| Mc 7, 14-23 |
—La cuestión está —decía Ovidio— en la intención de los actos, no en la pureza o impureza.
Miró con delicadeza a Octavio e insistió en lo que acababa de decir.
—Una cosa es impura cuando es mala y va contra el bien de la persona. A diferencia de lo que contamina o infecta, causando enfermedad, la impureza, referida a nuestras relaciones, está relacionada con la moralidad de estas.
—Coincido contigo —respondió Octavio—, lo que verdaderamente hace daño y perjudica al hombre sale de nuestro corazón, no viene de afuera.
En ese momento llegó Manuel a la terraza y con un gesto afectuoso saludó a los tertulianos presentes.
Entonces, Octavio, queriendo confirmar lo que él acababa de decir, al tener en gran estima a Manuel, quiso saber lo que pensaba al respecto.
—Estábamos hablando sobre la impureza y me gustaría saber tu opinión al respecto.
Manuel, que no esperaba tal pregunta, solicitó unos breves segundos, pidió su acostumbrado café y, sacando su Biblia, al mismo tiempo que se disponía a contestar, dijo:
—La impureza puede considerarse cuando algún alimento está en mal estado, e incluso algo material se adultera con otras sustancias.
Se paró unos breves segundos y levantando su Biblia dijo:
—Pero, referido a lo que nos dice Jesús…
Hizo una pausa y leyó el pasaje evangélico de Mc 7, 14-23, que ya tenía delante de sus ojos:
—En aquel tiempo, Jesús llamó a la gente y les dijo: «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Quien tenga oídos para oír, que oiga».
Y cuando, apartándose de la gente, entró en casa, sus discípulos le…
Cuando terminó de leerlo, mirando para Octavio y todos los que le escuchaban, concluyó:
—Jesús lo deja muy claro. No lo que viene de afuera contamina, sino lo que sale de dentro, del corazón del hombre. Porque es ahí donde se cuecen y salen pensamientos perversos, tal y como hemos escuchado.
Octavio y Ovidio levantaron su dedo pulgar manifestando su acuerdo con lo dicho por Manuel.
Todo había quedado muy claro: las impurezas desde el punto de vista moral y en relación con los demás nacen en el corazón del hombre, y es ahí donde se tienen que purificar con la Gracia de Dios y el Espíritu Santo que nos asiste.
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