| Jn 4, 5-15. 19b-26. 39a.40-42 |
Después de una larga caminata, Segundo se sentó; estaba cansado y sediento.
—¿Desea algo el Señor? —dijo solícito el camarero.
—Sí, por favor —respondió Segundo—, un poco de agua.
—Enseguida, señor.
Aquella experiencia, común a toda la humanidad, le trajo recuerdos a Segundo. La sed muestra una de las necesidades fundamentales para vivir, nos recuerda nuestra vulnerabilidad y nuestras penurias, no solo las físicas, sino también los anhelos humanos de aceptación, amor, comprensión y sentido.
«¡Cuánta gente pasa sed en estos momentos en muchas partes del mundo!», pensó con cara de angustia.
«Y yo no me puedo quejar, tengo delante de mí una botella con agua para apagar mi sed», se dijo con cara consolada.
Hundió su cabeza entre sus brazos y susurró unas palabras desde lo más profundo de su corazón:
«Pero hay muchas clases de sed: de vacío, de soledad, de aburrimiento, de sentido, de paz, de trascendencia o conexión con lo divino… ¿Y cómo puedo calmarla?».
Tras unos breves segundos, sintió una mano en su hombro. Abriendo los brazos, levantó la cabeza y vio la figura de un hombre que le interrogó:
—¿Le ocurre algo, señor?
—¡Ah!, no, nada. Estaba meditando.
—Bien, mejor. —respondió Manuel.
Y, quedándose, mirándolo fijamente, le dijo:
—¿Y se puede saber, si no es indiscreción y quiere compartirla, su meditación?
Algo desconcertado, Segundo titubeó unos segundos, pero como si una voz desde lo más hondo de sus entrañas le dijera: “compártela”, accedió a confesarla a Manuel.
Después de un largo rato, y tras un paciente diálogo, Manuel le agradeció a Segundo su confianza y su apertura a compartir su pensamiento.
Entonces, tomando su Biblia, leyó en el evangelio según san Juan:
En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo.
Al terminar de leerlo todo, cerró la Biblia y, señalando la botella de agua sobre la mesa, dijo:
—Una invitación a reconocer quiénes somos, reconocer nuestra sed y deseos, nuestras insatisfacciones radicales, reconocer nuestras propias necesidades, reconocer a Aquel que desea saciarnos y atrevernos a pedirle:
«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed».
Segundo, entrelazando las manos, se llenó de paz y con una hermosa sonrisa agradeció a Manuel sus palabras.
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