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miércoles, 23 de agosto de 2023

¿DÓNDE BUSCAS TU FELICIDAD?

Ahí puede estar nuestro error, creer que el gozo, la paz, la seguridad y, por supuesto, la felicidad está en el dinero que da poder y seguridad. ¿Acaso no has advertido que los poderosos no son felices? Nadie podrá descansar en el dinero ni en el poder. Ambos son caminos de perdición y vacío. El mundo y la experiencia nos lo están diciendo a cada momento, ¡abre los ojos!

El gozo de la retribución de aquellos jornaleros no está en el salario recibido tanto los de la tarde como los primeros de la mañana. El gozo es sabernos en manos de un Padre bondadoso, bueno y misericordioso que quiere que todos sus hijos sean felices. No te fijes en la cantidad de horas de trabajo y su correspondencia material, sino en la Infinita Misericordia y Bondad de tu Padre Dios.

No te fijes en el traje de los demás, aprecia, valora y goza de tu traje hecho a tu medida. Con él te basta y en él te llenas de gozo y felicidad eterna. ¿O es que tratas de ponerle reparos a la Infinita Bondad y Misericordia de tu Padre Dios? ¿No te basta con alcanzar tu propio gozo y felicidad? Quizás tendremos que escudriñar dentro de nuestros corazones endurecidos y analizar nuestras impuras y mal intencionadas intenciones, valga la redundancia.

Solo la idea de trabajar en la Viña de un Amo bueno, bondadoso y misericordioso nos hace olvidar el salario y gozar de la alegría de estar en la Viña que solo sentirnos en ella nos llena de paz, gozo y eterna alegría.

domingo, 20 de septiembre de 2020

DERECHOS O MISERICORDIA

Mt 20,1-16


Nuestra idea de justicia está muy lejos de la de Dios. Mientras nosotros pensamos, a más méritos, más recompensa; a más tiempo y obras, mayor salario. Nuestra razón no alcanza a entender las razones de Dios, y mientras a nosotros nos parece que el tiempo, la cantidad y las obras son directamente proporcionales a los salarios o recompensas, con Dios no funciona así.

En la parábola que Jesús nos cuenta hoy, una hora para el Señor de la Viña puede ser suficiente para recompensarle con el salario de una jornada completa. Al parecer es el tiempo ni las muchas obras lo que premia el Señor, sino la disponibilidad, la buena intención y la actitud del corazón. Sorprende, pues, desde la razón humana, que a los últimos de esta parábola, el Señor de la Viña les pague lo mismo que a los que han trabajado todo el día. No entra en nuestras cabezas esa forma de establecer derechos y justicia.

Pero, ¿olvidamos que el Señor de la Viña, no solo nos da el trabajo sino que también es Señor del tiempo, la vida y todas nuestras obras? Por Él somos y existimos y, aunque nos ha regalado también la libertad para elegir ir, hacer y obedecer, Quizás, esa sea, aunque es también un regalo de su Amor e Infinita Misericordia, la alternativa a responderle o rechazarle.

De cualquier modo, para el Señor de la Viña, no cuentan ni las obras, ni las horas de trabajo como lo verdaderamente importante, Él solo nos pide la entrega de nuestra libertad, recibida gratuitamente, porque todo lo demás corre por su cuenta, es decir, son añadiduras que el Señor nos regala a nuestra respuesta de corazón de acudir a su llamada. ¿Acaso no nos damos cuenta que el Señor sale cada día a invitarnos a su Viña para que, auxiliados y asistidos por el Espíritu Santo, demos los frutos que a cada uno corresponde dar al amor que Él nos da?

miércoles, 23 de agosto de 2017

LA JUSTICIA DE DIOS

Mt 20,1-16
Pensemos que nosotros estamos condenados, pues creados para ser eternamente felices, por el pecado original, hemos rechazado esa felicidad regalada y condenados a la muerte. Sin embargo, la Misericordia de Dios nos ha rescatado por los méritos de su Hijo, enviado voluntariamente a dar su Vida para darnos a nosotros la posibilidad de salvarnos y vivir eternamente.

En el Evangelio de hoy se nos dice claramente, y como Dios trata con cada uno de nosotros un rescate que está garantizado, pues su Palabra es Palabra de Vida Eterna. Sin embargo, apreciamos que su Misericordia es tan grande que está por encima de la justicia, y que llamando a unos más tarde que a otros, les restribuye con el mismo salario. 

Realmente, eso no lo comprendemos ni nos corresponde. El Señor puede hacer lo que quiere, sabiendo siempre que hace lo bueno y lo justo. El Señor nos ha dado a cada un de nosotros unos talentos a negociar, y nos pedirá cuenta según los talentos entregados. Nuestra justicia está limitada por nuestra razón, pero la Justicia Divina nos sobrepasa.

Pronto entendemos que no podemos desear lo malo, porque otro sea bueno. El origen de la envidia se gesta ahí, en ese espacio de nuestra mente que aplica la justicia mirando al otro, pero la suaviza cuando se mira a sí mismo. No podemos pensar mal cuando Dios quiere ser bueno con otros, o recompensarle de la misma forma que lo ajustado conmigo.

 Porque, mi salario ya me era conocido, luego, ¿por qué me tiene a mí que parecer mal que al otro le den lo mismo que a mí? ¿No he recibido yo lo pactado? Y eso es algo que suele ocurrirnos dentro de nosotros mismos, medimos por nuestra mente y por nuestros pecados, y olvidamos cuanto no perdona el Señor. ¿Acaso merecemos nosotros el perdón que Dios nos da?

miércoles, 19 de agosto de 2015

IGUALDAD DE OPORTUNIDADES

(Mt 20,1-16)


Los derechos establecen desigualdades entre los hombres. La justicia no siempre es justa. Contradicción o paradoja resulta que los más débiles son siempre los más desfavorecidos. Porque el poder y la fuerza se alían con el derecho y la justicia. ¿Y los frágiles, inocentes y pobres? ¿Ellos no tienen derechos?

Porque su condición de menos favorecidos les destierra a los últimos derechos. No alcanzan al salario integro, ni tampoco soportan todo el peso de la jornada. Son débiles y también ignorantes. Pierden las oportunidades y les cae el peso de la tarde. Sus derechos se les escapan sin apenas advertirlo.

Aquel propietario advirtió la distracción inocente de los perdidos a la sombra de la plaza. Estaban parados porque no habían sido llamados ni sabían descubrir su situación para ser recurridos. La jornada iba ya en descenso y el día se acababa. Una vez más los inocentes y débiles sufrían la ley de los fuertes y los derechos. Derechos pensados para los poderosos y los capaces de cumplir.

Aquel propietario se compadeció de aquellos huérfanos de derechos y, llamándoles, los envío a la Viña a trabajar las horas que quedaban. Según las leyes de los hombres les corresponderían menos salario que los otros, porque su trabajo se había reducido a las últimas horas. El derecho no les cubría un salario integro. 

Los pobres llegan siempre tarde a todos los lugares. No tienen recomendaciones ni reciben favores. Son los olvidados, dispersos y casi abandonados. Perdían las últimas horas del día esperando una llamada que les aliviase el dolor y sufrimiento de sus necesidades.

Y ocurrió lo que el mundo no está preparado para entender, ni tampoco quiere aceptar. Aquellos últimos obreros fueron retribuidos con un denario. Lo que el propietario había contratado con los que acudieron a primera hora. Era lógico pensar que si ese era el precio de los últimos, los primeros alcanzarían más. Pero la sorpresa fue mayúscula. Todos fueron pagados tal cual se había estipulado al principio: un denario.

Indudablemente que protestaron porque entendía que ellos, que habían trabajado más, tenían derecho de recibir más. Pero, ¿no era ese, un denario, el precio acordado? Luego, ¿qué reclamaban? Jesús quiere significar su preferencia por los más débiles y elevarlos a la misma oportunidad. Su debilidad, su pequeñez, sus circunstancias desfavorable que les hacen ser desposeídos y marginados les granjean la simpatía y toda la atención del Señor.

Jesús ha venido a salvar a todos los hombres, pero solo puede salvar a aquellos que son humildes y pobres, y necesitan de su salvación. Porque los ricos y poderosos tienen derechos que les hacen ser suficientes sin necesitar salvación. Están ciegos.