Mc 6, 17-29 |
Esa mañana
iba preocupado. Se preguntaba, por qué, y no encontraba explicación. Fijó su
mirada en una pareja que discutía muy cerca de él. La agresividad masculina,
parecía, someter a la femenina. «Discusiones de cada día» —pensó— y
siguió adelante.
Había
pedido su café y se disponía a echar una mirada al periódico, cuando, de
repente, le sorprendió la inconfundible voz de su amigo Pedro.
—Buenos días, ¿cómo andan los ánimos hoy?
—No muy buenos, para mí. Experimento una extraña sensación a la que no encuentro explicación. ¿No sé qué me ocurre?
—Hay días que, sin saber por qué, no sabe uno lo que le sucede.
—Ese es mi estado hoy. Espero que explote agresivamente.
—¡Nada de eso, hombre! Son situaciones por las que, alguna vez, pasamos todos.
—Hace un momento vi a una pareja discutiendo, y me pareció que el hombre imponía su carácter y sometía a la mujer. Mal asunto ese.
—Cuando se llegan a esos extremos, la cosa es más seria.
¡Y tanto! Busco luz en el Evangelio de hoy —Mc 6, 17-29—. Se trata de la muerte de Juan el Bautista, decapitado por orden de Herodes. Hay verdaderos tiranos que están dominados al decir de los demás, y dispuestos, por ellos, hasta el punto de llegar a asesinar injustamente.
—¿Qué realmente sucedió?
—Herodes corta la cabeza del bautista y así muestra su bajeza y su sometimiento a los murmullos de sus súbditos. Tan poderoso, pero tan esclavo de convenciones sociales y de su imagen de implacable.
—Un déspota.
—Por
supuesto. La verdadera libertad es hija de la rectitud y de la piedad, es
valiente y compasiva, no escucha la solidez de demandas ajenas y nos acerca
cada día a los caminos del Reino.
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