miércoles, 14 de enero de 2026

PRESENTE ENTRE NOSOTROS

Mc 1, 29-39

Gozaba de la vida y era feliz. Todo le venía rodado y no sabía nada de sufrimientos ni de problemas. Para él, la vida era alegría y pasarlo bien.

Para Juan Fernando, el tiempo consistía en buscar cómo disfrutar e inventar maneras de entretenerse. Apartaba de su camino todo aquello que le molestaba o entristecía. No reparaba en nada ni en nadie. Y menos aún le importaba quiénes tenían problemas o sufrían por diversas causas.

En su necedad llegó a pensar que siempre estaría así, que nada le impediría ser feliz. Pero le llegó el tiempo de la decadencia y la enfermedad, y el panorama cambió. Entonces su rostro empezó a transformarse. Ya no era el mismo: experimentó el dolor y el sufrimiento.

Un día, por prescripción facultativa, trató de dar un largo paseo. Llegó hasta un lugar donde sintió deseos de descansar. Apartó una silla y tomó asiento.

Pronto alguien muy diligente y amable se le acercó.

—Buenos días, ¿desea tomar algo el señor? —le dijo cortésmente Santiago, el camarero de la terraza.

—Buenos días, ¿podría usted traerme un refresco, por favor? —respondió Juan Fernando.

—Enseguida, señor —dijo Santiago, apresurándose a servirle.

Era uno de esos días en los que sientes el deseo de pasear y aspirar la brisa suave, mientras contemplas ese manto azul con el que se engalana el horizonte que se abre ante tus ojos.

La tertulia estaba animada. Justo en esos instantes en que había llegado Juan Fernando, el tema que se debatía versaba sobre el dolor.

—Cuando experimentas dolor, sufres, pero ese sufrimiento te hace pensar y darte cuenta de que tu vida no está en tus manos; se te escapa —decía Pedro.

—Es cierto —respondió Manuel—, y por medio de él te planteas la necesidad de buscar a alguien que pueda curarte. De otro modo, no darías ese paso.

En ese momento, el corazón de Juan Fernando, que escuchaba atentamente, dio un sobresalto. Le pareció escuchar una voz interior que le decía:

—¿Y tú, por qué no buscas también?

—¿A qué clase de búsqueda te refieres? —exclamó Pedro, algo extrañado por la opción que había planteado Manuel.

—Al único que puede curarte —respondió Manuel—. Al Señor Jesús, a quien le llevaban todos los enfermos y endemoniados (Mc 1, 29-39). La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios.

Todos se sobrecogieron y se miraron con asombro.

Mientras tanto, Juan Fernando había cambiado su semblante. Su rostro volvió a reflejar gozo y alegría: había encontrado a quien podía sanarle o, al menos, consolarle y llenarle de esperanza. Ahora la vida tenía otro sentido y otro camino.

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