| Mt 5, 20-26 |
La terraza está animada esta mañana. Una excursión de turistas había hecho una parada para un breve descanso y reponer energía. Santiago, el camarero, no daba abasto a atender a todos los clientes: cafés, bocadillos, refrescos, pepitos, etc. Desde el punto de vista económico, la terraza hoy presentaba un día pleno.
Juan Fernando, uno de los habituales tertulianos, miraba con cierta ironía, tamborileando sus dedos sobre la mesa.
—Santiago es tonto, no se da cuenta de que este es el momento de aprovecharse y cobrarle más caro el servicio a los turistas.
—No estoy de acuerdo —dijo Antonio—, se debe tratar a todos por igual. ¿O es que te gustaría que te lo hicieran a ti.
—Yo no soy turista y no vengo exigiendo atenciones —respondió Juan Fernando—. Considero una idiotez no aprovecharse cuando la ocasión te lo pone en bandeja.
—Pero eres una persona, y tienes derecho a que se te trate con justicia —replicó Antonio.
Manuel, que había llegado hacía un buen rato, levantó su cabeza y, tosiendo para llamar la atención, dijo:
—A veces se cometen errores o no se aprovecha la ocasión lo mejor posible, pero eso nunca te da derecho para insultar o menospreciar a nadie.
Todos quedaron sorprendidos por las palabras de Manuel. Juan Fernando cruzó sus brazos en señal de rechazo mientras Antonio levantó su dedo pulgar.
Fijándose en la reacción de Juan Fernando, Manuel abrió su Biblia y dijo:
—En el evangelio de Mt 5, 20-26, leemos: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si la justicia de ustedes no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos». Han oído que se dijo a los antiguos…
Cuando terminó de leer completamente, hizo una pausa, y clavando su mirada en Juan Fernando, dijo:
—Jesús afirma que es pecado no sólo matar, sino también dejarse llevar de la cólera e insultar y regañar al hermano. Conviene no olvidarlo nunca, porque en los tiempos que corren estamos muy acostumbrados a estos calificativos y tenemos un vocabulario muy creativo para insultar.
Juan Fernando escondió su cara entre sus manos en señal de vergüenza, como quien quisiera esconder también sus palabras.
Apretando sus labios para contener su ira, se había dado cuenta de su mal proceder. Todos tenemos derecho a ser respetados.
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