| Mt 6, 7-15 |
De tal palo, tal astilla; era lo que repetía Ambrosio cuando se encontraba con alguien que le ponía dificultades a sus objetivos. Defendía que las personas siempre heredan las características y costumbres de sus padres.
Un día, estando en la tertulia, brotó este tema entre los allí congregados. Uno de ellos, Carlos, no estaba muy de acuerdo con lo que pensaba Ambrosio.
—No todos son como sus progenitores —expuso Carlos. En mi opinión, hay hijos que no tienen nada que ver con sus padres en su forma de pensar y actuar.
—Sí, eso sucede también —replicó Ambrosio, pero como excepciones que confirman la regla.
Manuel, que estaba en la conversación, decidió intervenir:
—A mi manera de ver, son cosas diferentes. Puedo, y es lo más natural, heredar las cualidades y costumbres de mis padres, pero también mi corazón puede sentir de otra manera.
—¿Qué quieres decir con eso de “sentir de otra manera”? —respondió Ambrosio.
Entonces Manuel le miró, hizo un breve silencio y añadió:
—Me refiero a que, siendo de esta u otra familia, tu corazón puede experimentar misericordia y estar abierto al perdón.
Y haciendo una breve parada, dijo:
—Cuando eres capaz de perdonar, estás abriendo tu corazón desde lo esencial: reconocer a Dios, abrazar sus sueños, apasionarte con el Reino, aceptar la realidad y vivir desde el perdón mutuo y la liberación del mal.
Ambrosio frunció el ceño dando a entender que no comprendía eso del perdón ni tampoco la relación con la genética heredada.
Manuel, observando el desacuerdo reinante, intentó aclarar lo que quiso decir:
—Cuando nos consideramos hijos de un mismo Padre, nuestras relaciones son diferentes. Y cuando perdonamos, estamos reflejando ese perdón que también hemos recibido de nuestro Padre.
Hizo un breve silencio, como esperando que hubieran comprendido. Y concluyó:
—Todos somos hijos y semejantes a nuestro Padre. A Él tendemos a parecernos y nuestra semejanza está por encima de las que podamos heredar de nuestros padres terrenales.
Ahora se comprendía lo que Manuel trataba de transmitir. Ambrosio asintió, comprendiendo el verdadero significado, y levantó el pulgar en señal de acuerdo.
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