| Jn 8, 1-11 |
El panorama no era esperanzador. La noche anterior había sido descubierta abandonándose a la lujuria. Su fama de indecente estaba bien ganada.
Laura no era bien recibida en su pueblo. Al menos, en aquellos ambientes que se consideraban respetables y que excluían a quienes no lo eran.
Deambulaba sin encontrar un lugar donde sentirse acogida. Empezaba a experimentar la soledad de no tener a nadie con quien compartir su vida. Le costaba hallar un sitio donde, al menos, le permitieran permanecer sin ser rechazada.
Cansada de tanto vagar, sintió deseos de descansar. Buscó un rincón tranquilo y se acomodó en uno de los bancos de aquella plaza desierta.
Estaba a punto de dormirse cuando un leve murmullo la despertó. Un grupo de peregrinos meditaba el Evangelio, compartiendo distintos momentos de la vida del Señor.
—Ahora hablamos de la adúltera (Jn 8, 1-11) —dijo Faustino—, aquella mujer sorprendida en pecado. ¿Alguien quiere comentar algo?
Uno del grupo respondió:
—Según la ley, debería ser condenada… aunque no estoy seguro de lo de lapidarla.
—Si aplicas la ley, no hay otra alternativa —replicó Faustino.
Entonces, una voz se alzó entre ellos:
—La misericordia va más allá de la ley.
La frase quedó suspendida en el aire. Nadie respondió. En el fondo, todos sabían que no estaban libres de culpa.
—Todos tenemos derecho al perdón —dijo entonces la inconfundible voz de Manuel—, sobre todo cuando reconocemos nuestro pecado y nos dolemos de él.
Hizo una pausa, bebió un sorbo de agua y, mirándolos con ternura, continuó:
—En este Evangelio, Jesús nos confronta con nuestra propia miseria: «El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra».
Y, si somos sinceros, tendremos que callar… y marcharnos.
Se puso en pie, dio un paso al frente y, con los brazos abiertos, concluyó:
—Jesús, Hombre de misericordia, nos enseña a mirar más allá de la condena, a ofrecer perdón… y también a recibirlo.
Todos, con la cabeza inclinada, reconocían en su interior la verdad de aquellas palabras.
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