viernes, 16 de enero de 2026

MISERICORDIA Y NO SACRIFICIOS

Mc 2, 1-12

Justo hacía justicia a su nombre y exigía rectitud en todo momento. Quien se la hacía, la pagaba. Y satisfecha la condena, no había posibilidad de perdón, incluso aunque se manifestara arrepentimiento. Se quedaba señalado con esa marca condenatoria en su vida.

No era así el corazón de Felipe. Su pensamiento pedía justicia, pero una justicia que, satisfecha, daba la posibilidad de perdón. Su manera de impartirla llevaba la buena intención de rescatar el corazón endurecido del condenado y suavizarlo, dándole la posibilidad, la esperanza de una vida nueva.

En este contexto, la forma de pensar de Justo chocaba con la de Felipe.

Mientras el primero condena sin remisión, sin buscar la redención ni el arrepentimiento de la persona, sino que prioriza el castigo y la restitución.

El segundo busca, sin obviar la pena exigida y retributiva, el perdón y la misericordia del condenado, tratando de integrarlo y ofrecerle un nuevo comienzo.

Casualmente, ambos personajes, de forma personal e individual, se habían encontrado en un lugar donde se desarrollaba un debate, precisamente, sobre el verdadero sentido de la justicia.

—No cabe duda —decía Pedro— de que el delito demanda la exigencia de que sea reparado. Y esto exige que el culpable pague lo que la ley exige.

Y mirando para todos, con un tono desafiante y convencido, pedía a los demás su aprobación.

Entonces, Manuel, tomando la palabra, irguió su figura, extendió sus brazos y de forma expresiva, tratando de llamar la atención, dijo:

—Nada que objetar a que quien ha delinquido tenga que retribuir o pagar el mal hecho, pero la verdadera justicia, la que nos enseña con su Vida y Obras Jesús (cf. Mc 2, 1-12), busca la liberación total, definitiva del corazón del hombre.

Miró la reacción de todos, comprobando que muchos habían quedado confusos, extrañados y expectantes. Como pidiendo alguna explicación más clara.

Manuel hizo un breve silencio, bebió un poco de agua, carraspeó su garganta y dijo:

—El Señor no acepta que el ser humano consuma toda su existencia con este «tatuaje» imborrable, con el pensamiento de no poder ser acogido por el corazón misericordioso de Dios. Con estos sentimientos Jesús sale al encuentro de los pecadores, que somos todos.

Aquellos rostros algo extrañados cambiaron de faz. Ahora habían entendido que por encima de la justicia humana está la divina, la infinita misericordia de Dios, nuestro Padre.

De esta forma, los pecadores son perdonados. No solo son tranquilizados a nivel psicológico, porque son liberados del sentimiento de culpa, sino que Jesús hace mucho más: ofrece a las personas que se han equivocado la esperanza de una vida nueva.

Pidamos que también nosotros sepamos ser “camilleros” de misericordia para quienes caminan heridos por la culpa y el desaliento.

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