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domingo, 4 de octubre de 2026

¿SOY BUEN ADMINISTRADOR DE TODO LO QUE DIOS ME HA REGALADO?

Mt 21, 33-43

Cuando veo la situación de muchas personas con las que me tropiezo cada día, experimento que he tenido una vida privilegiada.

Sin entrar en comparaciones, experimento que mi vida ha tenido un camino, a veces no exento de dificultades, pero también con posibilidades de mejorar.

Las preguntas que me hago ahora son las mismas que me sugiere el evangelio del día:

¿Hasta qué punto he sido yo responsable con los dones que he recibido? ¿He experimentado que mi vida me pertenece hasta el extremo de considerar todo lo que he recibido, soy y tengo mío?

—¿Cómo y por qué llegas a esas conclusiones? —preguntó Pedro.

Manuel, levantando la mirada, se fijó en él y respondió:

—Cuando veo a personas que sufren, que tienen una situación paupérrima, experimento todo lo que el Señor, que es Padre de todos, me ha regalado.

Hizo una pausa, bajó la mirada y añadió:

—Me pregunto si en la realidad me lo merezco. ¿O soy un privilegiado del Señor?

Entonces, Pedro, comentó con firmeza:

—Yo te conozco hace tiempo y sé de tus sacrificios, de tus días oscuros, de tus luchas, de tus dolores, vacilaciones y momentos difíciles… Y eso exige esfuerzo y voluntad.

Guardó un breve silencio y continuó:

—Es verdad que, normalmente, uno, a veces, se desvalora, y no sabe apreciar sus méritos. Nuestro esfuerzo es real, pero tampoco deja de ser gracia la capacidad para esforzarnos, perseverar y responder.

Manuel se encogió de hombros y, con mucha humildad, dijo:

—Es verdad que nuestra vanidad nos tienta, pero todo nos ha sido dado y regalado por nuestro Padre Dios. Así que…

Abrió la Biblia y, pacientemente, leyó:

—Del santo evangelio según san Mateo 21, 33-43:

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«Escuchad otra parábola: “Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.

Al terminar de leer todo el pasaje evangélico, comentó:

Y es que en muchas ocasiones adoptamos en nuestra vida el agradecimiento o la arrogancia de creernos los dueños de la viña, olvidando que somos criaturas referidas a Dios.

Muchos interiorizaron aquellas palabras de Manuel. Quizás también nosotros debemos preguntarnos si estamos construyendo nuestra vida sobre Cristo, la piedra angular, para que los dones recibidos puedan dar fruto.

miércoles, 23 de agosto de 2023

¿DÓNDE BUSCAS TU FELICIDAD?

Ahí puede estar nuestro error, creer que el gozo, la paz, la seguridad y, por supuesto, la felicidad está en el dinero que da poder y seguridad. ¿Acaso no has advertido que los poderosos no son felices? Nadie podrá descansar en el dinero ni en el poder. Ambos son caminos de perdición y vacío. El mundo y la experiencia nos lo están diciendo a cada momento, ¡abre los ojos!

El gozo de la retribución de aquellos jornaleros no está en el salario recibido tanto los de la tarde como los primeros de la mañana. El gozo es sabernos en manos de un Padre bondadoso, bueno y misericordioso que quiere que todos sus hijos sean felices. No te fijes en la cantidad de horas de trabajo y su correspondencia material, sino en la Infinita Misericordia y Bondad de tu Padre Dios.

No te fijes en el traje de los demás, aprecia, valora y goza de tu traje hecho a tu medida. Con él te basta y en él te llenas de gozo y felicidad eterna. ¿O es que tratas de ponerle reparos a la Infinita Bondad y Misericordia de tu Padre Dios? ¿No te basta con alcanzar tu propio gozo y felicidad? Quizás tendremos que escudriñar dentro de nuestros corazones endurecidos y analizar nuestras impuras y mal intencionadas intenciones, valga la redundancia.

Solo la idea de trabajar en la Viña de un Amo bueno, bondadoso y misericordioso nos hace olvidar el salario y gozar de la alegría de estar en la Viña que solo sentirnos en ella nos llena de paz, gozo y eterna alegría.

lunes, 4 de junio de 2018

SEÑORES Y GOBERNADORES

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Mc 12,1-12
Suele ocurrir y muchos se comportan como si así fuera. Da la impresión, que lo mismo que aquellos sacerdotes, escribas y ancianos llegaron a creerse dueños absolutos, a los que había que servir y reverenciar dócilmente, sucede también hoy con algunos de nuestros jefes eclesiásticos. En algunas circunstancias suele parecer que quien manda es el sacerdote o el obispo, y el pueblo a obedecer. Cuando la realidad y lo que debe ser es que quienes sirvan sean los obispos y sacerdotes.

Que quede claro que no digo que esto suceda, sino que en algunos momentos pueda parecer, sin descartar que haya algún caso que así sea. De cualquier forma, en tiempos de Jesús sucedió así. Aquellos sacerdotes, escribas y ancianos llegaron a creerse dueños y señores de la religión. Ellos se acostumbraron a mandar y a ser obedecidos sin rechistar, y a poner las leyes que muchas veces iban en su propio beneficio. Estaban muy bien instalados y no admitían que se les discutiera lo que ellos pensaban sobre la ley judía. Ni siquiera Dios.

Por eso, Jesús, que se les enfrentó desnudando sus egoísmos e hipocresía, les molestaba y trataron de apartarlo del medio. Precisamente, la parábola que hoy expone Jesús les descubre como aquellos viñadores que se apoderaron de la Viña que le fue alquilada y no respondieron a sus deberes como inquilinos. Incluso mataron al hijo para quedarse como herederos. También puede retratarnos a muchos de nosotros que, junto a los sacerdotes y obispos que formamos la Iglesia, podemos desviarnos de nuestra verdadera misión, que no es otra que la de servir y no ser servido. Tal y como nos revela nuestro Señor Jesucristo.

Nuestro verdadero poder es el servicio. Ya lo dijo en alguna ocasión nuestro Papa Francisco. La auténtica autoridad con la que Jesús predicó su buena Noticia fue con el servicio y con las obras. No hay mejor ejemplo que descubrir que a cada palabra corresponde una acción que la materializa en la verdad de lo proclamado. Sí, realmente se nos ha dado una Viña en arrendamiento para, cultivada y bien administrada, sirva para saciar la sed y el hambre de la Verdad que nos salva y nos lleva al verdadero Señor de la Vida y la Eternidad.

viernes, 17 de marzo de 2017

¡QUÉ PASARÁ CON NOSOTROS?

(Mt 21,33-43.45-46)
Nosotros somos el pueblo infiel. Aquellos que se incluyan en la desobediencia y en el maltrato de todos los dones recibidos. Aquellos que no integran la vida en la naturaleza e intenta que todos disfruten de ella. Aquellos que cierren sus ojos al desenfreno y la ambición de algunos que quieren y anhelan gobernar el mundo según sus propósitos e intereses. Aquellos que desestabilizan el equilibrio natural y cierran las puertas a las migraciones de los desheredados, perseguidos o explotados.

Eso sucedió y sucede cada día. Eso ocurre con los jefes y gobernantes, que desatiende la voz de la justicia y el amor fraterno y provocan el sufrimientos de muchos que buscan una vida mejor en paz y verdad. Pero, también, nosotros, los que quizás creemos y queremos estar dentro del pueblo elegido. De ese pueblo al que fue confiada la Viña del mundo y que maltratamos y destruimos, y mal repartimos. Realmente, la pregunta es, ¿qué pasará con nosotros?

El Evangelio de hoy nos lo pone muy claro. Dios te ha dejado una vida y una viña en alquiler, para que la administres y trabajes. Y, tras un periodo de tiempo, volverá a pedirte tu rendimiento, tu trabajo y tus frutos en relación también con los demás. ¿Qué le vas a decir y a dar? ¿Qué frutos cultivas para Él?

Lo que hicieron aquellos, jefes y gobernantes de la época, está muy claro. Y, hoy, Jesús nos lo refleja y expone en su Evangelio: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». 

Ahora nos toca a nosotros. ¿Cómo actuaremos y responderemos cuando venga el Señor, dueño del mundo, a pedirnos nuestro rendimiento y frutos? Será cuestión de pensárselo, porque ahora vendrá con todo su séquito y poder a hacer verdadera justicia.

lunes, 30 de mayo de 2016

LOS MIEDOS Y TEMORES NO NOS DEJAN VER AL SEÑOR

(Mc 12,1-12)

Muchas de nuestras respuestas están mediatizadas por los temores y los miedos a perder nuestro estatus cómodo y seguro. O a complicarnos la vida con preocupaciones, responsabilidades y deberes. Queremos quitarnos todo tipo de preocupación, y aumentar nuestros derechos e ir quitando deberes y compromisos.

Nos atrae la vida fácil, cómoda y sin problemas. Sin embargo, conseguida, no experimentamos esa felicidad que buscamos. Descubrimos, a veces tarde, que la felicidad que buscamos no se esconde en esa comodidad o bienestar, ni tampoco en la evasión de problemas y responsabilidades.

Hemos recibido un cuerpo con vida. Y una vida donde desarrollar esas cualidades y talentos que hemos recibido con la condición de administrarlos para el bien común, pero, nuestras debilidades y apetencias nos traicionan y nos ponen dificultades, por nuestro egoísmo, impidiéndonos administrarlos para el bien común. Esa es la historia que el Señor nos cuenta hoy en el Evangelio: «Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores, y se ausentó».  Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña. Ellos le agarraron, le golpearon y le despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió a otro siervo; también a éste le descalabraron y le insultaron. Y envió a otro y a éste le mataron; y también a otros muchos, hiriendo a unos, matando a otros. Todavía le quedaba un hijo querido; les envió a éste, el último, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero aquellos labradores dijeron entre sí: ‘Éste es el heredero. Vamos, matémosle, y será nuestra la herencia’. Le agarraron, le mataron y le echaron fuera de la viña. 

Lo que viene se deduce. Todos comprendemos que serán castigados esos labradores, y la tierra se les dará en alquiler a otros. Pero la lección que debemos de sacar de esta parábola es que somos nosotros esos labradores, y que, quizás, con nuestros comportamientos, con nuestras actitudes, con lo que callamos o proponemos buscamos de forma consciente o inconsciente matar también al hijo del dueño de la viña.

Posiblemente, también nosotros desechamos la piedra que también desecharon los arquitectos, la piedra angular, que es Cristo. Y lo hacemos sin darnos cuenta, en las cosas sencillas de cada día, instalados en lo fácil y cómodo. Porque quien es fiel en lo poco, también lo será en lo mucho. Pidamos no quedarnos instalados ni acomodados, sino estar siempre mirando como servir y cumplir mejor en el camino de avanzar hacia la perfección.

lunes, 1 de junio de 2015

LA VIÑA DE NUESTRA VIDA

(Mc 12,1-12)


Somos una viña plantada por el Señor. Esa es la metáfora del Evangelio de hoy. El Señor nos ha creado y nos ha creado para darnos vida en abundancia. Vida gozosa y feliz para siempre. Somos cada uno la viña del Señor. Una viña que debemos cuidar y cultivar con la Gracia del Espíritu Santo para dar los frutos que el Señor espera de cada uno de nosotros.

Nuestro huerto es la Iglesia y el mundo que nos toca vivir. Es ahí en donde vivimos el lugar que debemos cultivar y de donde esforzarnos en sacar frutos. Pero sólo lo conseguiremos con el agua de la Gracia en el Espíritu Santo. Usando otros tipos de aguas y abonos se estropearan los frutos, porque solo con el Agua que proporciona Amor de Dios podremos superar todas las dificultades y virus que nos atacan y amenazan con estropear la cosecha.

No es fácil poner en rendimiento la viña de nuestro propio ser. Nos irritamos si nos advierten o ponen alguna objeción, o se nos pide algún rendimiento. O se nos llama la atención por cierto error o descuido. Nos creemos los dueños y con derecho hasta a exigir, y nos resulta difícil aceptar recomendaciones, consejos, y menos órdenes que vengan de afuera. No aceptamos que nadie nos venga a pedir cuenta. En definitiva, nuestra propia viña la dirigimos nosotros.

Y hemos expulsados a todos los que nos exigen frutos. Somos los dueños de nuestros propios frutos. No queremos que nadie nos venga a expropiar o mandar en lo nuestro. Y sin darnos cuenta, de siervos a los que se les ha prestado una viña para cultivar y dar frutos, pasamos a siervos que se creen dueños y se apropian de su propia vida y la administran como quieren. De esa forma, el mundo, donde se encuentra también nuestra viña, produce frutos podridos y enfermos, porque están cultivados con el agua mala, agua de envidia, de rencores, de egos y venganzas.

Así está el mundo, necesitado del alimento Eucarístico para fortalecerse desde la raíz y, regada por la Gracia del Espíritu, dar los frutos que el Señor, dueño de la Viña espera.