ÚLTIMAS REFLEXIONES

ÚLTIMAS REFLEXIONES

DE DODIM A AGAPÉ

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miércoles, 16 de agosto de 2017

LA ACTITUD DE REPRENDER

Mt 18,15-20
Los tiempos han cambiado. Antes, en mi juventud se imponía la reprimenda, y las personas mayores reprendían a los jóvenes, incluso en la vía pública, y estos obedecían o, al menos, asumían y aceptaban avergonzados la reprimenda. Y se temía o respetaba a la autoridad. Incluso, a la autoridad de los mayores, es decir, a la edad.

Ahora, todo es diferente. Hasta en el colegio se le responde al maestro y no se le atiende con respecto a sus consejos. Todo está bañado por el relativismo, y cada uno pone sobre la mesa su aparente verdad, que a veces son mal intencionadas actitudes, que esconden segundas intenciones buscando un hedonismo fácil y engañoso. En esas circunstancias se hace difícil corregir y reprender. Hay una agresividad en el ambiente que amenaza con violentar el diálogo y dar por respuesta una negativa irrevocable.

Sin embargo, el cristiano comprometido debe buscar siempre la oportunidad de corregir, de acompañar, de comprender y poner sobre la mesa los valores naturales que nace de la Ley Natural y de la ética moral siempre con referencia a la Voluntad de Dios. Voluntad de Dios que se sintetiza en dos palabras: Amar y perdonar. Y quien ama busca el bien del otro, por lo tanto se preocupa de su error y trata de encauzarlo. Sin embargo, para ello necesita ser escuchado.

Y es eso lo que te dice hoy Jesús en el Evangelio: « Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano». 

Diría que, si al final no obtienes respuesta afirmativa, mantente firme y espera con los brazos abiertos a que reacciones y se avenga a razones. Si no ocurre así, sólo nos queda rezar y esperar. El perdón siempre será una posibilidad que está abierta al que se arrepienta y responda a la corrección. Y nosotros, perdonados por Jesús, debemos también ayudar a que otros se acerquen al perdón del Señor.

martes, 15 de agosto de 2017

UN ENCUENTRO LLENO DE PRODIGIOS

Lc 1,39-56
Este hermoso encuentro, lleno de significados, maravillas y esperanza, no se puede producir si no es por la acción del Espíritu Santo. Porque, ni Isabel sabía nada, ni María tampoco respecto a la gestación de Isabel. Todo ha sido preparado por Dios para su Gloria y grandeza, como cantará luego María.

Nos llena, también a nosotros, de esperanza, el contemplar y conocer ese prodigio de encuentro donde, por un lado, Isabel, llena de Espíritu Santo experimenta el salto de gozo del niño que gesta en su vientre, y exclama con gran voz y firmeza: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!». 

Ahora, ¿quién le dijo e informó a Isabel de todo lo acontecido a María respecto a lo que le había dicho el Señor? Las distancias eran notables; no había teléfono ni móvil ni ordenador, ni siquiera correo. Lo anunciado a María fue sólo en su presencia. No había testigos. ¿Qué pudo ocurrir para que Isabel supiera lo anunciado a María? Y, nuestra oscuridad es tan grande que seguimos buscando pruebas para abrir nuestro corazón al Señor.

Este relato bíblico de la visita de María a Isabel descubre y revela la grandeza del Señor, que nos muestra su Poder y la manifestación de la promesa hecha al pueblo de Israel. Y la hermosa respuesta de María, al verse elegida y reafirmada en el saludo de Isabel. Y responde con ese hermoso canto del Magnificat:«Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza...

Hoy celebramos la Asunción de María a los cielos, porque María, la Madre de Dios, no podía sino ser llevada a la presencia de su Hijo.  Ella, que fue la puerta de la entrada de su Hijo en este mundo, también le fue abierta la puerta del Cielo para que llegase directamente, por su Hijo, a la Gloria de Dios.

lunes, 14 de agosto de 2017

EJEMPLO Y CONVIVENCIA

Mt 17,22-27
Podríamos encajar en el contexto de un día de convivencia y compartir este pasaje que nos narra hoy el Evangelio de Mateo. Se destaca una preocupación del Señor por confesar a sus discípulos lo que le va a ocurrir en Jerusalén. «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le matarán, y al tercer día resucitará». Y se entristecieron mucho. 

Es una confesión íntima, pues tú no compartes con cualquiera tus preocupaciones. Quiere, el Señor, que sus más íntimos sepan que le va a pasar y les confiesa su Muerte y Resurrección al tercer día. Supongo, por lo que dice luego el Evangelio, que los discípulo no hacen mucho caso, o no entiende lo que les dice respecto a su Resurrección. Y lo pienso porque, comunicada la Muerte y Resurrección, ellos, sus discípulos, se entristecen mucho.

Entiendo que la tristeza haga acto de presencia cuando se confiesa una Pasión trágica y de condena. Una Pasión de sufrimiento que lleva a la Muerte en la Cruz, pero que debe de llenar de alegría y esperanza al oír la palabra Resurrección. Porque eso descubre el Poder y la Gloria del Padre Dios que lo ha enviado, y que para su Gloria será Resucitado. Comprendo que hay que pasar un mal y difícil trago, pero la esperanza borra toda sombra de derrota y de tristeza.

Igual nos ocurre a nosotros cuando nos enfrentamos a nuestra singular y propia pasión. Es nuestra particular cruz de nuestra vida, consecuencia de nuestros pecados, pero que vivimos y aceptamos con alegría y esperanza, porque detrás está la promesa de la Resurrección por los méritos del Señor. Y eso debe llenarnos de esperanza y fortaleza y de contrarrestar nuestras tristezas y debilidades. Pues, sabemos que el Señor es Justo y Misericordioso y nos propone no escandalizar y cumplir con todas las leyes  y tributos civiles, que tienen que ver con la solidaridad y el bien del pueblo.

domingo, 13 de agosto de 2017

UNA CONSTANTE AMENAZA

La vida camina amenazada. Cada día es una nueva ocasión para hacer el bien, pero, también, para hacer el mal o para caer en la trampa del pecado. Vivimos en constante amenaza y, repentinamente y al instante se levanta una tempestad o se desata un fuerte viento huracanado. Y nuestra vida, desorientada, cambia de rumbo y de dirección.

Por eso, tenemos que estar bien centrados en Aquel que es capaz de caminar sobre las aguas, someter los vientos y las bravas y gigantes olas del mar. Quedarnos afuera, a merced del mar de la vida, y sólo antes las tempestades que el camino de nuestra vida nos presenta, es quedarnos a merced del demonio que nos somete y nos pierde.

Jesús camina sobre las aguas para demostrarnos su Poder sobre el mundo. Asidos a Él nada nos puede dañar ni hundir. Pero, si como Pedro, desviamos nuestra mirada en Él y nos quedamos anclados en las cosas de este mundo, sucumbimos a sus tempestades y nos hundimos. Siempre tenemos el recurso de rogar al Señor por nuestra salvación. Ha venido para eso, y su bendita Mano siempre está tendida para asirnos y salvarnos.

Pero, también, tenemos que estar protegidos y cobijados en la barca de la Iglesia. Unidos y confiados al Señor, que a pesar de las tempestades de este mundo, sobrevive y se sostiene siempre centrada y dirigida por el Espíritu Santo, promesa del Señor a su Iglesia. 

Tengamos claro ese criterio. Jesús no es ningún fantasma ni un sueño o intuición. Jesús, el Señor, es el Hijo de Dios, de carne y hueso con Naturaleza humana, que bajado del Cielo y enviado por su Padre, ha venido a dirigir la barca de nuestra vida y a fortalecernos para sostenernos a flote y vencer todas las tempestades que este mundo nos presenta. Tengamos plena confianza en Él y, respondiendo a su llamada, caminemos sobre las aguas en la seguridad que, en las noches oscuras de nuestras propias tempestades, tendremos su Mano tendida para asirnos y salvarnos.

sábado, 12 de agosto de 2017

HOMBRES DE POCA FE

Mt 17,14-20
Desdibujados y emborronados por el pecado quedamos sometidos a la oscuridad. Y en la oscuridad nos perdemos debilitándose y diluyéndose nuestra fe. Necesitamos afianzar nuestra fe y apoyarla en Ti, Señor. Porque, Tú, Señor mío, eres la Roca en la que mi fe se sostiene y afirma.

Nos has enviado, Señor, a evangelizar y bautizar, y lo has hecho dándonos tu mismo poder, pero nosotros no te hemos correspondido, fracasando en la misión que nos has encomendado. ¡Que débil y que poca fe tenemos, Señor! ¿Cómo podemos aumentarla, Señor? ¿Acaso depende de nosotros? Aumentanos la fe, Señor.

Tú nos dices hoy en el Evangelio, Señor: «Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada os será imposible». Posiblemente, nuestra fe no llega a un grano de mostaza. Igual que los apóstoles no pudieron expulsar aquel demonio, a nosotros nos ocurre lo mismo. Y es que cuando vemos a alguien que nos puede transmitir la fe, enseguida reaccionamos señalando el punto flaco o débil de aquella persona. Exigimos, no testimonios, sino perfección, sin darnos cuenta que somos pecadores y llevamos un tesoro en vasijas de barro.

Nos experimentamos incapaces, como los apóstoles, de hacer las cosas que Tú haces, sabiendo incluso que nos lo has prometido. Pero, no queremos desesperar, sino todo lo contrario, confiar y descansar en Ti, en la esperanza paciente de que tu Gracia nos llene y aumente nuestra paupérrima fe. En esa confianza y esperanza caminamos al ritmo de tus pasos, Señor.

viernes, 11 de agosto de 2017

ES EL AMOR EL QUE NOS HACE SUFRIR

Mt 16,24-28
No se puede entender el amor sin sacrificios y renuncias. Porque, ¿qué es si no el amor? Un amor que no se sacrifique y que no renuncie no es amor. Porque, amar es buscar el bien del otro, y eso lleva implícito sacrificarte y renunciarte. Está muy visible en el amor de los padres respecto a sus hijos. Y cuando se excluye ese sacrificio o renuncia, se cae en un amor egoísta.

No puedes amarte a ti mismo, pues eso te llevaría a una satisfacción propia y egoísta, y excluye a los demás, que sólo te interesan en la medida de que te puedan servir. El amor lleva en su propia esencia el darte y buscar el bien del otro, y eso exige dolor, renuncia y sacrificio. Exige darte y entregarte; exige negación, tomar su propia cruz y seguir a Jesús.

Es el amor lo primero, y, por amor, luego viene la entrega, la renuncia y el sacrificio. Cuando te sacrificas primero, sin haber una llamada por amor, es un servicio, que no pasa de ahí, y no tiene valor. El sufrimiento no tiene valor en sí mismo, porque a nadie le gusta sufrir. Ni tampoco es bueno sufrir. Sólo se sufre por amor. Jesús no vino a sufrir por sufrir. No es un estoico ni le gusta ni manda el sufrimiento. Se sufre y se renuncia por amor. Esa es la clave. Jesús nos salva entregando su Vida por amor, no por el gusto de sufrir. Porque el hombre no ha sido creado para sufrir.

Cuando ayudamos a alguien, hay que ver primero en él al Señor, y por amor al Señor y al hermano, donde está el Señor, nos entregamos al servicio, a la renuncia o al sacrificio. Esa actitud nos ayudará a estar disponible y a superar todas nuestras desganas y tedios para entregarnos a la ayuda y al servicio al prójimo. De está forma, aunque para el mundo está perdiendo el tiempo, para Dios estás ganando la Vida Eterna, que es la primera, la única y la verdadera.

Los sufrimientos no son enviados por Dios. Dios no es sacrificio, sino Amor. Tener eso muy claro nos ayudará a tener claro que camino elegir. Luego, ¿por qué ocurren tragedias, guerras y... en este mundo? Sabemos que el hombre es el culpable y el que las genera. Pues, antes del pecado no era así. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?

jueves, 10 de agosto de 2017

MORIR PARA DAR FRUTOS

(Jn 12,24-26)
La semilla que no muere no da frutos. Dar frutos exige morir, para transformarte en vida y savia para alimentar esos frutos que otros necesitan. Morir es amar. O dicho de otra manera, el amor es la capacidad de entregarte y darte, hasta el extremo de poner y perder tu vida por salvar la del otro. Todos comprendemos que eso es así, y es en la familia donde experimentamos a lo que están dispuestos nuestros padres por salvarnos la vida.

En este contexto podemos entender y explicar nuestros sufrimientos, y también los de otros. Esta vida es un camino de cruz, y eso debe tener un significado claro, porque, de no tenerlo, las dudas y las tribulaciones nos harán perder el rumbo y el camino de nuestra meta. Debe estar claro, porque de esa manera estaremos en disponibilidad de aceptar y soportar los avatares de la vida. No sólo en la nuestra, sino también en la de los demás.

Es de sentido común que nunca entenderemos el sufrimiento, y que nadie quiere sufrir. Jesús, el Señor, no ha venido para hacernos sufrir, sino todo lo contrario. Para salvarnos, pero, antes tendremos que darle sentido a ese sufrimiento, causados por nuestros propios pecados. Él también, sin ninguna culpa, los sufrió, y los aceptó para merecer nosotros nuestra salvación y Misericordia de Dio. Por su Pasión y Muerte estamos salvados, y lo descubre y lo canta la Gloria de su Resurrección.

De la misma forma, el Padre, por la Gracia y méritos del Hijo, nos resucitará a nosotros también. Pero, antes hay que morir como la semilla para dar frutos. Eso frutos que se desprenden de nuestra entrega, de nuestros sacrificios, de nuestros esfuerzos, de nuestra misericordia, de nuestro soportar las inclemencias de aquellos que no entienden de amor, sino de egoísmos, y destruyen, explotan, esclavizan y matan para, equivocadamente, conservar sus vidas y, erróneamente, perderlas.

miércoles, 9 de agosto de 2017

PREPARADOS PARA LA HORA

Mt 25, 1-13
El momento final no se sabe. Sabemos, eso sí, al menos lo creemos, que Jesús vendrá, pero, el día y la hora no lo sabemos. De la misma forma, tampoco sabemos el día ni la hora de nuestra muerte. Todo nos es desconocido, por lo tanto, sólo queda el estar preparado. Y es de eso de lo que nos habla el Evangelio de hoy, del día y de la hora y de estar preparado.

Jesús nos lo expone de forma magistral, comparándonos el Reino de los Cielos con la parábola de las diez doncellas. Queda meridianamente claro que hay que estar preparados, porque de no estarlo nos puede ocurrir lo de aquellas doncellas despistadas que se quedaron fuera por no llevar las alcuzas bien llenas de aceite para proveer a sus lámparas.

¿Nos puede ocurrir a nosotros lo mismo? Dependerá de tus cuidados, de tu perseverancia, de tu vigilia, de tu seguimiento y cercanía al Señor. Sabes que si no estás injertado en el Señor, el Maligno está al acecho para distraerte y hacer que te despiste o te olvides de tus obligaciones y obediencias. Porque, esa es nuestra tendencia, separarnos de los consejos y cuidados de nuestros padres. 

Cuando pequeños somos obedientes y creyentes de nuestros padres. Sabemos que quieren nuestro bien y nos lo procuran, pero, en cuanto no hacemos mayores, nuestro corazón se endurece y empiezan las dudas. Entonces nos fiamos a nosotros mismos y nos equivocamos. Porque, nuestra naturaleza humana es débil y pecadora, y pronto es víctima de sus propias debilidades y pecados.

Estemos siempre dispuestos y preparados, para, cuando llegue el novio tener nuestras lámparas bien dispuestas y encendidas.

martes, 8 de agosto de 2017

NUESTRA HUMANIDAD ES DÉBIL Y PECADORA

(Mt 14,22-36)
Nos vemos retratados en los apóstoles. Preguntarnos, ¿cómo es posible que aquellos hombres, los apóstoles, que estuvieron con Jesús tres años y presenciaron bastantes milagros y signos prodigiosos, entre ellos éste de Pedro sobre las aguas, pudieran dudar de Él más tarde? Porque, después de su muerte, regresaban a Emaús, Cleofás y su compañero. Tomás se mostró incrédulo y todos, a excepción de su Madre, algunas mujeres y Juan, permanecieron al pie de la Cruz.

Somos hombres con denominador común, pecadores, débiles y tentados por la desconfianza. Y, a pesar de tantos milagros y prodigios que ha hecho el Señor, nos resistimos a creer y confiar en Él. Corozaín y Betsaida, dos pueblos donde el Señor tuvo mucha presencia y proclamó su Palabra, con hechos y milagros, no le respondieron. Tampoco debe extrañarnos que ahora, en este momento de nuestra historia, esté pasando lo mismo.

Y aquellos apóstoles no se diferencia de nosotros, al menos respecto a la fe, en nada. Les cuesta creer, y eso que han visto muchas acciones prodigiosas del Señor. También a nosotros nos cuesta creer. Es, entonces, cuando entendemos que eso de que venga un resucitado a confirmarnos nuestra resurrección, tampoco resultaría. La fe no es una cosa espontánea, ni repentina, ni producto o resultado de un impacto o impresión grande. La fe es un proceso y camino, lento, despacio, profundo, sereno, que va gestándose y experimentándose en el día a día de tu relación y vivencia con el Señor.

Es un encuentro con Aquel que te va demostrando su Amor, y su Verdad. Es una experiencia con Alguien que te ama sin condiciones, que no te exige, sino te propone y que va dándote aquello que tú realmente quieres encontrar. La fe es el Tabor donde tú prescindes de todo, porque te encuentras tan bien que sólo anhelas y deseas estar con Jesús. Su presencia te colma de felicidad y gozo eterno.

Y es esa fe la que debe servirnos para levantarnos, una y mil veces, y cada vez que nos veamos hundiéndonos en las aguas pantanosas y bravas de este mundo.

lunes, 7 de agosto de 2017

ÉL NOS VE Y ESTÁ ENTRE NOSOTROS

(Mt 14,13-21)
No estamos muy seguros y fiamos nuestras acciones a nuestra razón y prudencia. No está mal, es lógico y de sentido común. Para algo se nos ha dado la cabeza y también el sentido de la prudencia. Y cuando tenemos un problema delante de nosotros, lo pasamos por nuestra razón y discernimos al respecto. Era lógico, pues, que los discípulos se plantearan mandar a la gente, congregada ante Jesús, a las aldeas más próximas en busca de alimentos. Ante tal situación no podían hacer otra cosa.

Sin embargo, Jesús rompe nuestra lógica y nos desafía a solucionar, nosotros, esos problemas que nos salen al paso: Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo: «El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida». Mas Jesús les dijo: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer». Dícenle ellos: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». Él dijo: «Traédmelos acá». 

¿Es que, a pesar de pensar y creer en su presencia, no terminamos de creernos que Jesús está presente entre nosotros y le importa nuestros problemas? Es bueno y necesario ser prudente, porque no tendría sentido creernos que el Señor es una caja mágica para solucionar nuestros problemas, pero, cuando los problemas son ineludibles y necesitan solución, que quizás no está a nuestro alcance, pensemos y creamos que el Señor está presente y actúa, si se lo pedimos con fe.

Supongo, así al menos quiero pensarlo, que Jesús quiere advertirno que con Él podemos superar muchos problemas a los que no le vemos salida, y, para los cuales nos vemos impotente de solucionar. Él es nuestro alimento y nuestra esperanza, y con Él podemos saciar el hambre y la sed de todos aquellos que buscan una esperanza de gozo, de felicidad y vida eterna. Es ese el verdadero alimento que importa y que nos alimenta eternamente.

domingo, 6 de agosto de 2017

UN TABOR NECESARIO

(Mt 17,1-9)
El camino se hace largo y duro. No puedes perder de vista que nos lleva a la cruz, pues es el mismo que el de nuestro Señor Jesús. Teniendo esto claro resistiremos y soportaremos mejor las tempestades, los vientos huracanados y las noches oscuras donde la niebla desdibuja nuestro horizonte. Pero, hace falta una parada e inyección de ánimo. Hace falta una luz fuerte e incandescente que nos alumbre y nos llene de esperanza. Hace falta un Tabor.

Y así lo entendió nuestro Señor. Seguramente vio a sus discípulos cansados, despistados e ignorantes. Por varias veces que les había hablado de su muerte y resurrección, ellos no se habían percatado ni enterado de nada. Era necesario un adelanto, un Tabor para que espabilaran y se dieran cuenta. Y así sucedió.

En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». 

Un primer detalle que podemos observar es lo bien que se está con el Señor. Lo bien que lo pasaremos junto al Señor. Sólo leer lo que dice Pedro nos revela y descubre eso que percibimos. Nos olvidamos de nuestra propia presencia y hasta del tiempo, ante la majestuosidad y divinidad de nuestro Señor Jesús, significada con los personajes, Moisés - la Ley - y Elías - los profetas -. Es decir, el Antiguo Testamento y el Nuevo que representa el Señor. Realmente es el Mesías, que resucitará tras su muerte.

Y una segunda observación nos descubre esa voz que se oye, en la que el Padre nos presenta a su único y verdadero Hijo, el amado y predilecto, en el que se complace. Y nos manda escuchadle. Es decir, hacer su Voluntad, contemplar su Persona, imitarlo, poner en práctica sus consejos, tomar nuestra cruz y seguirle.

sábado, 5 de agosto de 2017

RAZONES PARA JUSTIFICARNOS

(Mt 14,1-12)
El auto engaño está presente en nosotros a lo largo de toda nuestra existencia. Cuando la realidad no se ajusta a mis planes, la distorsionamos y la acondicionamos de acuerdo con nuestras razones, ideas y proyectos. De esa manera, enterado Herodes de la fama de Jesús, argumentaba lo siguiente: «Ese es Juan el Bautista; él ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». 

Y así trataba de justificar los rumores que se oían sobre las actuaciones de Jesús. Pero eso, ocurrido ya hace mucho tiempo, debe servirnos para interpelarnos hoy y preguntarnos también nosotros sobre lo que opinamos y decimos de Jesús. Porque, de la misma manera, Él está entre nosotros.

¿Acaso, para mí es también Jesús alguien resucitado, como Juan el Bautista, y por eso los poderes actúan en Él? ¿O es alguien inventado, todavía peor, o abstracto, en quien, en el mejor de los casos, creemos, pero nada más? ¿Esa creencia no nos mueve a nada, ni tampoco nos cuestiona nuestra vida? 

Esa supuesta y débil fe, pegada con alfileres no afecta para nada a mis propias ideas y vida. Y no lo hace si realmente me quedo instalado, pasivo y quieto, justificando mis razones y dejándome auto engañado ante la auténtica realidad de mi vida.

Quizás, estemos más en la honda de Herodías, la mujer de Filipo, hermano de Herodes, con la que vivía el rey, y a quien, Juan el Bautista, denunciaba y advertía que no le era lícito convivir maritalmente. Y por esta razón, Herodías deseaba quitárselo del medio. Si este hecho, acontecido hace siglos, no nos sirve sino como historia, sería fatal para nosotros. Porque, debe ser espejo donde mirarnos e interpelarnos y ver que puede esta ocurriendo también en nosotros.

Porque, podemos preguntarnos: ¿Queremos también nosotros quitarnos a Jesús del medio en muchas ocasiones, alegando y justificando razones que distorsionan nuestra auténtica realidad auto engañándonos? Quizás tenemos muchos vicios y apetencias que no queremos dejar y anteponemos a nuestra relación con Dios. Sería bueno no obviarlas ni descartarlas, sino saber que, por nuestra debilidad, están ahí. Son piedras y obstáculos que se levantan entre nosotros y Jesús. Noches oscuras y tinieblas, porque, sabiéndolo podemos, por la Gracia de Dios, vencerlas.

viernes, 4 de agosto de 2017

A TI QUE TE CONOZCO, ¿QUÉ ME VAS A DECIR?

(Mt 13,54-58)
La experiencia nos lo aclara y demuestra palpablemente. Hablarle a los tuyos y proclamarle el Reino de Dios es tiempo perdido en la mayoría de las veces. Claro que hay excepciones, pero lo más frecuente es que tu testimonio y tu palabra no surtan el efecto deseado. Tendrán siempre más presente tus fallos, errores y pecados, que tu palabra y tu testimonio.

Y no hablamos de opiniones o pareceres, sino de realidades. Se hace dificilísimo transmitir la fe dentro de la familia o en tus círculos de amigos o trabajo. Cuanto más te conocen, más mirarán tus defectos o fallos que tú palabra y testimonio. Y, como pecadores que somos, siempre tendrán la posibilidad de descubrir tu  propia debilidad y encontrar justificaciones a su resistencia.

Es lo que le sucedió a Jesús: « ¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?».

Valoramos más lo de afuera que lo de dentro. Basta que seas de la casa para que salgan los por qué y pongas todas las dificultades posibles. Más, si eres de afuera, tu tolerancia y permisividad está más abierta a la acogida. Por eso, Jesús dijo: «Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio». Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.

Lamentablemente, ésta es la realidad. Así sucede y frecuentemente la proclamación a los más cercanos debe hacerse indirectamente y no de forma directa. Es decir, será siempre más eficaz que sean otros, los de afuera, que proclamen a los de dentro, porque los de dentro posiblemente serán rechazados.

jueves, 3 de agosto de 2017

UN JUICIO DE AMOR


Dependerá de como hayas gastado tu amor. No te pedirán dinero, ni bienes, ni tesoros materiales, ni riquezas o actos heroicos. No, sólo te pedirán amor. Es lo que se desprende de forma muy clara en el Evangelio de hoy. Mira y reflexiónalo bien: En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?» Dícenle: «Sí». Y Él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo». Y sucedió que, cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí.

Y esto es lo que verdaderamente importa. Claro, que para eso hay que creerlo. La fe es fundamental, pero la fe es también un tesoro que hay que buscarlo y pedirlo. Buscarlo en el abandono en el Señor, y pedirlo en el seguimiento de su Palabra. Sin embargo, sin fe, ¿en dónde pones tus esperanzas? Será muy triste deambular por el desierto de esta vida sin la esperanza de encontrar la verdadera agua que pueda calmar tu sed para siempre.

Pero, por otro lado, experimentas que el amor es lo que te da gozo y esperanza. El amor en ser considerado una buena persona. Pero, una buena persona, no según tus apreciaciones y tus verdades, sino en la Verdad Absoluta, donde reside la plena Verdad. Porque tú y yo nos equivocamos y no soportamos todo el dolor del otro. Nuestra capacidad no llega a esos límites, y nuestro egoísmo y soberbia nos puede. 

Necesitamos llenarnos de verdadero amor y para eso necesitamos de la asistencia del Espíritu Santo, que nos guía para, al final, estar entre los peces buenos, aquellos que han gastado su vida en amar.

miércoles, 2 de agosto de 2017

OYEN, PERO NO ENTIENDEN

(Mt 13,44-46)
Se hace difícil entender eso del Reino de los Cielos. ¿Qué es el Reino de los Cielo? Para sus contemporáneos era algo que no entendían. Ni Pilatos, ni el Sanedrín, ni Herodes, ni incluso, al principio, lo entendían sus discípulos, que era eso del Reino de los Cielos. Y es que el hombre si no entiende que está llamado a una vida diferente a esta, no encuentra razones para creer en otro mundo.

Ese mundo espiritual que si supo entender aquel ladrón, y que no sabemos, ni entendemos los motivos, pidiéndole que se acordará de él cuando Jesús estuviese en su Reino. Quizás tengamos nosotros que decir y pedir lo mismo, aunque hoy, por la Gracia de Dios y el testimonios de sus apóstoles, discípulos y muchos cristianos que nos han precedidos, sabemos que es Jesús ese Reino de Dios prometido, porque Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

Tratemos de abrir nuestros ojos y explorar el mundo que nos rodea. Un mundo que se mueve en espejismo de fantasías y auto engaños. Un mundo lleno de luces y colores que, pronto se apagan, y dejan traslucir el vacío, el sin sentido y la perdición. Un mundo hermoso, pero, al mismo tiempo hueco y caduco. Convendremos que en un mundo así no podremos encontrar la auténtica felicidad. Sí, habrá momentos de gozo y alegría, pero serán efímeros y con sabor amargo. 

La vida se hace luz y gozo cuando la lucha está centrada en alguien que vale la pena. Y ese Alguien es Jesús. Porque Él es la Vida Eterna y la Esperanza de un mañana perpetuo, donde Reina la Paz, la Justicia y el Amor. Sí, el Reino de Dios es semejante a un Tesoro escondido, que quien lo encuentra exulta de alegría y de paz, y se llena de esperanza, porque la muerte de este mundo no tiene la última palabra, la tiene el Señor, nuestro Señor Jesús.

En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso -Lc 23, 43-. Esa fue la respuesta de Jesús a aquel ladrón que le pidió que se acordase de él cuando estuviese en su Reino. Y también, nosotros, le decimos y pedimos eso al Señor.

martes, 1 de agosto de 2017

LA HORA FINAL

(Mt 13,36-43)
Necesitamos pararnos, y cada día se nos hace más difícil esa posibilidad. Porque, solamente parados y tranquilos podemos plantearnos nuestro camino, nuestra carrera y nuestra meta. Realmente, ¿a dónde vamos? ¿Nos lo hemos preguntado? ¿Escrudiñamos nuestro futuro? ¿Qué nos ocurre?

¿Es qué no somos capaces de pensar y reflexionar sobre nuestra vida y nuestro futuro? ¿Tan ciegos estamos? El Evangelio de hoy nos deja todo muy claro. Sólo tenemos que pararnos unos momentos y leerlos con verdadera atención, pues el retrato, si no lo sabes, de tu vida está revelado y muy bien fotografiado. 

«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles». Esta es tu radiografía. Describe con verdadera exactitud el camino que tu vida recorre y el final que le espera. Está en tu mano aprovecharla y estar entre la buena semilla, porque de quedarte entre la mala será muy malo, valga la redundancia.

«De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga». Más claro no se puede hablar, ni mejor se puede decir. Por eso, para evitar estropearlo o complicarlo con mis torpes palabras, he optado por transcribirlo del Evangelio.

Sólo decir que se hace muy necesario pensar un poco y darle importancia a lo verdaderamente importante. Ello exige serenidad, reflexión y un espacio de tiempo, que nunca es pérdida, sino ganancia. Porque lo importante es ganar la Vida Eterna.