| Mt 4, 12-17. 23-25 |
Un día de esos que
Javier solía salir a caminar y que tanto le gustaban, no reparó en su linterna.
Eso sí, la llevaba, pero olvidó revisar su batería.
Sucedió que, al cruzar
por un frondoso sendero, sus guardianes gigantes no dejaban pasar la luz del
sol. La noche apareció como una magia imprevisible y el camino se tornó oscuro.
Instintivamente echó
mano al bolsillo y sacó su linterna, dibujando una agradable sonrisa en sus
mejillas. Pero su cara cambió como un relámpago: se frunció y sus ojos se
abrieron como lámparas de asombro al comprobar que la luz no aparecía.
—¡Dios mío, las pilas
están agotadas! ¡No veo nada! —gritó desesperado.
Se había olvidado de
cambiarlas, y también de traer repuesto.
«¿Qué hago ahora?»,
pensó. «Se ha hecho tarde y no veo el camino de regreso».
Algo desesperado y
temeroso de no poder avanzar, Javier no quería pensar que tuviera que pasar la
noche en el bosque. El frío era insoportable y no había venido preparado para
afrontar una situación así.
Entonces, dejando caer
sus rodillas sobre la ya húmeda espesura, abrió los brazos en cruz y dijo:
—¡Oh, Dios, Tú que
alumbras a los pueblos el camino de salvación, dame ahora, en este momento en
que las tinieblas oscurecen mi camino, la luz suficiente para encontrar el
sendero de regreso a mi casa!
Permaneció unos minutos
arrodillado, con la cabeza recogida entre los brazos. No se atrevía a mirar; la
oscuridad le daba miedo. La noche caía irremisiblemente sobre el silencioso
bosque.
Pasado un largo rato,
apartó lentamente los brazos y abrió uno de sus ojos. Miró y todo seguía igual.
Sin embargo, al mover la cabeza, ya con ambos ojos abiertos, le pareció
distinguir un rayo de luz que venía de la luna. Eso, al menos, quiso imaginar.
Vacilante, pero movido
por un deseo interior que le animaba, comenzó a caminar en la dirección que ese
débil pero orientador haz de luz le indicaba. No sabía si era el camino
correcto, pero era lo único que veía, y un sentimiento profundo lo empujaba a seguir.
Varias veces se detuvo
y, tembloroso, susurraba:
—¿Eres Tú, Señor?
Experimentaba que
alguien lo impulsaba a caminar, y así continuó durante un buen trecho.
El cansancio empezaba a
apoderarse de él. No sabía si se acercaba o se alejaba. Estaba a punto de
romper en lágrimas y gritos de desesperación cuando divisó una luz tenue a lo
lejos. Su corazón retumbó de esperanza y un impulso interior lo movió a seguir.
Al cabo de un buen rato,
sollozando de alegría, gritó:
—¡Es mi casa, es mi
casa!
Se arrodilló y dio
gracias a Dios.
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