| Mc 1, 40-45 |
A Hermenegildo le costaba confiar. Los duros golpes recibidos en su vida le habían endurecido el corazón. Desconfiaba de todos y procuraba alejarse de quien le intimidara o le propusiera algo nuevo.
Las cosas del mundo acaparaban toda su atención. No tenía tiempo ni para escuchar ni para pensar. Sus anhelos estaban centrados en su propio ego y en su seguridad personal. Difícilmente entablaba relación con alguien.
En cierta ocasión, por necesidad y sin otra opción, tuvo que acercarse a alguien para pedirle un favor. Quedó sorprendido cuando aquella persona le respondió con amabilidad y ternura y, sin ningún interés, de manera totalmente gratuita, accedió a su petición.
Le costó darle gracias. Nunca había tenido que hacerlo de verdad. Él, que se jactaba de su indolencia y desconfianza, había recibido una lección inesperada: dar sin esperar recibir. Eso no entraba en sus cálculos ni en su forma de ver la vida.
Con cierta timidez, movido por la curiosidad y la sorpresa, se acercó de nuevo y se atrevió a preguntar:
—Perdone si mi pregunta es inoportuna, pero me ha conmovido su reacción ante mi petición de ayuda y, sobre todo, la manera en que ha actuado. ¿Hay algún motivo para haber reaccionado así?
La persona lo miró con ternura y cariño. Percibiendo la extrañeza de Hermenegildo, le respondió:
—No, ninguno en especial. Simplemente porque el verdadero gozo se esconde más en dar que en recibir. La experiencia me lo ha ido enseñando a lo largo de mi vida.
Algo confuso y perplejo, Hermenegildo replicó:
—¿Es que no ha tenido ningún contratiempo, desengaño o traición que le haga pensar que no se puede confiar en las personas?
Entonces, levantando las manos al cielo y con voz suave y segura, aquella persona dijo:
—Hay una Persona que nos ha enseñado a dar sin esperar nada a cambio. Se acerca a nosotros con compasión y ternura y nos regala la vida gratuitamente. Nos impulsa a que también nosotros hagamos lo mismo, de manera callada y silenciosa.
—No conozco a nadie así —respondió Hermenegildo—. Al menos, en mi vida no lo he descubierto.
Entonces, la misteriosa persona sacó de su bolsillo un pequeño evangelio y leyó en voz alta un pasaje del Evangelio según san Marcos:
Marcos 1, 40-45:
En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
«Si quieres, puedes limpiarme».
Compadecido, extendió su mano, lo tocó y le dijo:
«Quiero: queda limpio» …
Al terminar, lo miró con afecto y añadió:
—Es el Señor. A Él acudimos y de Él recibimos; y, una vez sanados, encontramos la fortaleza para intentar hacer lo mismo con los demás.
Interiormente, Hermenegildo sintió una sacudida. Tenía la sensación de que su corazón, endurecido por los golpes de la vida, comenzaba a ablandarse. Algo nuevo despertaba en su interior. Su rostro reflejaba la convicción de que amar implicaba confiar.
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