| Lc 11, 14-23 |
Adolfo se extrañaba de todo lo que ocurría a su alrededor. No lograba entender tanta desunión entre unos y otros, de la que nacía tanto mal.
—¿Por qué tanta división, no se dan cuenta de que eso no conduce a nada bueno? —dijo Adolfo con un gran suspiro.
A pesar de estar inmerso en la disputa, todos le observaron con una mirada extraña.
Rodolfo, uno de los líderes, dijo:
—No podemos consentir que estos —refiriéndose a los del grupo enemigo— se salgan con la suya. Son los causantes de todo el mal que hay en el barrio.
—Con estas peleas solo se empeora la convivencia y se rompe la paz del barrio —respondió Adolfo.
Elevando su voz y mostrando sus palmas, añadió.
—No se dan cuenta de que es mejor dialogar razonadamente, buscando acercar posturas. Divididos no se logra nada.
—Estamos de acuerdo —respondió Rodolfo con cierto apuro—, pero con esta gente no hay posibilidad de entablar una conversación tranquila y razonable.
Cuadrándose de hombros, dando un paso hacia delante y con la mirada clavada en ambos grupos, Adolfo abrió su Biblia, levantó los brazos y, llamando la atención de todos, dijo pacientemente:
—En el evangelio de Lc 11, 14-23 se dice: En aquel tiempo, estaba Jesús echando un demonio que era mudo. Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a hablar el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron: «Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa a los demonios».
Cuando terminó la lectura, y lleno de paz y templanza, añadió:
—El poder no soluciona las diferencias, sino enciende las confrontaciones. Quizás Jesús nos esté llamando a ser claros en nuestro alineamiento con Él y a reconsiderar desde dónde interpretamos la realidad.
El mayor bien es la paz, porque de la paz nacen la verdad, la justicia y el amor misericordioso.
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