| Mc 7, 24-30 |
La vida era dura y más en aquella comarca donde había distinción de clase y dignidad. Para unos, todo eran derechos y privilegios; para otros, obligaciones y trabajos. Mientras unos ocupaban la primacía, otros eran los sin derechos, extranjeros o esclavos.
La fama de Virgilio se había extendido por todo el país. La noticia de sus curaciones recorría todos los lugares y, en consecuencia de su gran fama, muchos venían buscando la curación de sus males.
Sucedió que una mujer, de clase baja, pudo llegar a él y, postrándose a sus pies, le imploró la curación de su hija. Virgilio, al notar su condición de extranjera y esclava, pensó: «No es de mi incumbencia», y con un gesto frío le negó su intervención.
La mujer se resistía a que su hija no fuese curada y, aun importunando, insistía en que la vida de los esclavos también tenía su valor.
En ese momento, un señor que casualmente se encontraba allí, dando un paso adelante, decidió intervenir en favor de la mujer extranjera, movido por una inquietud interior que no podía callar.
Nadie entendía cómo aquel individuo se había atrevido a defender a aquella extranjera frente al afamado y grandioso Virgilio.
Pero, ante el asombro de todos, dijo:
—Permítame decirle que toda persona, por el hecho de serlo, tiene la misma dignidad y derecho que todos los demás a ser atendido, a pesar de su pertenencia y clase social. Y esta mujer, solo por su insistencia y ruegos, debería ser asistida.
Todos quedaron admirados de la valentía de aquella persona y de sus certeras palabras.
Entonces, sin dar tiempo a ninguna respuesta, tomó en sus manos la Biblia y leyó en Mc 7, 24-30:
En aquel tiempo, Jesús, partiendo de allí, se fue a la región de Tiro, y entrando en una casa, quería que nadie lo supiese, pero no logró pasar inadvertido, sino que, enseguida, habiendo oído hablar de Él una mujer, cuya hija estaba poseída de un espíritu inmundo, vino y se postró a sus pies. Esta mujer era pagana, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba.
Cuando terminó de leer todo el pasaje, mantuvo unos segundos su mirada en la Biblia. Luego, lentamente dirigió su mirada hacia Virgilio y, con gran ternura y caridad, le dijo:
—Ese atrevimiento e insistencia por su hija merece una respuesta salvadora. Así lo entendió Jesús, que, admirado por el riesgo de aquella madre expuesta a quedar en ridículo por amor, le concedió lo que pedía.
Todos enmudecieron e interiormente sus corazones sintieron compasión por aquella mujer. Mientras Virgilio entendió que, antes de las apariencias y clases, está el derecho a la vida de toda persona.
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