| Mt 5, 17-19 |
Lo había intentado muchas veces, pero no lograba enderezar su vida. Cipriano era de aquellos que, a pesar de sus errores, luchaban por levantarse y no volver a caer. Sin embargo, sus reiteradas caídas lo arrastraban, poco a poco, a darse por vencido.
Un día, cansado de tanto querer y no poder, se dejó llevar por la desgana. Cogió su coche y se alejó de su pueblo. Quería experimentar nuevas sensaciones y conocer otros lugares.
Recorrió varios pueblos y caminos y, ya algo cansado, se detuvo en la plaza de uno donde la tranquilidad le llamó la atención. Allí, sentado bajo unos árboles, reponía fuerzas.
De pronto reparó en una iglesia que había enfrente. Le extrañó ver a algunas personas entrar y, seducido por la curiosidad, se acercó. Al entrar, comprobó que se celebraba una misa. Sorprendido por la paz que allí se respiraba, tomó asiento en uno de los bancos.
En ese momento el sacerdote leía el Evangelio (Mt 5, 17-19):
—En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley».
Cuando terminó de proclamarlo, hizo el siguiente comentario:
—Jesús viene a anunciarnos el Amor misericordioso de su Padre. No viene a abolir nada, sino a darle cumplimiento, a ayudarnos a descubrir el Espíritu que da vida a la Ley.
Tras unos segundos, añadió:
—Los mandamientos, la Ley, nos ayudan a tratarnos con respeto, con prudencia y con sencillez evangélica. Y esa sencillez la contemplamos en Jesús. Él es nuestra referencia y nuestro ejemplo.
E irguiendo un poco el cuerpo, para dar mayor énfasis a sus palabras, concluyó:
—«El hombre sencillo y recto —como dijo san Juan XXIII—, el que teme al Señor, es siempre el más digno y el más fuerte».
Cipriano se había quedado inmóvil, como si su vida se hubiera detenido por un instante. Su corazón, sereno, sentía gozo y paz. Ahora comprendía que, solo con sus fuerzas, los errores seguían pesando; pero, junto al Señor, la esperanza de ir corrigiéndose —no por su mérito, sino por la gracia de Dios— daba verdadero sentido a su vida.
Se levantó y salió del templo. Era el mismo de antes, pero su manera de ver y entender la vida había cambiado. Ahora todo tenía más sentido y la vida, aunque todavía no estuviera del todo enderezada, estaba llena de esperanza.
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