| Jn 1, 1-5. 9-14 |
Sentado en la terraza,
Agustín reflexionaba de esa forma. No cabía en su cabeza que la vida del ser
humano acabase con su muerte en este mundo.
Paró su pensamiento y
permaneció unos segundos en silencio.
Arrugó su frente como extrañado de que algunos
de sus amigos no se hicieran esa pregunta. Sin embargo, todos temían la
enfermedad y buscaban la salud.
«¿No es eso un hecho que prueba el deseo de
eternidad?», pensó.
Oyó un saludo a su
espalda; no se había dado cuenta, distraído en su reflexión, de la llegada de
varios tertulianos.
Pedro, uno de los recién
llegados, observó que Agustín estaba muy pensativo. Intuyó como que algo le
preocupaba. Y sin más vacilación se decidió a preguntarle.
Pedro, sorprendido por
la pregunta, se quedó algo confuso sin saber qué responder. No esperaba esa
respuesta.
Manuel, que se
encontraba entre ellos y que había escuchado toda la conversación, decidió
intervenir y dar su opinión.
—Según mi criterio —dijo
Manuel, levantando los brazos para llamar la atención—, el hombre ha sido
creado para vivir eternamente. Juan lo expone claramente en su evangelio 1,
1-5. 9-14. Somos el hogar de Dios. Hogar como espacio de encuentro, de diálogo,
de calor y crecimiento…
Dejó de hablar. Hizo un
breve silencio mirando para los que le escuchaban, y precisando sus palabras,
dijo:
—A nosotros viene un
Dios que es Verbo, Palabra, Comunicación y Diálogo. Está presente en todo, nos
busca y sueña con hacerse cercano y morar a nuestro lado.
Hizo una pausa. Tomó un
poco de agua como para hacer tiempo y refrescar su garganta. Y con una mirada
llena de ternura y cariño, sobre todo en Agustín, concluyó:
—Ahora, ¿alguien pone en
duda que un Dios que se abaja, tomando nuestra naturaleza y morando entre
nosotros, no quiere que vivamos eternamente a su lado? ¿Y no nos lo mostró con
su Muerte y Resurrección?
La cara de Agustín se
iluminó.
—Claro, nos lo ha dicho:
Quien cree en Mí, vivirá eternamente (Jn 11, 25-26).
Evidentemente, somos la
debilidad de nuestro Dios. Nos ha creado para la felicidad, después de vivir en
este desierto —llamado mundo— y, libremente, optar por reunirnos con Él para la
eternidad.
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