martes, 3 de febrero de 2026

LA FE MUEVE AL CONTACTO

Mc 5, 21-43

Estaba desesperado y casi a punto de hacer una locura. Caminaba sin rumbo y no encontraba consuelo. Buscaba un lugar alejado de todo bullicio; deseaba encontrarse consigo mismo y librar su propia batalla.

Sabía que el tiempo corría en su contra. Su enfermedad lo controlaba y se veía impotente para detenerla. Acomodado debajo de un frondoso árbol, reflexionaba sobre su situación.

«Si me quedo quieto, ella avanzará hasta destruirme», pensó. «Necesito moverme, hacer algo que pueda darme, al menos, esperanza».

Se sobrepuso y emprendió el camino. De regreso a su espacio, se le ocurrió dar un rodeo que, sin saber cómo, le llevó a pasar por la terraza. Ese lugar mágico para algunos, donde se daban debates y charlas que hacían mucho bien y de los que se hablaba hasta de milagros.

Atraído por la cantidad de gente congregada, se paró y acertó a escuchar a alguien que decía:

—Muchos acudían a Él para que los curara —hablaba Manuel en una de sus acostumbradas charlas con los tertulianos—; en este caso es un jefe de sinagoga, llamado Jairo, quien se le acerca y, echado a sus pies, le pide que imponga sus manos sobre su hija, que está en las últimas, para que se cure y viva.

«Y casi sin darse cuenta, Tomás estaba escuchando.

Manuel hizo una pausa, miró a su alrededor, pues se había congregado bastante gente, y, seguro de sí mismo, continuó.

—Una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años y se había gastado toda su fortuna en manos de médicos, sin ningún resultado, se atrevió, aprovechando aquel apretujamiento, a tocarle el manto, y quedó inmediatamente curada.

Dejó de hablar, haciendo un breve silencio. Tomó un poco de aire y, abriendo sus manos, dijo:

—¿Por qué digo esto? Porque Jesús es la respuesta a todos nuestros problemas. En Él están todas nuestras esperanzas y a Él acudimos cuando necesitamos que nos cure de todas nuestras enfermedades, físicas y espirituales.

Volvió a hacer un breve silencio e, invitando a que lo comprobasen, les indicó el evangelio de Marcos 5, 21-43, donde podían leer esos milagros que hizo Jesús.

Y con una voz que derramaba esperanza y entusiasmo, concluyó:

—Hoy también, para los que lo buscan y piden con fe, Jesús cura y sana.

En aquel momento, Tomás, con las mejillas bañadas por sus lágrimas, continuó su camino hacia su casa. Su llanto se fue transformando en alegría y su rostro quedó transformado por una paz que transparentaba esperanza. Él también había, con su corazón, tocado con su fe el manto del Señor.

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