| Mc 8, 11-13 |
—¿Creen ustedes que, presentado un signo y aclarado el misterio, haría falta la Pasión del Señor?
Hizo una parada y, tomando resuello, continuó:
—¿Habría sido necesario encarnarse para luego dejar claro que el encarnado era hijo de Dios de una manera evidente, accediendo a presentar los signos que le pedían? —decía Manuel a los que se habían congregado en la terraza.
Todos permanecieron callados. Obviamente, era un absurdo venir a este mundo, tomar la naturaleza humana, integrarse en la sociedad, nacer, vivir y crecer pobremente para luego mostrar su poder a los fariseos y concederles las pruebas que le pedían.
—Reclamar signos, exigir certezas, exhortar al otro para que nos dé evidencias sería contradictorio con la incertidumbre de José; al nacimiento en la paupérrima pobreza de Jesús; a las penurias y sufrimiento en la huida a Egipto.
Miró a todos con una mirada desafiante y dijo:
—Responder a la petición farisaica sería ilógico a todo lo acontecido antes. ¿Para qué lo primero, si luego quedase claro con lo segundo?
Hizo una pausa, esperó unos segundos y, observando sus caras de impotencia y sin réplica, concluyó:
—¿Para qué entonces la fe?
Nadie supo qué responder. Era evidente: pedir un signo elimina toda exigencia de fe. Presentada la prueba, no hay ninguna necesidad de creer; estás delante, lo estás viendo con tus propios ojos.
Nos sucederá eso cuando estemos delante del Señor. Desaparecerán la esperanza y la fe; solo permanecerá eternamente el amor.
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