| Jn 1, 19-28 |
Entonces Manuel miró a los
demás y agregó:
—Una prueba de ello es
observar qué ocurre cuando alguien se gana un premio. ¿Se lo calla, o enseguida
anuncia que le ha tocado la lotería?
Un susurro recorrió a los
participantes de la tertulia, aprobando la apreciación mientras se cruzaban
miradas cómplices.
—Es algo innato a la
naturaleza del hombre —dijo Pedro—. La alegría no se puede esconder ni callar;
se exterioriza y se comparte con gusto y gozo.
Manuel, aprovechando aquella
intervención tan oportuna, añadió:
—Tanto las penas como las
alegrías nos sentimos inclinados a compartirlas. Y experimentamos que, al
hacerlo, las penas disminuyen y las alegrías aumentan.
Dejó pasar unos segundos y,
retomando la palabra, concluyó:
—No se puede entender a un
cristiano que no esté alegre por saber que Jesús, el Señor, está con él. Ni
tampoco que esa alegría no la manifieste y la comparta con otros. No solo por
su propio gozo, sino para que otros lo conozcan y lo vivan también.
Se hizo un silencio. Pero en
el ambiente flotaba ya el entusiasmo y la alegría de saberse en la presencia
del Señor.
Entonces Manuel, abriendo su
Evangelio de cada día, leyó:
—Juan 1, 19-28. Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas para preguntarle: «¿Tú quién eres?». Él confesó y no negó…
Todos escucharon cómo Juan daba testimonio del Mesías prometido, quitándose él del medio y orientando hacia Jesús, Aquel de quien no era digno de desatarle la correa de la sandalia.
A medida que Manuel hablaba,
cada uno, mirándose por dentro, se preguntaba si realmente contagiaba esa
alegría de saberse salvado por el Señor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Compartir es esforzarnos en conocernos, y conociéndonos podemos querernos un poco más.
Tu comentario se hace importante y necesario.