| Mc 3, 22-30 |
Hay cosas que se hacen difíciles de entender. Mientras Juan se afanaba en hacer el bien, otros le criticaban y trataban de impedírselo, acusándolo de traer malas intenciones y estar aliado con el mal.
Tenemos que llegar a la conclusión de que hay mentes que parecen brillantes, pero viven en las tinieblas hasta el extremo de enfrentarse al bien con el mal. Muchos son capaces de llegar a decir cosas que no se corresponden con la verdad.
Nadie puede luchar contra sí mismo, porque lo que lograría sería destruirse. Por lo tanto, es disparatado acusar al que hace el bien asociándolo con el mal, pues sería contradictorio pensar que el mal se elimina a sí mismo.
Sin embargo, la realidad es que estas cosas suceden en la vida hasta el extremo de que muchos se condenan a sí mismos rechazando la oportunidad de ser perdonados.
La tertulia estaba hoy animada con este tema de fondo. Manuel había planteado reflexionar sobre el evangelio de Mc 3, 22-30 y la necesidad de perdonar había salido a la palestra.
—Cuando tú mismo te niegas la posibilidad de ser perdonado, tú mismo te estás condenando —propuso Pedro con firmeza.
—Así es, querido amigo —respondió Manuel—, enfrentarse consigo mismo es destruirse a sí mismo. Y tal como dice el Evangelio de Marcos, Jesús no podría estar expulsando los demonios con el poder del demonio. Eso significaría que el propio demonio se destruye.
—Entonces, ¿por qué decían aquellos escribas que Jesús estaba aliado con el diablo? —preguntó un tertuliano algo extrañado y confuso.
Manuel, con gran paciencia y mirando a todos los presentes, dijo:
—Realmente uno queda sorprendido de hasta dónde pueden llegar la ceguera y la malicia humanas, en este caso de unos letrados.
Hizo una parada, tomó un poco de agua y, llamando la atención para que no se despistaran, continuó
—Tienen delante la Bondad en persona, Jesús, el humilde de corazón, el único Inocente, y no se enteran. Se supone que ellos son los entendidos, los que conocen las cosas de Dios para ayudar al pueblo, y resulta que no solo no lo reconocen, sino que lo acusan de diabólico.
Todo había quedado claro. Cuando no se quieren ver las cosas tal cual son, la mente se nubla, el corazón se endurece y la envidia termina por destruirlos a sí mismos.
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