| Mt 1, 16. 18-21.24a |
No estaba seguro. Su vida le exigía dar un paso hacia delante. Tenía que tomar una decisión y, al parecer, no era cosa fácil.
Francisco decidió dar un paseo con la intención de aclarar su mente. Necesitaba poner en orden sus ideas y buscaba la tranquilidad que le ayudara en esa tarea.
«¿Cómo decir que sí cuando no estás seguro de dar ese paso?», se preguntaba en sus reflexiones más profundas.
Se acurrucó bajo la sombra de un gigantesco árbol y, tratando de serenarse, se hizo estas preguntas:
«¿Seré capaz de soportar esa responsabilidad una vez asumida?»
«¿Tendré fuerza, paciencia y sabiduría para vivirla?»
«¿Sabré responder a lo que me piden y esperan de mí?»
Cansado y aturdido por estos pensamientos, su mente se fue relajando hasta que, perdido en sus dudas, quedó profundamente dormido.
Pasadas unas horas, Francisco abrió los ojos. Se incorporó sobresaltado y miró a su alrededor. ¿Dónde estaba? No entendía qué había sucedido. Trató de calmarse y volvió a sentarse.
Recordó que lo último en lo que pensaba era aquella decisión que tanto le angustiaba. Sin embargo, ahora esa pesadumbre había desaparecido. Se sentía fuerte, valiente y, aunque con incertidumbres, decidido a dar el paso.
Sí, pensó: «He tomado una decisión».
Sereno y fortalecido con esa convicción, emprendió el camino de regreso. A pesar de los interrogantes que aún se le presentaban, experimentaba paz y firmeza.
No sabía cómo había llegado a esa decisión, pero, después de aquel profundo sueño, había despertado con la certeza de afrontar la responsabilidad que se le pedía.
Mientras daba vueltas a esa experiencia, se encontró con un grupo que celebraba el Día del Padre. Hablaban de san José, exaltándolo como un hombre justo.
Uno de ellos, con la Biblia en la mano, subido a un pequeño montículo, comenzó a leer el evangelio de Mateo (Mt 1, 16.18-21. 24a):
—Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo…
Al terminar la lectura, uno de los presentes alzó la voz y dijo:
—Era un hombre justo. Ojalá algún día puedan decir eso mismo de nosotros. A pesar de las dudas y los temores, José confía y acepta asumir un papel crucial en la historia de la salvación.
Hizo una pausa, miró a todos y añadió:
—Y, además, ser reconocido como el padre de Jesús en nuestro mundo.
En ese momento, el rostro de Francisco se iluminó. Comprendió que, como San José, es necesario levantar la mirada y ver más allá.
Se trata de acoger la sorprendente lógica de Dios, que no se basa en cálculos humanos, sino en la apertura a nuevos horizontes, hacia Cristo y su Palabra.
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