sábado, 7 de marzo de 2026

SIEMPRE SE PUEDE VOLVER

Lc 15, 1-3. 11-32

Hundido en el lodazal de aquel corral, Onésimo se lamentaba de su pecado. Había dilapidado toda su fortuna casi sin darse cuenta.

La buena vida te venda los ojos y llena tu cabeza de falsas promesas, hasta el extremo de que, cegado por los placeres y el buen vivir, no reparas en tu propio desenfreno… hasta que llega el derrumbamiento.

«¿Qué hago ahora?», pensaba Onésimo, escondiendo la cabeza entre sus brazos húmedos por sus propias lágrimas.

Abandonado por todos aquellos que habían disfrutado a su lado cuando su bolsillo estaba lleno, ahora se encontraba solo, sin nadie a quien recurrir. El hambre empezaba a hacerse presente y sus fuerzas a flaquear.

«Solo tengo una solución —pensó—: confiar en mi padre».

Dolorido por su mal proceder, recapacitaba sobre su mala decisión. Se preguntaba una y otra vez en qué momento había decidido abandonar lo conocido en busca de aventuras soñadas, de falsas libertades que terminan esclavizando.

No encontraba consuelo.

Pero algo se movió en su interior y le hizo reaccionar. Sus lágrimas cesaron y su corazón comenzó a latir con fuerza:

«¿Y si mi padre me perdona?», pensó.

En ese instante se dijo a sí mismo:

«Me levantaré e iré a casa de mi padre. Le pediré perdón y le diré que me trate como a uno de sus criados, porque reconozco que no merezco nada».

Desolado y casi sin fuerzas, pero esperanzado en la bondad y la misericordia de su padre, Onésimo emprendió el camino.

«Siempre —pensó— estaré mejor que aquí».

Levantándose y dando unos pasos por la terraza, Manuel tomó su Biblia y lentamente leyó el evangelio según san Lucas (15, 1-3. 11-32). Hablaba de un padre y de sus dos hijos. Y de cómo uno de ellos decidió abandonar la casa paterna.

Al terminar la lectura completa, mirando a todos los presentes, dijo:

—La historia protagonizada por Onésimo que acaban de escuchar encuentra su respuesta en el evangelio que hemos leído. El amor misericordioso del padre de la parábola es la esperanza de arrepentimiento y perdón que busca el hijo.

Así actúa Dios con todos sus hijos.

Su misericordia es infinita.

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