| Mc 3, 20-21 |
A veces la fama no se corresponde con la felicidad que se espera. Muchos piensan que, siendo famosos, serán más felices; sin embargo, en no pocas ocasiones sucede justamente lo contrario.
Alfonso, asediado por su popularidad, no tenía tiempo ni siquiera para comer. Todos lo buscaban para que les solucionara sus problemas. Y otros, los discordantes, los que veían en peligro su posición y su poder, trataban de desacreditarlo, presentándolo como alguien que había perdido la razón.
Y, casi sin darnos cuenta, muchos nos dejamos influir por esas voces que llegan a nuestros oídos, hasta el punto de presionar para que lo aparten de la vida pública y le callen la boca.
Alfonso no iba a ser la excepción. Sus familiares, cansados de tanto chismorreo, llegaron a pensar como quienes lo criticaban. Le buscaban para llevárselo, porque les decían que estaba fuera de sí.
—¿No crees, Manuel —dijo Pedro— que la fama es causa de mucha envidia?
—Así es —respondió Manuel—. Por desgracia, muchos no aceptan el bien que hacen otros y, con tal de prevalecer, los desacreditan.
La tertulia estaba animada. Manuel y Pedro hablaban del tributo de la fama y de los problemas a los que se enfrentan quienes deciden mantenerse fieles a su palabra y a su misión.
Andrés, no muy conforme y buscando la raíz de esos enfrentamientos, preguntó:
—¿Sabe alguno la razón de por qué pasan estas cosas y podría explicármelo?
Entonces Manuel, buscando en su Biblia el pasaje evangélico de Mc 3,20-21, leyó:
«En aquel tiempo, Jesús volvió a casa y se aglomeró otra vez la muchedumbre, de modo que no podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de Él, pues decían: “Está fuera de sí”».
Hizo una pausa. Cerró la Biblia y, levantando la mirada, dijo:
—No es cosa de hoy ni tampoco nueva. Jesús ya lo sufrió en sus propias carnes. Sus familiares trataron de prevenirlo e influir en Él para que se retirara y dejara de hacer lo que hacía.
Entonces Andrés, algo serio y dubitativo, comentó:
—¿Pensaron que estaba loco?
—Quizá por miedo —respondió Manuel—, o porque no lo entendían del todo, llegaron a dudar. Eso queda en la conciencia de cada uno.
Hizo un gesto con el brazo para que no se despistaran y añadió:
—¿Y nosotros? ¿Qué pensamos nosotros? Después de más de dos mil años, ¿cuál es nuestra conclusión? Discernir nuestro pensamiento puede ayudarnos a comprender también la actitud de sus propios familiares.
Todos asintieron. La clave no estaba en juzgar, sino en preguntarse qué creemos nosotros hoy.
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