miércoles, 18 de febrero de 2026

TIEMPO PARA DESCUBRIR NUESTRAS MÁSCARAS

Mt 6, 1-6. 16-18

    Sentado en su mesa, Florian reflexionaba seriamente. Había llegado a la conclusión de que se valoraba por encima de todo, incluso —pensó— más que a su propia dignidad. Y eso le preocupaba.

«No puedo amarme si primero no pongo el amor a los demás», se decía con semblante angustiado. Lo ocurrido días pasados le había llevado a plantearse seriamente su conducta.

—¿Qué te ocurre, amigo Florian? —le saludó Pedro—. Te noto algo triste.

—Sí, me siento mal y lo reconozco. Y eso agranda mi dolor.

—Pero ¿tan seria es la cosa? —preguntó Pedro, algo impaciente.

Con la cara escondida entre los brazos, Florian susurró:

—Me siento culpable de mis actos. Soy egoísta y, en muchas ocasiones, paso por encima de los que considero más débiles o inferiores que yo.

Pedro sintió compasión y, poniéndole la mano sobre el hombro, le dijo:

—Todos tenemos algo de narcisismo en algunos momentos de nuestra vida. Buscamos la atención de los demás con el propósito de sobresalir y destacar. Son nuestras cruces de cada día.

Aquellas palabras calmaron algo la desesperación de Florian. No era paz completa, pero sí un respiro que le permitió escuchar. Abrió los brazos y levantó la cabeza.

En ese momento llegó Manuel y, dándose cuenta de lo que sucedía, preguntó mientras saludaba:

—Muy buenos días, queridos amigos. ¿Cómo están los ánimos hoy en esta terraza?

Pedro, mientras Florian escurría el bulto, le hizo un gesto indicándole que lo estaba pasando mal.

Manuel, que conocía muy bien a Florian, intuyó lo que ocurría. Saludó a Santiago, el camarero, y sentándose, a la espera de su café, dijo:

—Hoy entramos en el tiempo cuaresmal. La Cuaresma es un tiempo propicio para examinarnos y descubrir que, en infinidad de ocasiones, buscamos la atención del otro y alimentamos nuestro propio narcisismo.

En ese instante, Florian sintió una sacudida en su corazón.

Era narcisista, y de ahí su congoja. Levantó la cabeza con timidez y dirigió lentamente su mirada hacia Manuel. Este, al darse cuenta, continuó:

—Andamos justificándonos, reclamando reconocimientos y situándonos sobre andamios imaginarios desde los que nos contemplamos más altos de lo que somos, deleitándonos en la admiración que provocamos.

Las lágrimas afloraron en las mejillas de Florian. Se había dado cuenta de su camino equivocado.

No podemos querer a los demás si no nos queremos «un poco» a nosotros mismos. Eso está bien y es necesario; pero ¡cuidado! Cuando ese «poco» se convierte en «mucho» y en un «más que a los otros», entonces ya hemos metido la pata.

Cuánto daño nos ha hecho ese «porque yo lo valgo»… cuando olvidamos que valemos porque somos amados.

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