| Lc 11, 29-32 |
Era casi imposible conseguir que alguien creyera en tu palabra. Nadie daba crédito a lo que decías si antes no lo veía con sus propios ojos. Todos pedían pruebas y signos para fiarse de lo que escuchaban.
Las elecciones, la publicidad y todo lo que se proponía estaban embadurnados por la mentira escondida en una aparente verdad. Todos los destinatarios —entre ellos también nosotros hoy— estamos ávidos de imágenes, estímulos, signos, espectáculos, focos y milagros.
—Vivimos unos momentos en los que la palabra ha perdido todo su valor —decía Pedro en la tertulia de esa mañana—. Se hace muy costoso creer lo que te dicen.
—Estoy de acuerdo —agregó uno de los tertulianos allí presentes—; no se dicen más que mentiras con tal de conseguir el objetivo que se persigue.
En el ambiente reinaba una despreocupación por la esencia de la verdad. No se prestaba atención a nada y era difícil suscitar interés, orden y seriedad.
En ese contexto, Manuel tomó la palabra y dijo:
—Amigos, vivimos tiempos en los que se ha perdido la confianza y la duda es lo primero que nos viene al pensamiento. Pero la verdad siempre está presente y debemos creer en ella.
Muchos levantaron los brazos con gestos despectivos; otros esbozaron una sonrisa burlona y algunos permanecieron atentos.
—Esto no es algo que ocurra solo ahora —continuó—; ya sucedía en tiempos de Jesús.
Entonces, abriendo la Biblia que tenía en su mano, leyó el pasaje del Evangelio de Lucas (Lc 11, 29-32):
—«Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás…»
Y, tras leer el pasaje completo, añadió:
—Si queremos un signo, fijémonos en Jesús; Él es el Signo en el que debemos poner nuestra mirada y nuestra fe.
Y, dando un grito de exhortación, exclamó:
—¡Abramos los ojos y el corazón! Yo estoy a tiro, ¿lo están ustedes?
La atmósfera se había transformado. Las palabras de Manuel invitaban a proceder como los ninivitas, que escucharon y cambiaron su corazón; no como aquellos otros que, cegados por sus expectativas, no supieron reconocer la trascendencia escondida en lo cotidiano.
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