Lc 14, 1. 7-14 |
La vida parece injusta para muchos. El lugar donde
naces, tu familia, tu raza o tu cultura pueden marcar privilegios o condenarte
a una existencia difícil y esclavizante. No en todas partes los derechos
humanos son respetados, y esa desigualdad hiere la dignidad.
—¿Cómo ves este problema, Manuel? —preguntó Pedro.
—Con preocupación —respondió Manuel—. La vida es un
don gratuito, ofrecido a todos por igual. Pero hemos creado un mundo de
méritos, recompensas y ambiciones que favorecen a unos y dejan atrás a otros.
—Coincido contigo. Es inaceptable que se trate a las
personas de manera distinta.
—Si aprendiéramos a abrirnos a todos por igual, el
mundo sería diferente. Jesús lo enseñó en una parábola (Lucas 14,1.7-14). En
ella, el banquete de la vida es gratuito, y los invitados privilegiados son los
pequeños: pobres, lisiados, cojos y ciegos. Según la lógica de Dios, los más
necesitados tienen preferencia sobre quienes pueden valerse por sí mismos.
—Es justo —asintió Pedro—. Es natural dar prioridad
a quienes más lo necesitan.
—En el Reino no hay méritos que mostrar ni
recompensas que reclamar. Solo queda agradecer al Padre por su generosidad y
gozar de la mesa común.
—¡Qué mundo tan distinto sería ese! —comentó Pedro.
—Así es —respondió Manuel—. Un Reino abierto a
todos, puro regalo y espacio de acogida. Pero nuestra lógica humana, con
frecuencia, pervierte ese don y lo somete a nuestro ego.
—Lo noto en mí —dijo Pedro pensativo—. Busco
reconocimientos, privilegios, aplausos…
—Y somos capaces de someter hasta lo más sagrado, la
dignidad humana, por subirnos en pedestales.
—¡Qué ceguera la nuestra! —exclamó Pedro.
—El banquete del Reino solo entiende de fraternidad,
no de títulos; de igualdad, no de deferencias. Cuando lo asumimos, la vida se
transforma y adquiere el signo de una verdadera familia humana reconciliada. El
Padre nos invita a un banquete donde todos caben, y donde los últimos son los
primeros.
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