| Lc 2, 16-21 |
Desde ese punto de vista, le
damos más importancia a lo grande y espectacular, mientras lo pequeño lo
miramos con cierta indiferencia.
Desde esta perspectiva,
Manuel se dirigía a los tertulianos. Reflexionaban sobre el valor de lo
aparente frente a lo real.
Teodoro, uno de los
tertulianos más antiguos, no pudo quedarse callado, y agregó:
—Pero es lo que se ve, y en
ese momento se hace realidad. Al menos para el que lo ve.
Manuel esbozó una sonrisa en
su rostro, y con gran paciencia y ternura, respondió:
—En ese momento está
aceptando una mentira por una verdad. Una apariencia que esconde una realidad,
lo que realmente es. Y eso no tiene valor. Es falso.
Permaneció unos breves
segundos mirándolos, y tras una pausa, añadió:
—Les invito a que lean el pasaje evangélico de
Lucas 2, 16-21. Jesús no solo nace pobre, sino que quienes le visitan son los
pastores, despreciados de la sociedad, que son bienvenidos y acogidos por la familia.
El semblante de sus caras
había cambiado. Ahora percibían que el valor de las cosas no está en lo que se
ve, sino en lo que se es.
Tras observar la
transformación de sus caras, Manuel concluyó con estas palabras:
—Ha venido a liberar y
salvar a los humildes, despreciados, pecadores. Porque son ellos los únicos que
se dejan acoger por ese niño tan pequeño y humilde, que se nos regala.
El encuentro con los
pastores tiene sus consecuencias: ver al otro desde lo que es y no desde los
estereotipos o prejuicios, descubrir cómo la cercanía con lo pequeño genera
agradecimiento, seguir esperando en las promesas de Dios, vivir desde la
esperanza.
¡FELIZ AÑO 2016!
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