miércoles, 21 de enero de 2026

CORAZONES ENDURECIDOS

Mc 3, 1-6

Roberto luchaba por resistirse a ese sentimiento de envidia que experimentaba al comprobar las buenas acciones de su hermano Juan. Quería evitar tales resentimientos, pero la dureza de su corazón se lo impedía.

Por el contrario, Juan no advertía los celos de su hermano ni era consciente de lo que le podía estar pasando. Su buen corazón derramaba, una y mil veces, buenas obras sobre quienes lo necesitaban.

Cansado de su lucha interior, Roberto decidió buscar algún medio para desacreditar a su hermano. Buscó a alguien que, a cambio de algún favor, estuviera dispuesto a criticarlo y a afearle su buena acción.

Y así, puestos de acuerdo, prepararon la estrategia.

Era la hora del mediodía y, atraído por el buen aroma del café de la terraza, Juan sintió deseos de tomar uno. Se acercó, tomó asiento y, señalando al camarero, le hizo señas para que viniera.

—Buenos días —dijo sonriendo—, ¿me puede servir un café?

—Enseguida —respondió Santiago, el camarero.

En la mesa de al lado estaba sentado el cómplice, que había preparado la estrategia con Roberto para ridiculizar a Juan.

—Señor —dijo llamando a Santiago—, ¿no se ha dado cuenta de que llevo aquí un rato y usted no me ha atendido?

Santiago quedó sorprendido, pues no había visto a nadie en aquella mesa. Al no estar seguro, dijo:

—Perdone, pero no me he dado cuenta. Posiblemente me habré despistado.

—Pues debe tener usted más cuidado —respondió el cómplice, echando una mirada recelosa hacia Juan.

Al ver a Santiago algo preocupado, Juan quiso disculparlo. Dirigiéndose al señor que le había llamado la atención, procuró justificarlo:

—Perdone, señor, pero quiero pedirle disculpas por el camarero. Imagino que no lo habrá visto. Yo tampoco me he dado cuenta, pues de haberlo visto se lo habría dicho. Siento que haya ocurrido esto.

La ocasión se le brindó tal como había pensado. El cómplice aprovechó ese momento para ridiculizar a Juan.

—Con usted no va esto. No tiene que meterse donde no le han llamado. ¿O es que usted está siempre queriendo destacar y que vean sus buenas obras?

Juan quedó desconcertado. Sintió como una puñalada en el corazón. No entendía esa respuesta tan brusca y dura. ¿Cómo se podía contestar de esa forma?

Entonces, como movido por la compasión y la misericordia, lo miró suavemente y dijo:

—Perdone usted si le he importunado.

Se hizo un breve silencio en la terraza. Todos quedaron sobrecogidos y emocionados al escuchar la respuesta de Juan. Aquella actitud se convertía en una buena obra más en su haber.

En ese momento, se oyó una voz serena y con gran autoridad:

—Perdonen mi intervención, pero yo, afortunadamente, estaba aquí antes de que llegaran ustedes dos. He observado que este señor —señalando al cómplice— llegó después de usted.

Hizo una pausa y, mirando al cómplice con cierta ira y dolor por su mala intención, concluyó:

—Hay momentos en que se hacen cosas sin fundamento, quizás movidos por la envidia u otras razones. Eternos enemigos llegan a unirse con tal de fastidiar al que, con su buen obrar, les molesta.

Todos lo habían entendido. Quienes trataron de ridiculizar el bien obrar, quedaron ellos mismos ridiculizados.

Más tarde, Juan abrió su Evangelio y meditó el pasaje de (Mc 3,1-6):

«En aquel tiempo, entró Jesús de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle… En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra Él para ver cómo eliminarle.»

Su rostro reflejó un semblante de gozo y satisfacción. También el Señor había experimentado esas mismas situaciones.

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