Moisés, la
Escritura y Juan el Bautista son verdaderos testimonios de que Jesús es el enviado
por Dios, su Hijo, para anunciarnos la Buena Noticia. Pero, al margen de estos
testimonios, son sus Obras las que dejan verdaderos testimonios de que Jesús es
el Hijo de Dios, enviado para redimirnos y rescatar nuestra dignidad de hijos
de Dios.
Sin embargo, la
historia es testigo de que, muchos de sus contemporáneos como muchos de
nosotros ahora le rechazamos y no creemos ni en su Palabra ni hacemos caso de
sus Obras. Es evidente que el pensamiento y proceder de Jesús, nuestro Señor,
está en las antípodas de nuestros pensamientos: favorece a los pequeños, a los
marginados y pecadores. Esos son sus preferidos, y a los que ha venido a
salvar.
No está con los
poderosos, suficientes y los que aparentemente parecen importantes y merecedores
de honores y gloria. Ni tampoco está de acuerdo con muchos de nosotros respecto
al concepto que tenemos de su Padre Dios. Quizás nos hemos formado un concepto
de Dios algo propio y acomodado a nuestros intereses.
Nuestro Dios es un
Dios que ha elegido para su Hijo un camino de cruz, hasta el extremo de dar su
vida por amor y misericordia. ¿Estamos nosotros dispuestos a entregarnos y a darnos,
por amor y en misericordia, al perdón que nos regala nuestro Padre Dios, y a
darnos a los demás? Esa es la pregunta que tendremos, queramos o no, que
responder.