Ahora lo recuerdo.
En aquel momento no me di cuenta pero ahora caigo en la cuenta de que tiene
mucha relación con el Evangelio que medito en este momento. Sucedió que me
encontré con un amigo y comentamos las cosas que siempre suele decirse:
—Qué tal, ¿cómo
estás?
—Bien, ¿y tú?
—Bien, haciendo por
la vida, respondió el compañero.
—Eso está bien,
porque esta vida no se termina sino que se prolonga en la eternidad. Y hay que
estar preparado cuando llegue ese momento, me apresuré a responder.
Mi intención fue recordarle
a ese amigo que esta vida es antesala de la otra, la única, verdadera y eterna.
Y tal como quedemos en esa, será para siempre. Por lo tanto, preocuparnos por
trabajar para que nuestra situación en la otra sea la mejor será lo más importante
que podamos hacer mientras caminamos por ésta.
No sé si realmente
cogió la indirecta que le lancé. Recuerdo ahora que cuando no quieren, y cierran
sus corazones a la Verdad, no ven ni oyen tal y como hemos reflexionado hace
días. La realidad es la que nos cuenta el Evangelio de hoy: (Mt 13,47-53): En
aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «También es semejante el Reino de los
Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando
está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y
tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán
a los malos de entre los justos y los echarán en el …
Ese es nuestro destino: entrar en el redil del Señor, y no hay otro. Sabemos que el Señor sale a buscarnos – parábola de la oveja perdida – Mt 18, 10-14 – y no cesará hasta encontrarnos y ponernos a salvo. Así sucederá hasta que se nos acabe el tiempo en esta vida. Y hay que estar despierto y prepararse para ello. Esa fue la indirecta que le dije a aquel compañero. Hoy rezaré para que se dé cuenta y actúe en consecuencia.
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