La experiencia que
has tenido en tu encuentro personal con el Señor Jesús no te la puedes guardar.
Primero, porque sale espontáneamente de tu corazón, y segundo porque tienes la
obligación de compartir ese gozo de esperanza con los demás.
Claro, que si no
lo has tenido, ni lo buscas no podrás compartir lo que no has experimentado.
Porque lo que no se tiene no se puede dar. Es evidente que para anunciar hay
primero que recibir ese anuncio. Y así fue como sucedió. Primero lo anunció
María Magdalena y luego los de Emaús y los once restantes no aceptaron ese
anuncio.
Posiblemente a
nosotros nos puede estar pasando algo parecido. Recibimos el mensaje pero no
llegamos a enraizarnos en él. No llegamos a darnos cuenta ni a creer
profundamente en el Kerigma de nuestra fe. Porque, todo se centra y contiene en
la Resurrección de nuestro Señor. Si Jesús ha Resucitado, no hay más que
buscar, Él es la Vida, el Camino y la Verdad.
Y esa gran Noticia
la tenemos que anunciar porque es la prueba de nuestro amor. Amamos en la
medida que damos lo que tenemos, y consideramos que es bueno para nosotros, a
los demás. Lo que quieres para ti también lo das y quieres para los demás.
¿Cómo, si no, no vamos a anunciar la Buena Noticia?
No tengamos miedo ni apuros. Pongámonos en manos del Espíritu Santo, que para eso ha venido a nosotros en la hora de nuestro bautismo, y dejémonos llevar, a pesar de nuestra pobreza, dificultades, errores y pecados, por Él. Nos irá ayudando a vivir y anunciar esa Buena Noticia.
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