| Jn 1, 43-51 |
Cansado, buscó un lugar
donde descansar. Era un sitio solitario, silencioso y, aparentemente, cómodo.
Le pareció adecuado y se tumbó a la sombra de unos árboles que lo protegían del
sol. Allí, algo más tranquilo, trataba de poner sus ideas en orden.
Tras un buen rato, abrió los
ojos y tomó conciencia de dónde estaba.
«¡Dios mío! —pensó—, me he dormido».
Se tocó por todas partes,
como buscando si le faltaba algo.
«Todo está bien», se dijo.
Se levantó, miró alrededor y
todo le parecía normal. Se había dormido casi sin darse cuenta, de repente,
como si se hubiese desmayado. Sin embargo, tenía la presunción de que alguien
le había hablado, de que alguien lo había llamado.
Quedó en silencio,
pensativo, sin llegar a aclararse. Era solo una sensación, difusa pero real, de
haber escuchado una voz mientras dormía.
Algo confuso, emprendió el
camino de regreso. Y, sin embargo, percibía que estaba tranquilo, más animado,
más esperanzado.
Se detuvo un instante y miró
a su alrededor.
«No sé… parece que alguien
me sigue», se dijo en voz baja.
A medida que se acercaba a
su lugar, iba comprendiendo que aquella experiencia no tenía una explicación
clara.
«También en lo conocido se esconden voces que nos invitan a reconocer llamadas. Encuentros que, a veces, despiertan sospechas por los prejuicios, pero que también generan confianza y entusiasmo… encuentros que nos valen la vida».
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