viernes, 2 de enero de 2026

AQUEL QUE ORIENTA HACIA JESÚS

Jn 1, 19-28

     La experiencia nos descubre que las alegrías no se pueden guardar. Necesitan exteriorizarse, compartirse, para que sean aún más grandes.

    —¿Alguien conoce —dijo Manuel— o ha visto a alguien que, tras vivir una alegría, permanezca callado? Y, si así fuera, ¿no se nota en su comportamiento algo extraño que lo delata?
    —¡Es verdad! —puntualizó Fernando—. Cuando recibimos una alegría, nuestra reacción inmediata es darla a conocer.

    Entonces Manuel miró a los demás y agregó:

   —Una prueba de ello es observar qué ocurre cuando alguien se gana un premio. ¿Se lo calla, o enseguida anuncia que le ha tocado la lotería?

   Un susurro recorrió a los participantes de la tertulia, aprobando la apreciación mientras se cruzaban miradas cómplices.

   —Es algo innato a la naturaleza del hombre —dijo Pedro—. La alegría no se puede esconder ni callar; se exterioriza y se comparte con gusto y gozo.

    Manuel, aprovechando aquella intervención tan oportuna, añadió:

  —Tanto las penas como las alegrías nos sentimos inclinados a compartirlas. Y experimentamos que, al hacerlo, las penas disminuyen y las alegrías aumentan.

     Dejó pasar unos segundos y, retomando la palabra, concluyó:

    —No se puede entender a un cristiano que no esté alegre por saber que Jesús, el Señor, está con él. Ni tampoco que esa alegría no la manifieste y la comparta con otros. No solo por su propio gozo, sino para que otros lo conozcan y lo vivan también.

    Se hizo un silencio. Pero en el ambiente flotaba ya el entusiasmo y la alegría de saberse en la presencia del Señor.

    Entonces Manuel, abriendo su Evangelio de cada día, leyó:

    —Juan 1, 19-28. Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas para preguntarle: «¿Tú quién eres?». Él confesó y no negó…

   Todos escucharon cómo Juan daba testimonio del Mesías prometido, quitándose él del medio y orientando hacia Jesús, Aquel de quien no era digno de desatarle la correa de la sandalia.

   A medida que Manuel hablaba, cada uno, mirándose por dentro, se preguntaba si realmente contagiaba esa alegría de saberse salvado por el Señor.

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