidemos que es nuestro Padre. Ese Padre amoroso y misericordioso de la parábola que Jesús, nuestro Señor, nos contó en el Evangelio del domingo (Lc 15, 1-3. 11-32).
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