| Mc 2, 18-22 |
Juan cumplía a rajatabla todo lo que las normas o preceptos ordenaban. No entendía hacerlo de otra forma y, además, le fastidiaba que otros no lo hicieran.
Un día, mientras ayunaba como lo mandaba la ley, le sentó muy mal ver a unos compañeros disfrutando y pasándolo bien con un invitado que les había visitado ese día.
—¿No saben que hoy es día de guardar ayuno? —les dijo molesto.
—Tenemos a un amigo que hacía mucho tiempo que no veíamos y hemos hecho una fiesta para recibirle y celebrarlo.
—Pero la ley está primero —respondió Juan con vehemencia.
Ninguno se atrevió a contestarle, pero tampoco le hicieron caso. Hicieron como que no oyeron y siguieron su celebración.
Juan refunfuñó airadamente y les lanzó insultos y críticas, comparándolos de forma despectiva con los inobservantes.
Algo desconcertados, el grupo de amigos se alejó en silencio y continuó su celebración en otro lugar. Entendieron que era mejor retirarse antes de entrar en discusión.
Sin embargo, sucedió algo extraño: un transeúnte que pasaba en ese momento observó la escena y, tras la retirada del grupo, miró a Juan y, replicándole su conducta, le dijo:
—Hace usted muy mal, amigo. La ley no está reñida con la alegría ni con la paz. Urge obedecer antes que sacrificar. Y la obediencia demanda acogida, servicio, celebración, libertad, amor y paz antes que mero cumplimiento.
—Pero la ley es… —quiso responder Juan.
—Para servir al hombre —le interrumpió el transeúnte—. Llegarán días en que lo necesario será sacrificarse.
Levantó el brazo y, con la palma de la mano, indicó a Juan que esperara. Luego sacó de su agenda el pequeño evangelio y dijo:
—Jesús lo deja muy claro en el pasaje de —Mc 2, 18-22— cuando dice:
«¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? …».
Hizo un silencio, miró a Juan con amabilidad y ternura, y añadió:
—Nos llama amigos y nos invita a relacionarnos con Él desde la alegría y la celebración. “No hay nada más triste que un cristiano triste”, especialmente cuando perdemos la paz por nimiedades, nos comparamos o criticamos a los demás.
Juan se quedó pensativo. Empezaba a reconocer que sus palabras y su enfado no eran la forma más adecuada de comportarse ni de corregir.
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