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(Mt 12,38-42) |
Es ya más que una razón una costumbre el rechazar que Jesucristo es el Hijo de Dios Vivo. Y digo esto porque muchos se empeñan en poner trabas y dificultades cuando la evidencia de su Divinidad la tienen delante de sus propios ojos. Muchos otros, ejemplo de los ninivitas, han creído sin necesidad de poner tantas objeciones a lo evidente. Claro está que, tratándose de un Misterio que está por encima de nuestro entendimiento, necesitamos la asistencia y la luz del Espíritu de Dios para sostener y perseverar en nuestra fe.
Pero no nos abrimos a la acción del Espíritu y cerramos nuestros corazones imbuidos por la acción del Maligno y las tentaciones mundanas. Jesús realiza muchos milagros a lo largo de su camino público y durante su proclamación del Mensaje de su Padre Dios. Cura a leprosos, da la vista a ciegos, levanta a paralíticos, da voz y oídos a los sordos y resucita a muertos. Y no lo hace por afán de lucirse ni de aparecer como Alguien poderoso, sino con la sana intención amorosa de querer que comprendamos que es el Hijo de Dios.
Perdona nuestros pecados y nos ofrece la redención y salvación, no de nuestras enfermedades y muertes temporales, sino de nuestra vida para la eternidad. No es algo valioso sino el Tesoro jamás soñado por el hombre: La felicidad eterna junto al Padre Bueno, donde no nos faltará de nada.
Abramos nuestro corazón y dispongamos nuestra alma que, por el Bautismo, hemos sido liberados y resucitados de la muerte del pecado. Amén.
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