El papel de la mujer en la época de Jesús estaba marginado y pasaba indiferente a la sociedad en la que vivían. Era un colectivo marginado y condenado a pasar desapercibido y sin ninguna relevancia. De forma que la relación de Jesús con ellas era considerada una provocación al poder establecido y también religioso. El Evangelio de hoy - Lc 13, 10-17 - nos relata una escena que alumbra lo descrito anteriormente.
En aquel tiempo, estaba Jesús un sábado enseñando en una sinagoga, y
había una mujer a la que un espíritu tenía enferma hacía dieciocho años;
estaba encorvada, y no podía en modo alguno enderezarse. Al verla
Jesús, la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». Y le
impuso las manos. Y al instante se enderezó, y glorificaba a Dios.
Pero el jefe de la sinagoga, indignado de que Jesús hubiese hecho una
curación en sábado, decía a la gente: «Hay seis días en que se puede
trabajar; venid, pues, esos días a curaros, y no en día de sábado». Le
replicó el Señor: « ¡Hipócritas! ¿No desatáis del pesebre todos vosotros
en sábado a vuestro buey o vuestro asno para...
Jesús se compadece del sufrimiento de aquella mujer. Es sábado y su compasión le lleva a curar a aquella mujer que llena de alegría glorifica a Dios. Primero, es una mujer, a la que no daban importancia ni se tenía en cuenta su dolor y padecimiento; segundo, es sábado y está prohibido sanar. En este contexto, Jesús levanta su voz y les señala como hipócritas por sus falsas y aparentes leyes que someten al hombre y dan prioridades a normas que no tienen ningún valor y dan preferencia a animales e intereses por encima de la persona humana.
No es la ley lo primero cuando se pone por encima del bien del hombre y la mujer, porque, ella - la ley - tiene que estar al servicio del hombre y la mujer, criaturas de Dios, que han sido creadas por amor y llamadas a compartir su Gloria en su presencia.
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